Cumbres borrascosas

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Hiperrealista oscuridad

La obra de Andrea Arnold se encuentra en las antípodas del cine más académico y de época, por ello mismo debemos alejarnos de esas consideraciones o prejuicios a la hora de adentrarnos en su personal adaptación de la única novela de Emily Bronte. La directora de Red Road (2006) y Fish Tank (2009) parecía reacia a dirigir adaptaciones literarias, más enfocada en su cine a retratar realidades que a narrar historias ni realzar personajes de ficción, pero encontró en Cumbres Borrascosas un lugar en el que quedarse, una historia pasional múltiples veces llevada al cine (desde la más conocida de William Wyler a Buñuel o Rivette) a la que ofrece un punto de vista de lo más estimulante y meritorio.

Dicen que el mundo se mueve por amor, pero cuando este no es recíproco a veces puede convertirse en odio. Y por esa confusión de sentimientos se mueve Heathcliff, que humillado en su infancia regresa al lugar que nunca llamó hogar en busca del amor perdido, el que nunca pudo tener ni tendrá, pero por el que está destinado a luchar. Una historia de amores imposibles con una particularidad, por contra a como siempre ha sido representada, en esta ocasión está protagonizada por un joven negro.

Heathcliff es un niño acogido por una familia granjera de los páramos de Yorkshire, que se enamora de su hermana adoptiva y sufrirá la dura incomprensión del entorno. Si a ello le sumamos el color de su piel, de repente encontramos un trabajo de gran calado sobre la discriminación racial. Aunque no tan de repente, ya que la responsabilidad recae en una Andrea Arnold que no hace de este cambio una frivolidad cualquiera, al contrario, su descripción física, la dureza del entorno y el amor imposible que cuenta, se entiende y conecta sin ambages con la cruda manera de labrarse el mundo de un joven negro desfavorecido hoy día. En esa desolación pone su ojo un guión que desnuda la novela y busca constantemente la fisicidad de sus personajes y su ambiente, tanto con largos planos secuencia cámara en mano por los ténebres y nebulosos parajes siguiendo el recuerdo furtivo de la pareja, como cerrando sin piedad el plano en la oscuridad de una fría habitación.

El seguimiento hiperrealista (sin banda sonora) puede contrastar con el material original, tan dado a la adaptación académica, pero su fondo convulso e irracional se desvela y encaja con la pulsión y el tono imprimidos por la directora británica. Por ello es sorprendente comprobar cómo esta magnífica nueva versión de Cumbres Borrascosas se convierte en cine social en lugar de en una película de época convencional, trascendiendo Andrea Arnold su poco esperanzadora mirada a nuestro tiempo. Un mundo que, como el de Heathcliff, hemos perdido y tendremos que construir con nuestras propias manos.

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