Shame

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Sexo, mentiras y páginas porno

Shame bien podría ser la película más estimulante del pasado año. A muchos niveles. En su segundo trabajo como director, Steve McQueen (no confundir con el legendario actor) filma una cinta subyugada al placer, pero también al odio, al dolor. El realizador británico vuelve a contar con Michael Fassbender, tras su anterior y primera colaboración juntos, Hunger (2008), y lo somete de nuevo a un encierro: pero si en la primera las paredes del cautiverio eran de hormigón, en Shame es la mente de Fassbender la que se encuentra aislada, encerrada en su propia prisión de envilecimiento y vergüenza.

La cinta se asemeja a una bomba de relojería. Tanto por el ritmo lento y pausado, cargado de desazón, que imprime McQueen a su composición, como por la excelente banda sonora de Harry Escott, culpable de una inmersión absoluta en la historia de este galán treintañero, tótem viril, envidia de todos y anhelo de todas, adonis apolíneo, coraza en realidad de un intelecto roto, frustrado, sumido en una espiral de odio a su persona, de impericia a la hora no ya de amar, sino de conectar siquiera con el ser más cercano a él, su igualmente herida hermana, una estupenda Carey Mulligan.

Fassbender se confirma como un actor portentoso, de esos que no necesitan casi palabras para decirte algo porque ya lo están haciendo con una simple mirada. Se adivina que no ha sido este un papel fácil, que ha precisado de un recogimiento y un análisis introspectivo del personaje. Y por eso es mucho mayor la satisfacción cuando compruebas que el autómata al que has visto antes masturbándose en el baño de la oficina en una especie de ritual diario, siendo benefactor del negocio más antiguo del mundo o buceando a todas horas con su ordenador por páginas pornográficas, es también capaz de derramar una lágrima.

Hubiera sido muy fácil perderse en el mundo del sexo entendido no como muestra de afecto entre dos seres sino como mera vía liberadora de deseos fluidos. El mayor mérito de la puesta en escena de esta descorazonadora historia es sentir empatía, lástima, llámenlo como quieran, hacia un individuo que lo tiene todo, o que podría tenerlo todo, pero que no tiene nada, que obedece a sus impulsos más lujuriosos de forma doliente y mecánica, en busca constante del placer, culpable o no, que tanto ansía. O, quién sabe, en busca de una versión de sí mismo con la que sentirse bien, en un mundo cada vez más poblado por farsantes de dudosa e hipócrita moral, ajenos a la vergüenza, encerrados, como Brandon, en una prisión espiritual.

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