Entre Copas

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El cine de Alexander Payne nos habla de anti-héroes al borde del colapso, perdedores crónicos como el personaje de Mathew Broderick en la descarnada comedia Election (1999), un profesor de instituto que sin comerlo ni beberlo se ve obligado a ejercer de juez en una salvaje batalla electoral para el consejo escolar de un instituto cualquiera. En pleno auge de la comedia teen americana (la película se estreno el mismo año que la primera entrega de American Pie), Payne realizaba un profético homenaje a escala del escándalo electoral americano del año 2000, con su correspondiente coctel de engaños, mentiras, fraudes y ambiciones desmedidas.

La espiral autodestructiva de Paul Giamatti en Entre copas (2004) se encuadra entre los problemas más comunes por los que puede pasar un escritor, relacionados con la frustración de no poder dar a conocer su trabajo porque ninguna persona o editorial se atreven a arriesgar su dinero para poner un libro a la venta. ¿Y qué mejor forma de superar una profunda depresión sino es con la ayuda del alcohol? La condición de enólogo aficionado de Miles y su amistad con Jack, un actor de segunda a punto de casarse con una chica de buena familia, le conceden la oportunidad de redimirse a través de un viaje por las plantaciones de viñedo californianas.

Alexander Payne dando instrucciones a los actores

Lo que hace funcionar de verdad a la película son los caracteres antagónicos de esta extraña pareja de amigos. Jack (el descubrimiento cómico del que fue nominado al Oscar a mejor actor secundario, Thomas Haden Church), es incapaz de distinguir un Don Simón de un “Pinot”, pero su inminente boda le provoca una atracción magnética a todo tipo de faldas. Miles vive recluido en sus cavilaciones y espera la fatídica llamada del editor para confirmar otro fracaso más, esa gota de vino barato que colmará el vaso. El genio interpretativo de Giamatti, que hasta la fecha era un muy solicitado actor de reparto, da rienda suelta a una serie de situaciones tragicómicas que rezuman patetismo, afirmándose cómodamente en el terreno de la risa empática.

Aquí no hay una historia de amor idealizada, ni triunfadores que superan sus fobias personales e irrumpen en bodas con un discurso que les haga llevarse a la chica. Tenemos sin embargo a un perdedor que acude a la boda de su amigo y luego se marcha a casa sin esperar nada del mundo exterior, que se bebe su preciada botella de vino gran reserva en un establecimiento de comida rápida. Es, a fin de cuentas, un tipo con el que identificarse.

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