Super

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Shut up crime!

Convendría pararse a pensar las razones por las que determinadas películas son relegadas al ostracismo comercial en detrimento de otras con un argumento similar. O la coexistencia pacífica en las salas de cine no es posible, o algo falla en el sistema de distribución.

En esta hipotética batalla por el éxito debieron encontrarse en 2010 Super y Kick-ass, dos cintas con planteamientos coincidentes que pueden llevarnos erróneamente a utilizar con ambas el mismo instrumento de medición, cuando habría que preguntarse por el criterio que nos priva de apreciar diferentes puntos de vista de una misma historia.

Super tiene una mayor capacidad de reinvención, alternando la comedia surrealista con momentos dramáticos de primer orden, pero sobre todo, y esta es una de las razones por las que es mucho menos conocida (y reconocida), sabe hacerse preguntas y reflexionar sobre la moralidad del héroe, algo incómodo para un espectador al que se ha suministrado violencia explícita durante hora y media. Es en el momento en el que la película evoluciona (nunca mejor dicho) hacia su magnífico clímax final cuando se torna más reflexiva, y deja de ser un macabro y divertido juego de casquería fina para convertirse en cine auténtico, no orientado únicamente a la creación de iconos pop con los que llenar la red de fotos de perfil y merchandising.

James Gunn es plenamente consciente de que las desventuras de Crimson Bolt deben estar inevitablemente ligadas al resto de superhéroes que le han precedido, un mundo con el que se congracia en varios guiños. Un argumento más en relación al mundo del cómic es su utilización del lenguaje onomatopéyico y propio de la viñeta que ya vimos en la interesante Scott Pilgrim vs the World, en una simbiosis perfecta que aunque no está presente en todo el metraje, sí que deja algunos detalles interesantes.

Y qué decir de las interpretaciones. Rainn Wilson, especializado en convertir en divertida la sociopatía, no es aquí una extensión de su sempiterno personaje televisivo en The Office, el peculiar Dwight, aunque sí que comparte con él cierto patrón de comportamiento. Le acompaña la “sidekick” más estridente, chirriante y gritona que ha dado el cine de superhéroes de andar por casa, Bolty (Ellen Page), conformando una inefable pareja de justicieros modernos con leotardos de colores.

Quizás fuesen las implicaciones religiosas (metafóricas), o simplemente la estrechez de miras, pero el caso es que Kick-ass venció en el duelo comercial. Menos mal que, con permiso del FBI, podemos disfrutar de Super en la comodidad de nuestro hogar.

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