Martin Scorsese: Documentales

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Internacionalmente admirado por sus películas, Martin Scorsese, tiene en su extensa obra audiovisual un amplio apartado dedicado a los documentales. Desde Italoamericano (1974) hasta el reciente George Harrison: Living in a Material World (2011), ha rodado una totalidad de once documentales con una temática en la que impera el cine y sus raíces italianas pero, sobre todo, la música; dónde ha filmado conciertos y ha construido biopics de algunas de las figuras más relevantes de la música popular del siglo XX. Os dejamos con una selección de su obra.

Érase una vez América

Escrito por Antonio M. Arenas

Se dice que la primera novela (o la primera película) suele tener mucho de autobiográfica. Y no es que Italoamericano (1974) sea precisamente la ópera prima de Martin Scorsese –que por aquel entonces ya había rodado la iniciática y reveladora Malas Calles (1973), entre otras- pero sí que fue su primer documental, el primero de más de los que se podría creer alberga su extensa filmografía. Un formato al que regresó recurrentemente para rendir admiración a muchos de sus ídolos, ya fueran musicales o cinematográficos, iconos para él no tan importantes como sus propios padres y su historia, que junto a la de tantos emigrantes italianos originan el epicentro del imaginario de un cine al que el nombre de Scorsese acabaría perteneciendo irremediablemente.

Quizás por ello, la propuesta es consciente de su labor (auto)biográfica desde su punto de partida, el de un honesto documental tan sencillo y cercano como ver a una madre que prepara tranquilamente albóndigas, ajena a la cámara. Marty, que así le llaman, apenas necesita de una conversación con sus padres en el salón de su casa para ejercer no solo de biógrafo de su familia y sus orígenes, sino incluso (y sin pretenderlo) de los de toda una generación que emigró de su país en busca del sueño americano hasta forjar el suyo propio.

Definir este mediometraje como casero no es ningún insulto, al contrario, su realización descuidada y su acabado imperfecto encajan a la perfección con el calor de un hogar ansiado por contar historias, por mantener una tradición cultural ya perdida: la de sentarse alrededor de una mesa sencillamente para hablar y escuchar.

Un proceso de transmisión que capta Scorsese y en base al que a través del montaje -con fotos del álbum familiar- construye y refleja los ecos de un cine posterior que se gestaría entre tejados y malas calles. Por si la conversación supiera a poco, en los créditos se incluye la receta de las albóndigas de su madre, como Italoamericano es la receta casera para aprender a cocinar todo un género. Tomen nota.

 

Contadores de historias

Escrito por Pablo Vigar

En 1974, tras filmar una de las películas más insólitas dentro de su filmografía, Alicia ya no vive aquí (insólita, por la disparidad que luce con lo que luego será el resto de su trabajo, y también por dispensar el protagonismo de la historia a un personaje femenino), Martin Scorsese decidió explorar la senda del trabajo documental y filmar casi seis horas (reducidas en la sala de montaje a poco menos de una) de una velada familiar con sus padres como únicos protagonistas.

Escasos minutos entrados en Italoamericano, Catherine Scorsese, madre del director (y a la que recordamos por participaciones en algunas de sus películas, como Uno de los nuestros), insta a su marido, Charles Scorsese, a que se arrime un poco más a ella en el sofá. Es un gesto reconocible, cargado de ternura y autenticidad, y que establece el tono que va a seguir esta crónica familiar. ¿Pero cuál es su razón de ser, más allá de corroborar el parecido, acentuado con los años, entre padre e hijo, y de descubrir a Catherine como estupenda cocinera?

El director nacido en Queens estructura, casi sin quererlo, y a partir de esta reunión familiar, un panegírico a la figura del italoamericano, identidad que ya apareciese en sus trabajos de ficción ¿Quién llama a mi puerta? (1967) o Malas calles (1973). Esta primera incursión en el género documental (en el que luego habría de ahondar, con magníficos resultados), no quiere suponer un detallado análisis ni un estudio en profundidad de una nacionalidad a medias entre la bota italiana y la bota de vaquero, sino una visión de la misma mediante una charla apacible con un matrimonio que decide volcar sus recuerdos en la cámara que su hijo les ha plantado en el salón.

