Una aventura extraordinaria

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Sálvese quien pueda

El familiar y empalagoso título de Una aventura extraordinaria es en realidad la “traducción” de Big Miracle (2012) la última película de Ken Kwapis. Director de comedias menstruales como ¿Qué les pasa a los hombres? (2009), Hasta que el cura nos separe (2007) o Uno para todas (2005); que en esta ocasión se atreve con una película sobre una familia de ballenas atrapadas en el frío hielo de Alaska.

La película, basada en una historia real, cuenta lo acaecido en 1998 con la citada familia de ballenas que, sorprendidas por una solidificación temprana del agua del Ártico, no pudo emigrar a tiempo y se encontró limitada en un agujero de la capa de hielo que utilizaban para respirar. Semejante drama cetáceo promovió un cúmulo de colaboraciones que unieron a ecologistas y empresas petroleras, indígenas y gobernadores, e incluso, la Casa Blanca con los malvados comunistas de la URSS, todo ello para salvar a esta conmovedora familia de mamíferos pisciformes.

Si bien la propuesta se dirige cuesta abajo y sin frenos hacia un drama familiar con inevitable happy end y la filmografía del director no augura nada bueno, sorprendentemente nos encontramos ante un film que contra todo pronóstico no es horrible, y puede incluso calificarse de pasable. No hay que ignorar el objetivo de la película: conseguir llevar al cine a toda la familia y mostrarles una historia con ciertas dosis de amor, de drama, buenrollismo y conciencia ecologista, este objetivo muchas veces pretendido se puede conseguir de múltiples formas, pero basta con repetir la fórmula de películas de sobremesa como Liberad a Willy (Free Willy, 1993), drama familiar que sentó precedente.

En Big Miracle se hace énfasis en la capacidad de colaboración y trabajo de actores sociales y empresariales naturalmente enfrentados pero que consiguen salvar sus diferencias por el amor a las ballenas. O al menos eso dicen ellos. Hay que admitir la honestidad de Ken Kwapis para retratar los intereses escondidos de los implicados y no construir una farsa de buenos sentimientos e hipocresía cómo cabría esperar. Los indígenas, querrían cazar las ballenas para comérselas, pero son conscientes que el circo mediático formado alrededor de los mamíferos podría amenazar sus derechos colectivos de caza en el caso de mostrar al mundo un baño de sangre. La empresa petrolera, al principio reacia a invertir dinero, cambia de opinión ante una oportunidad que puede lavar la imagen a la compañía. Misma razón por la que el gabinete de Ronald Reagan no escatima esfuerzos para salvar esa adorable familia, que tantos votos le puede aportar a su próxima cita electoral. En definitiva, todos actúan de una manera artificial y muestran un interés irreal debido a la repercusión mediática de uno de esos fenómenos que tanto importa a la opinión pública, al menos durante cinco minutos, sólo intentan salvarse a ellos mismos. La única persona que muestra un interés sincero por salvar a las ballenas es la ecologista de Greenpeace a la que da vida Drew Barrimore, la cual queda retratada como una tipeja absurda e inaguantable, no sabemos si por intención del director o por mérito inconsciente de la actriz.

Las honrosas excepciones en la filmografía de Ken Kwapis, que ha dirigido capítulos de dos de las mejores series cómicas de la historia como son The Office Freaks and Geeks, pueden explicar que haya ciertos momentos cómicos en el film que arrancan sonrisas y rebajan el dramatismo. O quizá sea que esos momentos están protagonizados por dos actores cómicos sobresalientes como son John Krasinski (The Office, Away we go) en el papel del reportero que descubre a las ballenas, o Ted Danson (Cheers, Bored to death) que interpreta al magnate petrolero. Lejos de estos espejismos fugaces, finalmente el guión se quita la careta y en su recta final dilapida las pocas esperanzas ante un final diferente y, con resignación, asistimos a un múltiple happy end, no sólo con las dichosas ballenas, sino con el resto de historias humanas que rodean a estas.

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