Clint Eastwood

Escrito por

RAZA BLANCA, CORAZÓN NEGRO

“Siempre me ha parecido que sólo existen dos formas artísticas norteamericanas: el jazz y las películas del Oeste.” Clint Eastwood

Hay muchas maneras de acercarse a la obra de Clinton Eastwood Jr. (31 de mayo de 1930, San Francisco, California, Estados Unidos). Podríamos recordar al hombre sin nombre, sanguinario invencible, de rostro curtido siempre con tabaco en la boca, icono de un género, antihéroe del western; sucio policía que se toma la justicia por su cuenta, apuntando con su Magnum 44 para alegrarse el día; sargento de artillería Highway; William Munny, despiadado pistolero; fotógrafo de National Geographic; entrenador de boxeo e incluso astronauta. Todos y cada uno de ellos nos remiten a su intimidante y sombría figura, esa que oculta un pasado que quizás no llegaremos a conocer, pero que justifica sus actos y brilla en sus ojos cada vez que aprieta el gatillo o levanta la vista al caminar.

También podríamos hablar del Clint Eastwood director, con mayúsculas, el mismo que a la memoria de sus dos referentes (su mentor Don Siegel y el maestro Sergio Leone) dedicó una de sus irrefutables obras maestras, Sin Perdón (1992). Gracias al americano aprendió (y se atrevió) a contar historias, del italiano a darles forma. En una ocasión dijo que “aprendió de los italianos cómo hacer que unos pocos dólares pareciesen el doble en pantalla” a lo que deberíamos añadir que aprendió de Don Siegel a cómo conseguir esos pocos dólares. El último clásico vivo, como ya hay que llamarlo, comprende el cine de otra manera, con una sensibilidad y un toque distintos, ya perdidos, añejos, poseedor de una hondura y claridad estética (y ética) que no se recuerdan en el cine norteamericano desde John Ford. Su cine es como un viejo a Cadillac que se niega a dejar de ser moderno, presa de una desesperanzadora visión del mundo que lo rodea. Un mito que arroja con su cámara una mirada desmitificadora al pasado para tratar de edificar el presente.

Tampoco deberíamos olvidar su faceta como músico, amante del jazz y pianista, llegando a componer seis de las bandas sonoras de sus últimas películas. Quizás no sea un compositor brillante, estamos de acuerdo, pero en cambio esta vertiente suya nos habla para bien del cálculo cinematográfico que ha adquirido con el paso de los años, de hasta donde llega su control del proceso de creación del film. Mientras, otros aprovecharán para hablar de su vida personal, opinión política o de su comportamiento fuera de las focos, sobre todo si es para mal, hasta escribirán libros, pero con el estreno de J.Edgar (2011) cobra más importancia si cabe centrar la mirada en el Clint Eastwood norteamericano, narrador omnisciente de la historia de los Estados Unidos.

Como icono del western y apasionado del jazz, se rinde ante las dos américas, la blanca y la negra. Y en la búsqueda de ese profundo equilibrio se encuentra su cine, que sorprendentemente con el paso de los años ha ido adquiriendo un tono conciliador y progresista cada vez más marcado, actuando de conciencia de la sociedad americana, por lo que no podemos obviar el considerable carácter político de su filmografía. Si su cine no hablara por si solo, costaría creer que el mismo Clint Eastwood que fuera alcalde republicano y encarnara en Harry el sucio (1971) una de las visiones del Estados Unidos más reaccionario que haya visto Hollywood (aunque con las sucesivas secuelas fueran corrigiendo al personaje), sea el mismo director de Bird, Cartas de Iwo Jima, Gran Torino o J.Edgar, superando todo tipo de prejuicios -tanto los suyos como los del espectador en su contra- al poner sin pudor frente al espejo los traumas que todavía asisten a una sociedad condenada a revivirlos. Sin temblarle el pulso, sin demagogia o hipocresía, sus películas siempre ambicionan entender al otro, abordar la oscuridad de sus actos para así comprender los nuestros. Sus atormentados personajes, desde el asesino de Un Mundo Perfecto, el Charlie Parker de Bird, hasta Hoover en J.Edgar o prácticamente todos los de Mystic River, todavía pueblan la conciencia y la ética de los Estados Unidos. Clint tiende la mano y pone voz a ese grito de ayuda que, pida o no, necesita urgentemente la sociedad norteamericana para salir adelante.

Su cine respeta pero no pretende exaltar los valores americanos, al contrario, con el paso de los años los cuestiona cada vez más, arroja serias y sanas dudas para no volver a repetir los errores del pasado. Claro ejemplo de ello es el díptico que forman Banderas de Nuestros Padres (2006) y Cartas desde Iwo Jima (2007), estrenadas tras la invasión a Irak -lo dejo caer-, que lejos de promulgar la heroicidad de los soldados americanos y convencernos de la importancia de su misión, nos recordaban que en la guerra no hay héroes ni villanos, vencedores ni vencidos, solo víctimas que mueren de igual manera en un lado que en el otro, que luchan por unos ideales que los reducen a enemigos, pero que en el fondo no dejan de ser simplemente las personas correctas en la guerra equivocada. Y aquí no hay viceversa que valga.

En su reciente condecoración por el Museo Nacional de Historia de Estados Unidos, destacó el valor del cine como transmisor de la cultura estadounidense: “No sé si es siempre una buena representación, pero es una representación”, señaló. A mi me gustaría pensar que Clint nos quiere contar mucho más de lo que dicen esas breves palabras. ¿Habla solo de buenas películas? ¿O también de buenas (o malintencionadas) representaciones de los propios Estados Unidos? Y es que sus películas no siempre serán obras maestras, pero siempre harán cuestionar los principios de la sociedad norteamericana, y por ende, los nuestros como espectadores.

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