Así, y a través de palabras, fotografías y silencios, no nos damos cuenta de que pasa el tiempo, hipnotizados como estamos por las vivencias de esta familia italoamericana. Y nos da tiempo a descubrir que quizá Charles Scorsese tenga razón al proclamar que fue en los tiempos en que no había radio ni televisión, cuando se produjo el nacimiento de los grandes contadores de historias, de los que su hijo, de manera ejemplar, ha recogido el testigo.

 

 

 

 

 

This film should be played loud!

Escrito por Antonio M. Arenas

Como claman sus propios integrantes, El último vals no es un concierto de despedida, es un concierto de celebración por una generación inolvidable y eterna dentro de la historia de la música americana. Y no les falta razón. De la mano de Martin Scorsese asistimos a la última actuación de The Band, un concierto filmado con mucho gusto y estilo, ejemplo de realización musical que todavía perdura y cuesta creer se pueda superar, ni siquiera posteriormente por el mismo Scorsese, que venía de estrenar Taxi Driver (1978) y se encontraba en uno de sus periodos más creativos.

Un mensaje advierte al espectador desde el inicio: “Esta película debe reproducirse    con el volumen alto”. Aquí lo importante es la música, pero es un lujo poder disfrutar de clásicos como The Weight (con el acompañamiento de The Staples) magnificados por una cuidadísima realización repleta de suaves travellings y precisos movimientos de cámara que siempre llegan en el momento exacto, como si la cámara no pesara y decidiera bailar al ritmo de la música. Poco tardamos en ver a Neil Young cantar su desgarrador “Helpless”, a Dr. John sentado al piano o a Joni Mithchell interpretando “Coyote”. Les siguen Neil Diamond, Van Morrison o Eric Clapton, la lista es tan grande como el talento y la historia que había sobre el escenario, hasta que un Bob Dylan sumido por entonces en su época más rockera nos enmudece con “Forever Young”. La fiesta estaba completa, era un concierto que solo podía terminar (aunque afortunadamente ya nunca lo hará) con todos los invitados despidiéndose mientras el “I shall released” lanzaba un sentimiento por ellos.

Apoyándose entre canción y canción con entrevistas que el propio Scorsese realiza a la banda, aparte de disfrutar de un concierto excepcional nos adentramos en los entresijos y sinsabores que conllevan 16 años tocando sobre los escenarios. Un trabajo documental que no se limita a la formidable realización del concierto, como si fuera poco, sino que logra esa clase de cercanía y espontaneidad que te hace sentir miembro del grupo -y que más adelante también alcanzaría Jim Jarmusch en su Year of the Horse (1997)- ahondando con sinceridad en las personas detrás de The Band, sin dejar de aportar un toque melancólico más cercano a los musicales de Vincent Minelli con la grabación de dos actuaciones en plató, cerrando el film de manera bucólica una de ellas, filmada en un estudio vacío sabiamente iluminado para que sus sombras se proyecten en la pared. Y aunque The Band ya no lo haga, estas seguirán tocando para siempre, como su música nunca podrá dejar de sonar.

Escrito por Antonio M. Arenas

“Cuantas más películas hago, más cine me doy cuenta que desconozco. Siempre digo a los jóvenes directores y estudiantes que hagan lo que los pintores hacían: Estudiad a los viejos maestros, enriqueced vuestra paleta, abrid los ojos, siempre queda mucho por aprender.”

Martin Scorsese

No estamos ante un documental al uso, tampoco es un exhaustivo estudio crítico ni historiográfico, aunque tal es su rigurosidad y criterio que bien podría serlo, sencillamente es una lección de cine, una maravillosa clase de casi cuatro horas de duración a cargo de uno de los maestros, aunque siempre le honre su empeño por reconocerse como un eterno aprendiz, al fin y al cabo todos lo somos.

