Sherlock

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La deconstrucción del mito

No deja de ser paradójico que la reformulación de Sherlock Holmes traída de la mano del incendiario Guy Ritchie sea menos fiel al canon holmesiano que la que ha realizado la BBC. Teniendo en cuenta que la primera se enmarca en el período histórico en que Conan Doyle colocó al personaje, y la segunda, de manos de Steven Moffat y Mark Gatiss, creadores de la serie, se trae a Holmes al Londres actual.

No se puede decir que no andasen sobre seguro: hace unos años ya que irrumpió en escena el doctor House, experto en resolver casos médicos de aparente imposible solución, basándose en el método deductivo que emplease el detective creado por Doyle allá por 1887 (de hecho es un homenaje declarado). Dicha adaptación en forma de serial, en la que teníamos también al doctor Wilson, inestimable consejero de tan excéntrico doctor, demostró que en los tiempos que corren había cabida para un personaje tan arrogante como intuitivo. La broma llegaba hasta el punto de que el médico compartía con el sabueso número de apartamento: 221B.

Ahora, lo que podría parecer un vago ejercicio de innecesaria repetición torna en una imaginativa y precisa reinvención que nos regala a un Sherlock Holmes genuino y veraz, tremendamente superior al pendón de feria que ha compuesto Guy Ritchie, no tanto por la interpretación de Robert Downey Jr., actor casi siempre solvente, sino por el escaso ingenio que articula el realizador tanto en la narración como en una puesta en escena deudora de los recursos técnicos de Matrix (1999) o 300 (2007), vistos ya hasta la saciedad.

En esta superchería de la BBC de las obras de Sir Arthur Conan Doyle, Sherlock (Benedict Cumberbatch) continúa siendo un detective privado que colabora como asesor de la policía. Ha sustituido la pipa y el opio por parches de nicotina y algún cigarrillo ocasional. Sigue practicando el arte del violín, y su característico gorro lo toma prestado en cierta ocasión de las bambalinas de un teatro, para evitar ser reconocido por paparazzis apostados en la calle. Una escena brillante que perfila la figura que todos conocemos, con la gabardina y el gorro de visera, copando las portadas de los tabloides británicos. Señoras y señores, el mito, reflejo flamante de figura añeja, ha (re)nacido.

En cuanto al doctor Watson (Martin Freeman, nuevo Bilbo Bolsón), acaba de regresar en el capítulo piloto de servir como médico en Afghanistán (en el original regresaba de la segunda guerra Anglo-afgana, nótense las similitudes). Lisiado y turbado por una malsana sed de la acción que ha dejado atrás, este soltero y mujeriego no dudará en caminar de la mano de Holmes en busca de esa adrenalina que se le antoja necesaria en su rutinario regreso a la vida de ciudadano. No obstante su importancia no sólo radica en ser compañero de aventuras para el solitario detective, bastón de apoyo para una ocupación afanosa, sino en llegar a convertirse en su único amigo y punto de anclaje con la realidad. Cual Sancho Panza con su adorado Quijote.

Así, en la peculiar relación que se establece entre estos dos sujetos, reside la esencia de las memorias del investigador, esencia que la serie conserva y reverencia hasta en el más nimio detalle. Cada capítulo es una puesta a punto de las historias que Doyle ideó, cuya traslación a la sociedad moderna daría para un artículo aparte y hasta para un estudio. La aclimatación al siglo XXI brilla por su capacidad para reutilizar con efectividad un material de otro siglo, literalmente, y aprovecha todos los recursos a su alcance: desde los mensajes de texto que aparecen sobreimpresionados en pantalla (como también lo hacen algunos pensamientos y deducciones del protagonista) hasta el blog en que Watson redacta los casos que van resolviendo, a modo de narrador, cumpliendo también en escena el papel que desempeñaba en las páginas de las historias. El perfil londinense monopolizado por el London Eye se revela por derecho propio como un escenario más que capaz para enmarcar el relato, hasta el punto de que en ningún momento se echa en falta que se hubiese respetado la época original. La banda sonora, compuesta por David Arnold (responsable de la música de los últimos títulos de James Bond) y Michael Price, es otro punto fuerte de la serie, una partitura que representa el punto más cercano de ésta con su original literario, por determinados ritmos y melodías.

La historia comienza, al igual que en las memorias, con el caso a resolver de Estudio en escarlata. Tres son los episodios que componen cada temporada, independientes en cuanto a la temática de los casos (basados bien en las historias originales o en una suerte de amalgama de algunos de los relatos cortos) pero con un nexo común que se intuye siempre presente (otro aspecto que deja por los suelos a la primera entrega de Guy Ritchie) y va creciendo en intensidad hasta revelarse en el tercer y último episodio de la primera temporada, El gran juego: hablamos de James Moriarty (Andrew Scott), némesis definitiva de Sherlock Holmes, una mente criminal poderosa en busca de un rival digno al que atormentar con sus macabros juegos y ante al que medirse.

Y si la primera tanda de episodios constituye una magnífica y cuidada introducción al personaje, la historia y los secundarios (desde el inspector Lestrade hasta Irene Adler, pasando por la casera del piso de Baker Street y el hermano del protagonista, Mycroft), la segunda, de reciente conclusión, tira directamente la casa por la ventana, adaptando tres de las historias más populares de Doyle: comienza de forma portentosa con Escándalo en Bohemia, a la que sigue un nudo basado en la que quizás sea la obra más conocida y leída del autor, El sabueso de los Baskerville, y cierra con El problema final, remate que desde ya puede pasar a considerarse una pequeña obra maestra de la televisión. Un broche final que pone a prueba al detective, al doctor convertido en inseparable escolta y a la terrorífica némesis que es Moriarty, llegando incluso a cuestionar, en un giro de guión admirable, la identidad de tan misántropo y a la par rutilante héroe.

Una hora y media final en la que te preguntas si serán capaces de cumplir con lo que manda el original, en la que contemplas entre intrigado y temeroso el desarrollo de los acontecimientos, con unos últimos segundos que se funden en un abrazo descorazonador con la fuente, para finalmente aupar a la figura literaria, aquí deconstruida y montada de nuevo, al Olimpo del medio audiovisual. Elemental.

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