Dexter

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Sexta temporada: padre, hijo y asesino en serie.

Después del espléndido salto al vacío que fue el final de su cuarta temporada, cabía pensar que el asesino en serie a ratos forense a ratos padre de familia observaría un descenso totalmente lógico de calidad en su siguiente temporada. Así fue, y aunque la quinta nos regaló grandes momentos y un buen personaje (Lumen, interpretado por Julia Stiles), la sombra del Trinity Killer (o asesino de la Trinidad, por aquello de que mataba de tres en tres) era muy alargada. Demasiado quizás para haber dejado la serie ahí.

Pero Showtime, sabedora de que tiene en sus manos su producto estrella, no iba a permitir escapar tan fácilmente a Dexter. Como digo, después de una quinta temporada algo inferior al resto, cabía también esperar que nos recompensasen en la siguiente, que volviesen a recordarnos por qué guardamos celosamente el secreto de Dexter (un competente Michael C. Hall), de por qué somos cómplices infatigables de las fechorías y los asesinatos cometidos, en pro de algún tipo de justicia, por este vigilante nocturno.

Por desgracia no ha sido así. Esta última temporada no ha hecho sino agravar la pérdida de calidad que viene sufriendo ‘Dexter’ desde hace un tiempo. Centrada en torno a la religión, tema que levantará tantos seguidores como detractores, podríamos dividir esta nueva tanda de episodios en dos partes: la primera, hasta llegar al ecuador de la temporada, es una que si bien muestra signos de cansancio, va en consonancia con lo hasta ahora mostrado y nos ha regalado, además, al personaje de Brother Sam (interpretado por el rapero Mos). Un personaje que ha puesto a nuestro protagonista contra las cuerdas, pero de forma diferente a como suelen hacerlo los villanos: él, desde el lado de la confidencia, ha llevado al asesino favorito de medio mundo (y si no ahí están las audiencias) a pensar que quizá podía haber salvación para él, que quizá algún día podría dejar definitivamente de lado a su oscuro pasajero. Pero eso no interesa, o al menos no tan pronto.

Entrados en la recta final de la temporada, lo único realmente destacable ha sido la evolución que ha venido mostrando la hermanísima, Debra Morgan. Sin lugar a dudas esta ha sido la temporada de Jennifer Carpenter, y obviando un absurdo giro de guión hacia el final que posiblemente haya estropeado cierto aspecto del futuro de la serie, su personaje ha estado de maravilla. Pero ni ella, ni el hermano Sam, ni la inesperada y fugaz reaparición del hermano de Dexter han podido salvar a la serie de secundarios desaprovechados, tramas absurdas que rompen con las bases que creíamos sentadas, giros de guión previsibles hasta decir basta y soluciones de última hora a lo Deus-Ex-Machina que en anteriores temporadas no tenían cabida. Tampoco han ayudado Edward James Olmos (este quizá algo, pero su personaje no ha estado bien llevado) y Colin Hanks (el vástago de Tom), cuyo paso por la serie no pasará a engordar las listas de mejores némesis del analista de sangre metido a justiciero.

Los recursos y decisiones ya mencionados no han hecho sino lastrar una temporada olvidable, una sombra de lo que una vez fue, que encuentra no obstante su redención casi con el tiempo cumplido, con un cuchillo que baja, una puerta que se abre, y dos palabras que resumen muy bien lo que ha sido esta temporada: ‘Oh Dios’.

Para la siguiente, por todo lo que conlleva y por el nuevo escenario (necesario y lógico) que plantea, que Dios nos pille confesados.

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