A través de grandes clásicos del cine americano, desde El nacimiento de una nación hasta la Lolita de Kubrick, y recorriendo todos los géneros que han hecho grande Hollywood, Scorsese estudia y analiza, de manera tremendamente didáctica y enriquecedora, secuencias clave para entender la historia y el devenir del cine americano. Centra con detenimiento su mirada en el western, el cine de gángster y el musical, géneros propios y auténticos que han expresado a lo largo de la historia las inquietudes del cine americano, sin dejar de lado a los directores y su capacidad para reinventar constantemente el lenguaje, desde los pioneros hasta los grandes clásicos. Todo ello acompañado de intervenciones de muchos de los cineastas que han configurado Hollywood (Eastwood, Wilder, Douglas Sirk, etc…) completando la visión sobre las películas citadas y dando una imagen de conjunto a este viaje a las entrañas del cine americano.

Un camino que emprendería de nuevo años más tarde en su Viaje a Italia (1999), donde recordaría con semejante rigor y pasión las películas italianas que marcaron su vida y su forma de entender el cine. Cartas de amor al séptimo arte ante las que solo podemos dar las gracias.

You can satisfy us

Escrito por Gonzalo Ballesteros

“Si Mick Jagger está bajo esa luz más de 18 segundos, se quemará, se asará, se abrasará”; le espetan a Martin Scorsese durante la preproducción del concierto. “¿Se prenderá fuego?”, pregunta Scorsese asombrado. “Tal vez”, le responden. Y el director sentencia: “no podemos incendiar a Mick Jagger. Así de sencillo. Queremos el efecto, pero sin quemarlo”. La breve conversación recoge una de las obsesiones de Scorsese durante el concierto que graba a los Rolling Stones, la intención manifiesta por filmar un concierto lleno de luz, brillante, en el que la oscuridad está reservada a escasos temas intimistas y donde el dorado decorado presidido por el sol ayuda a configurar una luminosa puesta en escena para una película estéticamente impecable.

Uno de los puntos fuertes de Shine a light es la construcción del discurso narrativo que hace Scorsese, los elementos ajenos al concierto pueden resultar atípicos pero indudablemente enriquecen la película. Uno de estos elementos del discurso es la fase de preproducción del concierto que sirve de arranque al documental. Normalmente este material estaría destinado al making of, o a los extras del DVD, pero Scorsese decide introducirlo al principio del film. En un acertado blanco y negro -para separarlo estéticamente del concierto- muestra la complejidad de una producción pero, en concreto, la difícil relación entre un director de cine, si es de la talla de Scorsese acostumbrado a “pedir y conseguir”, y un grupo de estrellas del rock con las excentricidades implícitas a su condición. Días antes del concierto el director neoyorquino manda una lista a Mick Jagger con una recomendación de temas a la espera de que le confirme el set list. Durante el ensayo de cámaras, a pocas horas del concierto y ante las evasivas de Jagger, Scorsese comenta desesperado: “¿existe la posibilidad de saber que van a tocar? no tiene que ser en orden pero estaría bien saberlo”. Minutos después dice a su equipo técnico: “realmente quisiera saber cuál será la primera canción, porque si comienza con un solo de guitarra quiero saber que guitarra cubrir “. Inmediatamente antes de comenzar el show, le pasan un papel en la cabina de realización con el set list: “OK, first song!”.

El otro elemento extraño al concierto es la serie de pequeños clips documentales que introduce entre algunos temas. Estos fragmentos abarcan prácticamente toda la carrera de los Rolling Stone y deja auténticas perlas como la pregunta de un periodista a un veinteañero Jagger, que apenas llevaba dos LP’s en el mercado, acerca de si se veía haciendo lo mismo con 60 años, la respuesta afirmativa del cantante fue seguida de las risas de incredulidad del público. Qué bonita es la hemeroteca. Los convulsos años sesenta, la consolidación de la banda más importante del Rock o los frecuentes bulos sobre su separación a partir de los años 80 son algunas de las estampas que se construyen a base de fragmentos entre canción y canción. Esta apuesta tiene doble mérito, por un lado dar una visión global de la carrera de los Stones y además hacerlo sin romper la continuidad y la fuerza del concierto.

