Un Dios Salvaje

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Un Polanski exterminador

La difícil situación legal, si se me permite el eufemismo, de Roman Polanski provoca que cada noticia sobre su caso, su cine o su persona genere un controvertido debate que puede enfocarse desde multitud de puntos de vista. Los enamorados de su cine, solemos, o queremos, centrarnos en el ámbito cinematográfico que tanta pasión nos suscita. Ya se encargan los abanderados de la moral –a.k.a. EEUU- de perseguir la justicia perpetua.

Durante su arresto domiciliario en Zurich en 2010, Polanski decidió adaptar la obra Carnage de Yasmina Reza, a la postre coguionista. No es baladí que apostara por una obra de teatro que le permitiría, por un lado, filmar en un estudio alejado de las trampas de ratón en forma de aeropuertos y, por otro, descargar su habitual mordacidad gracias al argumento de Reza.

Una pelea de niños, una chiquillada, ocasiona la reunión forzosa entre los padres de los implicados: dos parejas de burgueses, perdón, de clase media acomodada, que intentan resolver el asunto de la forma correcta y civilizada, como no podría ser de otra manera. Los anfitriones, el matrimonio John C. Reilly – Jodie Foster, reciben a Christoph Waltz y Kate Winslet y comienzan un baile de policorrectismo e impostada amabilidad que degenerará en la proyección de los más escondidos, ergo auténticos, instintos sociales

 

Los arquetipos de la clase media están bien definidos y permiten al tándem Polanski-Reza dinamitar las conductas sociales ahora tan in. Como ese talante comprometido del personaje veleta de Jodie Foster, cuya máxima preocupación es el hambre en África, por ejemplo, mañana puede ser la extinción del oso panda. Entre el compacto y lujoso elenco destaca el abogado sin escrúpulos al que da vida Christoph Waltz. Repulsivo por sus formas pero el más franco de todos, lo que supone una virtud entre tanto cinismo. Es admirable la capacidad de Waltz para que empaticemos con personajes tan detestables como nazis (Malditos Bastardos, 2009) o lo que es peor: abogados.

En el aspecto técnico, en la forma, Polanski se muestra algo frío en la realización sin terminar de explotar las oportunidades que ofrece una acción que se desarrolla en tiempo real. El director, que da un magisterio en dirección de actores, se desenvuelve libre dentro de un apartamento que funciona como cárcel para los protagonistas, situación espejo de El ángel exterminador (1962) de Buñuel. Obra con la que comparte no sólo el surrealismo que justifica la limitación de movimientos, sino también, el demoledor ataque a la sociedad burguesa.

El compromiso por desenmascarar la hipocresía de la clase media-alta es el leitmotiv del film. Un objetivo que alcanza indudablemente y con éxito, es más, se pueden dividir en dos las fracciones de la clase acomodada que salen lesas. Una es aquella con doble moral, satirizada en el film, que en la realidad se escandaliza ante la situación “fugitiva” de Polanski. Carnage. La otra parte es la que acudió presta al estreno del film y se vio incomodada, cuando una parte dentro de sí misma, se sintió identificada con alguno de los cínicos personajes. Carnage. Exterminio.

 

 

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