Un método peligroso

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Mentes maravillosas

En la magistral Una historia de violencia (2005), el director y guionista David Cronenberg filmó una escena de sexo como algo descarnado, feroz y salvaje. El acto más puro de amor interpretado como el más brusco y bajo impulso que todo lo mueve. En Un método peligroso, el sexo actúa de nuevo como asiento irremediable y omnipresente de la existencia. El que fuera autor de obras de incómodo componente psicológico, reconvertido en excelente estudioso de la psique humana y su conexión con la sociedad en sus últimas películas, se atreve ahora a filmar la propia condición de la mente humana y el nacimiento del psicoanálisis (empresa harto arriesgada que ofrecer a una platea cada vez menos acostumbrada a que la hagan pensar), a partir de las tres mentes maravillosas que lo hicieron posible: el doctor Sigmund Freud, el psiquiatra Carl Jung y la enferma y a la postre psicoanalista Sabrina Spielrein.

Cronenberg dispone la película en torno a diferentes encuentros físicos, emocionales y sexuales que se producen entre los tres vértices que dan sentido a la historia. Encuentros calmados y carentes de acción en apariencia que lo que están haciendo en realidad es desmontar los cimientos sobre los que se asentaba el entendimiento del ser humano en aquel momento. A lo largo de las páginas de un guión puramente teatral, es mucho lo que se dice y casi más lo que queda implícito y almacenado para una posterior reflexión. Y en pantalla, es muy loable el esfuerzo del director y los tres actores de dar razón a esas palabras. Viggo Mortensen está sencillamente espléndido como el doctor Freud, dando la réplica a un adecuado Michael Fassbender en el papel de Jung, y en el centro de la ecuación la paciente Sabrina Spielrein, encarnada con cierto y a veces cargante histrionismo por Keira Knightley, pero componente vital para la exitosa ejecución del método del título.

La idea de que el aprendiz pueda llegar a superar al maestro está muy presente en el filme. En última instancia se llega a la situación opuesta del punto de partida, con una mente enferma ahora lúcida y otra sucumbiendo a una enfermiza obsesión. Y en el transcurso lineal de la cinta y hasta llegar a su cierre, Cronenberg ha firmado una obra que aunque podía haber sido de otro, ha encontrado en el director de Spider (2002) a un candidato más que apto para llevarla a cabo. El resultado es una película inteligente, reflexiva y sosegada, estudio de la sociedad, del individuo y de la mente, una pieza que se acopla a la perfección en el medido puzzle que es el cine cronenbergiano.

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