Martin Scorsese

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Uno de los nuestros

Para entender los orígenes de Martin Charles Scorsese (New York, 17 de noviembre de 1942) se diría que es descendiente de emigrantes italianos, o que creció entre el barrio de Queens y Little Italy, si en realidad no supiéramos que es hijo del propio cine. De familia humilde y afectado por asma en su infancia, al no poder hacer deporte o jugar en la calle como el resto de niños, el pequeño Marty se encerró y encontró cobijo en las películas, pero ya no sólo como escape a la realidad, sino como entrada a otro mundo al que creyó que irremediablemente tenía que pertenecer. Se dice que uno no es de donde nace sino de donde pace, y Scorsese encontró la paz (incluso espiritual, no en vano estuvo a punto de emprender el sacerdocio) y sus auténticas raíces al descubrir el neorrealismo italiano. Las películas de Rosellini, Visconti o Federico Fellini fueron su habitual lugar de encuentro, le inculcaron un respeto y admiración por el séptimo arte que no solo sigue vigente, sino que pasados los años a través de sus documentales y la fundación “The Film Foundation” se ha erigido en uno de los mayores defensores y promotores de la conservación cinematográfica en celuloide. Por lo que no sólo estamos ante un cineasta magnífico, sino incluso por encima de ello ante un amante del cine que lo cuida como si fuera suyo. No en vano, al final todo en queda familia.

Su filmografía se entiende (y se extiende) más allá que como una obra autoral, que debido a sus extraordinarios e inimitables rasgos de estilo es inconfundible, sino como una obra coral, protagonizada por todas y cada una de las películas que le influyeron y que de una manera u otra acaban formando parte de su cine. Ejemplos tenemos de ello, tanto en homenajes al cine de otro tiempo (El Aviador, La Invención de Hugo), como en sus propios documentales sobre el séptimo arte (Una carta a Elia, Mi viaje a Italia, Un viaje personal con Martin Scorsese a través del cine americano) o a través de ciertas reformulaciones cinematográficas (El color del dinero, El cabo del miedo e incluso Infiltrados) que evidencian su pulsión no sólo por hacer cine, sino por formar parte de este, de reinventarlo constantemente hasta alcanzar su origen.

El suyo bien podría ser “el curioso caso de Martin Scorsese”, por ello mismo su cine merece una visión similar, una retrospectiva marcha atrás que quizás ayude a desvelar su constante aportación al cine contemporáneo, que lejos de parecer la de un cineasta de más de 70 años, resulta la de un eterno soñador del viejo y noble arte del cinematógrafo.

Imaginemos que La Invención de Hugo (2011) fuera su primera película. Hablaríamos del debut primoroso de un nuevo director que es capaz de otorgar sentido y sensibilidad al uso del 3D, de revolucionarlo con una nueva manera de ver el cine del futuro arrojando su mirada al pasado. Tras ello, el joven Scorsese demostraría su versatilidad dando el salto a la televisión, dirigiendo el piloto de una serie sobre el origen de la mafia llamada Boardwalk Empire, su primera incursión en una temática y un submundo del que habrá hecho un arte cinematográfico. Ese mismo año, su valentía y (eterna) juventud cinematográficas quedarán grabadas a fuego en una película tan paranoica y cautivadora como Shutter Island, a la que tardaremos años en reconocer maestra. Además, como creador multidisciplinar realizará documentales sobre dos de su grandes pasiones, la música y el cine, cartas declaradas a los Rolling Stones, George Harrison, Bob Dylan y Elia Kazan. Pero el cine también es un negocio, y por ello hará un remake de una cinta de acción asiática para así infiltrarse en los Oscar y conseguir una estatuilla que le van a negar el resto de su carrera, esa en la que nunca perderá la personalidad de enfrentarse a retos gigantescos e imposibles como El Aviador o Gangs of New York, en los que vuelve la vista atrás a un pasado que ya no va a volver, pero en el que están los cimientos para construir un futuro del cine que siempre quedará ligado a su nombre y apellido. El mismo pasado que quizás pesa demasiado a la hora de valorar sus nuevas aportaciones, y es que quizás deberíamos empezar a recordar a Martin Scorsese no solo como el director de Taxi Driver o Toro Salvaje, sino también como el de La Invención de Hugo. Lo demás es historia, una historia en la que todos los directores de cine que él tanto admira se pondrían de acuerdo en recordarle como a uno de los nuestros.

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