La mujer de negro

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Regreso a la casa del terror

Hablando de sustos y fantasmas, en el mundo de la moda se suele decir que todo siempre vuelve. Ejemplos tenemos de ello. Las hombreras, vuelven. El leopardo, vuelve. Las converse, vuelven. Los pantalones de campana, espero que no vuelvan más. Y la Hammer, que aunque no esté de moda nos ha hecho pasar tanto miedo como el anuncio de Loewe, no podía ser menos, también está de vuelta. Fundada en 1934 y refundada en 1945 tras la Segunda Guerra Mundial, celebramos el regreso de la productora británica que tantos clásicos ha dado al cine de terror, cumpliendo una función clave en uno de los géneros, probablemente junto al western, más necesitados de artesanos. Y nos alegra tanto su vuelta que todavía perdonamos su aportación no haya rayado al nivel esperado, ni con su innecesario remake de la sueca Déjame Entrar, ni tampoco en esta insuficiente revisación del terror gótico que otrora fuera ligado a su nombre.

Lejos queda el Drácula de Christopher Lee y Peter Cushing, el cine de terror ha cambiado mucho desde los años cincuenta y sesenta. Son otros tiempos y en la Hammer lo saben. Ya no estamos para monstruos, suficientes tenemos en la vida real, ahora los terrores son más mundanos. Llegar a fin de mes, pagar el alquiler y mantener a tu familia no parece poca cosa en los tiempos que corren. Y para lograrlo, Arthur Kipps (que guarda cierto parecido con Harry Potter) debe atender un asunto en un pueblo perdido para evitar que las deudas acaben con lo único que le queda en la vida, su hijo, que para decepción del respetable no se llama Albus Severus. Desafortunadamente para él, o afortunadamente para nosotros, le toca acudir a la única casa encantada de la zona. Y habríamos estado encantados de disfrutar (y pasarlo mal) con una historia de terror gótico a la vieja usanza, enmarcada en un pueblo gris que vive atemorizado por una terrorífica leyenda vestida de negro, un pueblo en el que sus aldeanos establecen escépticos discursos sobre el más allá, aldeanos que se niegan a mencionar una casa maldita atrapada por la marea, una casa en donde sólo el rechinar de la madera basta para helar la sangre. Pero no es el caso, hay poco de ello, o lo hay y está desaprovechado, que es peor.

Por desgracia, La mujer de negro se acerca mucho más a la corriente del más pobre cine oriental de terror (repleta de tramposos efectos de sonido) que a la ambición –de otra época, todo sea dicho- por configurar una historia que sea escalofriante de por sí, sin necesidad de abusivos trucos. El trabajo de James Watkins (que sorprendió con Eden Lake, aquel inesperado cruce de Deliverance con el terror social) decepciona en la (re)construcción de ese imaginario y adolece de oficio. Ya sea por su falta de pericia narrativa o por pretender contentar al público que tiene que pagar el sueldo de Daniel Radcliffe, recurre pronto a los recursos de atracción de feria, abusando de largas secuencias en la oscuridad a la espera del subidón de volumen recurrente o de la previsible aparición fantasmal. Y para fantasma un guión del que no se puede esperar nada, ni siquiera el intento de contar una cuento de terror, inacabado y perdido en un mero carrusel de sustos y confusiones espectrales del que al menos esperamos la Hammer consiga los réditos suficientes para intentarlo de nuevo.

Paradójicamente, su final resulta ser el reverso del que Sam Raimi imaginó para su divertida Arrástrame al infierno, lanzando un dudoso discurso sobre las bendiciones del amor y la vida en el más allá. Un último giro que en una película semejante más bien está de más.

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