Madrid, 1987

Escrito por

Generation gap

En un momento de Madrid 1987, los personajes que interpretan José Sacristán y María Valverde imaginan la proyección de una película a través de un marco vacío, que encuadra un desasosegante trozo de alicatado azul de cuarto de baño. Da la sensación de que David Trueba va encauzando su historia y haciendo crecer la composición de sus personajes mientras limita el espacio en el que les permite interactuar, para acabar con la metáfora de esa pantalla de madera, símbolo de la austeridad de una película que se hace grande ante sus mínimos recursos, y quizás también el de un cine que necesita combatir con ingenio la falta de medios.

El director nos traslada a un tórrido verano madrileño en el que tendrá lugar un intenso choque generacional, protagonizado por una joven estudiante de periodismo dispuesta a conocer a la persona que se esconde tras la pluma que tanto admira: un articulista que descubrirá tan lúcido como furibundo en sus reflexiones, y que le explicará con clarividencia que sus vidas (las de ambos) son como dos trenes que se cruzan, y que el suyo ya viene de vueltas de todo.

La fuerza del personaje de Sacristán radica precisamente en una experiencia dilatada como periodista y persona que le permite ser brutalmente sincero a cada momento, sin importarle las represalias. Su melancólica e incesante verborrea y sus reflexiones sobre lo humano y lo divino tienen el contrapunto en los silencios y la expresividad de María Valverde, que ya de por sí expuesta y cohibida, es desnudada una y otra vez por la apabullante presencia del escritor. Y valen mucho la pena sus peroratas, sus manías y sus reivindicaciones, como cuando alude a la marginación en el cine y la literatura del resto de fluidos orgánicos que no tienen relación con el amor.

Esa desnudez física que se palpa en cada una de las gotas de sudor que va generando una sauna improvisada, se corresponde con una realización en apariencia simple, pero que consigue grandes composiciones en un espacio cuyo paisaje de grifos herrumbrosos no parece ofrecer grandes posibilidades. A esto se une la inconmensurable actuación de José Sacristán, muy creíble en su composición, y perfectamente secundado por María Valverde, que quizás mande un mensaje de esperanza a alguno que otro al dejar de lado los abdominales de Mario Casas para caer rendida ante la flaccidez de un intelectual entrado en años. Una tendencia que con total seguridad no será secundada por la taquilla.

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