David Fincher

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El fin del sueño americano

En este especial sobre David Fincher vamos a recorrer la obra del cineasta, desde sus comienzos en el mundo de la publicidad y el videoclip hasta la inminente ‘The Girl with the Dragon Tattoo’ (id., 2011). Porque hablar de Fincher es hablar de la mentira del “fin de la historia”, queremos hacer este repaso para entender las claves no sólo del cine (pos)moderno, sino de la evolución del mundo sociocultural en el que vivimos.

Damas y caballeros, el sueño americano ha muerto. Ha venido a mostrárnoslo el Jon Doe de Seven (id, 1995) con el gesto distraído del macabro demiurgo del mal, el Tyler Durden de El club de la lucha (Fight club, 1999) que no deja de recordarnos que “somos la mierda cantante y danzante”; el travelling lateral del inicio de Zodiac (id, 2006) que entre las fantasías de cartón piedra adornadas con fuegos artificiales nos sumerge hasta llegar hasta la podredumbre de un sueño americano que empieza a desmoronarse; el Mark Zuckerberg cerebral que nos lleva de la mano a conocer la cara B del éxito con la codicia y el egoísmo en La red social (The social network, 2010)…

Pese a que la trayectoria del cineasta americano no pueda calificarse del todo regular, sí podemos apreciar una serie de constantes que han hecho de Fincher un artista que quiere desprenderse de la etiqueta de artesano. Fincher se empeña en ser un creador puro. Donde en Brian de Palma una secuencia debe resolverse con el enésimo salto mortal con doble tirabuzón de la cámara, en Fincher un plano-contraplano no es concebible sin un truco visual que convierta la escena en una interrogación que te acompaña durante todo el metraje de la película. Un momento de tensión previo a un disparo en la sesera tiene que empezar con un plano detalle de una sinapsis neuronal en el cerebro. Siempre hay sitio para otro intrincado fuego de artificio digital que lleva a todos los sentidos al paroxismo absoluto. Fincher quiere ser otro mago del cine, quiere elevarnos a fascinantes y complejísimos paisajes cinematográficos a través del truco de prestidigitador, de la depuración estilística del plano, de las luces tamizadas que nos dejan entrever enrevesadas tramas en las que nada es lo que parece.

Fincher es el gran creador de atmósferas, un arquitecto de sueños kafkianos. Lo demuestra en Seven con esa ciudad anónima y de ambiente irrespirable, en la Harvard bipolar de The social network, en el macabro club de la lucha que nos enseña un Tyler Durden cuya desconcertante dualidad nos atrapa sin remisión, la América añeja y extraña del no menos extraño Benjamin Button. Nada es, como digo, lo que parece en el mundo de Fincher. Los mecanismos del cine clásico están demasiado oxidados en este mundo de, me temo, irreversible posmodernidad. Fincher lo sabe, por eso se empeña en estilizarnos la “realidad” hasta llevarla a terrenos inexplorados que nos hagan plantearnos las certidumbres y hechos que pueblan nuestra realidad. Me viene a la cabeza el eterno momento de los edificios derrumbándose en El club de la lucha, anunciando la pérdida de inocencia definitiva de una sociedad demasiado emponzoñada para seguir creyéndose que vive en un sueño. David Fincher ha venido a despertarnos, damas y caballeros. El sueño americano ha muerto.

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