Black Mirror

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Cuando la televisión desafía las leyes de la robótica

Tendríamos que empezar a plantearnos que ver series de televisión, como tal, ha perdido buena parte de su sentido. Aunque (todavía) la emisión de los episodios sigue siendo televisiva, la mayoría de los espectadores no necesitamos encender la tele para verlos, ni siquiera sintonizar la TDT, ni tampoco vivir en el mismo país en el que se emiten. Vemos las series en nuestro ordenador, incluso en el móvil, cualquier día y en cualquier lugar, esperando a que aparezcan los subtítulos o sin ellos, da igual, la dictadura del mando y de las audiencias ha pasado a la historia, nosotros tenemos el poder. ¿O se han apoderado de nosotros?

Algunos programadores televisivos, conscientes de ese gran número de espectadores online, comienzan a dar pequeños pasos de gigante en el sector: HBO potencia ‘HBO GO’, su pantalla en internet, gracias a la cual podíamos ver los episodios de la última temporada de Bored to Death incluso una semana antes de su emisión en antena; Digital +  presenta ‘Yomvi’, donde poder ver en streaming sus principales contenidos, entre ellos series y películas; o la decidida apuesta de RTVE y Antena 3 de colgar en su portal episodios de sus series, como Águila Roja o Museo Coconut, poco después de su emisión en directo. Y son sólo algunos ejemplos. Como consecuencia de la apertura de este nuevo mercado, hasta la plataforma Netflix va a estrenar su propia serie de televisión, Lylyhammer, protagonizada por el gran “Soprano” Steve Van Zandt, que promete abrir nuevos caminos en el sector y hacer más difuso si cabe el concepto “serie de televisión”.

En esta tesitura aparece Black Mirror, una serie de televisión que no es una serie de televisión, que nos habla del presente situándose no en el futuro, sino en una especie de limbo que nos adentra al otro lado del espejo, ese que refleja los peligros del media. Tres, no tan lejanos, universos paralelos hacía los que el fatídico progreso de la tecnología audiovisual nos puede llevar en el futuro. Aunque en el fondo, se parecen bastante más de lo que nos gustaría a la realidad.

Creada por Charlie Brooker, artífice de la irregular Dead Set, en cuyo brillante argumento ya anticipaba, y tocaba con fina ironía y casquería, temas latentes en Black Mirror, pues los protagonistas de la serie no eran otros que los concursantes de una edición de Gran Hermano que no saben que se ha producido una invasión zombie en el exterior. Curiosa paradoja. Pero ahí no queda su trabajo, también presenta y está detrás del programa de BBC 2 How TV Ruined Your Life, en el que a través de oscuros sketches y usando material de archivo analiza el daño que nos hace la caja tonta, a la que culpa de la equivocada visión y expectativas que a veces tenemos de la realidad. Pero no lo hace criticando al famosete de turno ni los programas basura, sino a la televisión como peligroso eje educativo y cultural de nuestros días, por lo que su faceta como azote de los medios de comunicación parece clara, pero también necesaria, como se encargará de demostrar.

Y es que los cinco primeros minutos de ‘The National Anthem’, cuyo guión firma el propio Brooker, son toda una declaración de intenciones. No hemos visto nada igual, quizás ni estamos preparados, pero no podemos apartar la mirada de la pantalla. La cara de ese primer ministro británico lo dice todo, cada diálogo, cada nueva impresión, hasta su última reacción ante semejante petición terrorista.

¿Y ahora, qué?

Ahora, nosotros. Conforme aumentan las visitas del video en youtube, se produce una carrera contra el crono y la dignidad (la suya y la de todos) en la que las redes sociales demuestran que no se puede ocultar la verdad durante mucho tiempo. Ya nada es privado, todo es público e instantáneo, incluso lo más íntimo y desagradable de uno mismo, sobre todo eso. Presenciamos como la progresiva difusión del video, cual lección de ligar de Salvador Raya, deja al Primer Ministro contra la pared, la peculiar demanda a la que se ve sometido genera una expectante bola de nieve superior a la de cualquier tweet de Bisbal y Alejandro Sanz juntos. Pero si esto funciona es porque la representación del teatrillo es ejemplar, esa realidad alternativa es creíble hasta el último detalle, parece la nuestra. En el fondo, lo es. Los secuestradores bien podrían ser Anonymous, y mientras en televisión se informa de lo que nos quieren y pueden contar, asistimos a la lucha de la prensa por la exclusiva, vemos al gabinete político tratando de ocultar la noticia, a las fuerzas especiales buscando a los culpables, la íntima reacción al acontecimiento en el matrimonio del Primer Ministro y hasta a la Casa Real haciendo acto de presencia. El impacto es total en apenas unas horas y los culpables no somos otros que nosotros, cómplices del trending topic, verdugos del share, pendientes de una pequeña pantalla que nos va a mostrar el límite que nunca debía cruzar. En lo que, si no se había convertido ya, se convertirá siempre que haya alguien del otro lado deseando verlo. O aunque no quiera y diga que ve los documentales de La 2.

