La chispa de la vida

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Coca-Cola sin gas

Álex de la Iglesia es un autor controvertido, su filmografía incómoda y provocativa está llena de excesos y buen cine. Los habituales recursos iconográficos y visuales del bilbaíno son muy reconocibles: el circo como metáfora, la violencia explícita, la crítica sociopolítica o los climax vertiginosos (por ritmo y altura física). En su anterior película Balada triste de tompreta (2010) es dónde mejor están recogidos, 107 minutos en los que de la Iglesia muestra su visión más personal y radical, exceso sin moderación, que funciona como metáfora de las dos Españas que, al fin al cabo, tampoco tienen mesura.

Parece que el ex-director de la Academia de Cine ha emprendido con gusto el ascenso por la senda de los excesos. Es preocupante porque este camino conduce al despropósito y De la Iglesia puede acabar siendo, está muy cerca de hecho, una caricatura de sí mismo. Lejos de su mejor versión y cerca de que Joaquín Reyes le brinde un celebritie ahora que vuelve Muchachada Nuí. No sabemos si es causa-efecto pero desde que Guerricaechevarría no firma sus guiones, el director está desatado.

La chispa de la vida está concebida como una crítica al circo mediático. Muestra los trapos sucios de la televisión y la publicidad y está llena de metáforas visuales y argumentales, todo tan explícito y evidente que resulta insultante para la inteligencia del espectador. Roberto, interpretado por José Mota, es un publicista en paro que sufre un accidente alrededor del cual se monta una expectación televisiva y social. Puede considerarse una relectura de El gran carnaval (1951) de Billy Wilder. Si bien, hay diferencias entre las dos películas: en El gran carnaval es el periodista quien monta el circo mediático para sacar rédito de la víctima y en La chispa de la vida es la propia víctima quien ofrece la carnaza a la prensa. Por otro lado, el contexto histórico de cada película hace que la obra de Wilder funcionara efectivamente, en los años 50, como denuncia mediáitica, muy al contrario que el film de Álex de la Iglesia que no deja de resaltar lo patente.

El cúmulo de despropósitos es extenso en La chispa de la vida, obviando que el viaje del protagonista (Madrid-Cartagena) dura lo que dura una canción de AC/DC o que el accidente en el teatro es tan forzado que produce vergüenza ajena, de la Iglesia construye a los personajes de manera sesgada y estereotipada, los malos son muy malos (políticos, publicistas) y los buenos incorruptibles (la familia). En Balada triste de tompreta los personajes extremos sí funcionan porque son símbolos de una metáfora bien construida. Pero aquí, los personajes resultan tan ridículos como que el director de la cadena Antena 5 (¡qué sutil!), encarnado por un Juanjo Puigcorbé en batín, negocie sobre la muerte del protagonista en su lujosa mansión repleta de prostitutas. De la misma manera, las metáforas visuales siguen el camino de la obviedad. Que la acción de una película que denuncia el circo mediático se desarrolle en un teatro es pintar con brocha gorda.

Uno de los pilares del film es la relación marital de los protagonistas. La vida del publicista interpretado por Mota tiene sentido gracias la relación con su mujer (Salma Hayek). De ahí, que en el accidente, él se aferre a la estatua de la mujer para no caer al vacío. Una idea muy bien concebida si no fuera porque la relación entre José Mota y Salma Hayek, al igual que la película en conjunto, tiene la misma chispa que una Coca-Cola sin gas.

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