El magnífico concierto recoge muchos temas relevantes de la mítica banda y están interpretados con su habitual fuerza. Con las colaboraciones de Jack White III, Christina Aguilera y la penetrante voz del cuerpo de Buddy Guy. El comienzo es arrollador y el show de Mick Jagger consigue mantener el listón todo el concierto, cuando el vocalista se retira y cede el testigo a Keith Richards, este y Ronnie Wood, se cargan el grupo a las espaldas y regalan una serie de temas para llevar la actuación al punto culminante. El clímax se desata cuando Jagger reaparece, suena “Sympathy for the devil”, y el vocalista atravesando el público nos recuerda que estamos ante sus satánicas majestades. El concierto finaliza varios temas después y unos extenuados Stones con síntomas evidentes de cansancio -la edad no perdona- se enfundan sus batas y salen por el backstage. En ese momento Scorsese se permite una filigrana ficcionada para llevarnos en plano secuencia desde el escenario a lo más alto de Manhattan y poner el broche final a una gran película protagonizada por uno de los mejores grupos de la historia y dirigida por un maestro del cine.

Spirits in the material world

Escrito por Pedro Villena

En un momento de la grabación del documental Let it be, que Martin Scorsese recoge para su película sobre la figura de George Harrison, se ve al guitarrista discutiendo con Paul McCartney durante las sesiones de grabación del disco. “I’ll play whatever you want me to play, or i won’t play at all if you don’t want me to play”, dice George en medio de una discusión sobre un tema de McCartney, en una de las crecientes trifulcas que muestran las fisuras que en aquel momento ya habían resquebrajado completamente los antaño fuertes cimientos de un grupo antológico como el cuarteto de Liverpool.

Lo relevante de la disputa es que George era un elemento tan importante en la estructura como lo eran John Lennon y Paul McCarntey, no ya como elemento conciliador entre ambos genios creativos en constante fricción, como atestiguan muchos de los entrevistados por Scorsese, sino como el compositor de temas tan importantes como “While my guitar gently weeps” o “Here comes the sun”. Harrison estaba condenado a ser el tercero en discordia mientras iba almacenando temas que conseguía introducir en los LP que seguían saliendo al mercado. Si bien es cierto que la primera canción que escribió, “Don’t bother me”, podría ser considerada una declaración de intenciones, y aunque imbuyó a todo el grupo de sus creencias orientales y las introdujo en cierta medida en la discografía del grupo (el sitar en “Norwegian Wood”), su aura de misterio le concedía una imagen característica de cara al público de la que, en el momento de la bronca con Paul parecía querer deshacerse para desempolvar todas sus partituras relegadas al olvido.

A lo largo de su larguísimo metraje (dos partes de hora y media cada una), Martin Scorsese nos introduce con reverencial devoción, esa pleitesía que el director tiene por los mitos de la década de los sesenta, en la vida y obra del Beatle más introvertido y señalado vulgarmente como “raro”. Se ha acusado al director de ser extremadamente cándido a la hora de construir su discurso, y que esto podría deberse a que el documental esté producido por la segunda esposa de Harrison, pero lo cierto es que Scorsese no evita ningún tema espinoso, ni obvia episodio traumático alguno. Tenemos relatada y documentada la difícil relación entre Clapton y Harrison, los escarceos con las drogas del músico y sus compañeros y, por qué no, la habilidad paisajística de un guitarrista retirado.

El hecho de que algunos entrevistados no puedan contener las lagrimas ante el recuerdo de George Harrison diez años después de su muerte, da buena cuenta de la impresión que dejó su personalidad en los que le rodeaban, así como en Martin Scorsese, que se ha ocupado de dedicarle este sentido homenaje.

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