Se enciende la señal. Cuando entra el Primer Ministro caminando frente a la cámara me gustaría pensar que por su cabeza pasa aquella canción de Tachenko, y tarareara: “No tengo escapatoria y no es ningún pretexto. Por mucho que te digan por ahí, me gustas más que el resto.“

¿Y después, qué?

Después, cerramos los ojos.  Los volvemos a abrir con miedo, la conexión ha terminado pero la televisión sigue ahí. No deja de ser solo un montón de cables, no es consciente de sus actos, como tampoco nosotros lo seremos de sus consecuencias. Ahora si, buscamos el mando y la apagamos, pero las imágenes que hemos visto se quedaran en nuestra cabeza. Y aunque parezca que al día siguiente las hemos olvidado, nos habrán cambiado para siempre.

Con ‘15 Million Merits’ se nos plantea otro desafío. Brooker, de nuevo guionista, mantiene el fondo satírico pero rompe con la estructura episódica, nos abre otra ventana que nos transporta a una distopía –inevitablemente recuerda a 1984– que funciona como estructura simbólica de nuestra realidad. Vivimos para comprar el último móvil de moda, lo más avanzado en tecnología, no somos nada más que espectadores de anuncios. Al mismo tiempo, despliega una acertadísima y visceral crítica de los programas musicales de talentos, equivocado reflejo hoy día del éxito y el triunfo en la vida, ese que solo disimula la soledad y nos convierte en monstruos. La fama cuesta, pero lo que no asegura es la felicidad,  el precio para tener una vida mejor es venderse a uno mismo, incluso al propio ideal y los sueños por los que has luchado, como afirma con rotundidad su final.

No deja de ser curioso, pero sobre todo elocuente, que al día siguiente del estreno del episodio en Reino Unido, el programa Tú si que vales, Risto y una de sus concursantes fueran trending topic en España. No aprendemos, volvemos a ser los culpables

The Entire History of You’ da el cierre con el episodio más emocional de los tres, aunque todos ellos están hechos con más pasión que temporadas enteras de series. Para verlo en sesión doble junto a Olvídate de mi (Michael Gondry, 2004) y cortarte las venas luego. O cortarte mejor otra cosa.

La ciencia ficción no funciona en esta ocasión tanto como eje sobre el que desarrollar la acción; un futuro cercano, que como toda la serie no difiere tanto de nuestro presente, iluminado por uno de los bonitos lugares comunes del género, una ambientación retro setentera que encaja con el tono desalentador del episodio; pero si es el detonante de una historia de celos y desconfianza en el lugar (que rima con hogar) donde antes hubo amor. La tecnología avanza tan rápido que ahora un pequeño dispositivo, incrustado bajo nuestra oreja, nos da la posibilidad de volver a ver todos nuestros recuerdos, almacenarlos y rebobinarlos, convirtiendo nuestra cabeza ni más ni menos que en un disco duro multimedia con la película de nuestra vida. Este punto de partida fascina por la capacidad de simbiosis tecnológica a la que podemos llegar, pero también nos advierte de los peligros de alcanzarla, convertirnos en una máquina en la que nuestras emociones generen un cortocirtuito incontrolable, provocando la explosión visceral de todos los secretos y mentiras de una pareja cualquiera. Unas dudas que seguro habrían aflorado con el paso del tiempo, pero que gracias a la bendita tecnología salen a la luz en apenas unas horas, destrozando sus vidas y provocando un dolor irremediable que nos retrotrae de manera circular a la secuencia clave del primer episodio. Y es que, hasta la llegada de Black Mirror, no sabíamos que mirar a una inofensiva pantalla pudiera llegar a doler tanto. Por eso, como la televisión es de plasma y con lo que ha costado no es plan tirarla, hay recuerdos que es mejor eliminar o no podríamos vivir con ellos.

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