Carnivàle

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Let’s shake some dust

Carnivàle es una serie de HBO del año 2003, dirigida por Daniel Knauf y con Nick Stahl, Clancy Brown, Michael J. Anderson y Clea Duvall en los papeles principales. Se sitúa en el sur de Estados Unidos en 1934 (cercana por tanto en el tiempo a La parada de los monstruos -1932- de Tod Browning, con la que comparte apuntes), en la era de la Gran Depresión y del fenómeno conocido como Dust Bowl (tormentas de arena). La serie sigue a un variopinto grupo circense comandado por un enano y que reúne en sus filas a una vidente, dos siamesas, una mujer barbuda, un jugador de béisbol cojo y una familia dedicada al vodevil, entre otras rarezas. Todos juntos conforman el carnaval o circo del título, una feria ambulante que se desplaza por el nuevo continente en busca de ciudades donde armar su espectáculo.

Pero Daniel Knauf decide utilizar al circo como excusa de algo mayor, y da a su historia tintes trascendentales, situándola como testigo casual de la eterna lucha entre el Bien y el Mal. Quizá este componente fantástico, o sobrenatural, ahuyente a algunos pocos. Sin embargo, está tan bien llevado y apoyado en unas actuaciones tan sólidas que desde el primer momento queda descartado que vayamos a tener que aguantar palabrería de segunda o maniqueísmo infantil para todos los públicos. Son, como decía, dos los actores que vamos a ver enfrentados, no tanto físicamente (no se conocen hasta bien avanzada la serie) sino de un modo más espiritual. Y es que Carnivàle juega mucho precisamente con el mundo de lo esotérico, de lo oculto. Los nombres de estos dos actores, de estas criaturas de la Luz y la Oscuridad, son Nick Stahl y Clancy Brown. El primero interpreta a un joven de misterioso pasado que pasa a engordar las filas del circo. El segundo borda su papel de reverendo, de voz de Dios en la Tierra, de pastor que guía a su rebaño. El señor Brown compone un personaje que es la mejor baza con la que cuenta la serie para ganar adeptos, un personaje verdaderamente terrorífico. Como terroríficas son muchas de las ideas visuales con que nos sorprende la serie. Como digo, aquí el Bien y el Mal no surcan inmaculados espacios divinos, sino que pisan ambientes terrenales, sucios y turbulentos.

No obstante, no es este enfrentamiento entre dos fuerzas el verdadero alma de la serie. Ese puesto se lo lleva el circo. La puesta en escena, el aspecto artístico, la fidedigna representación de una era pasada, alcanzan cotas mágicas. El relato de la existencia de estos freaks es la médula espinal de la serie, sus vicisitudes y desgracias, su difícil aclimatación como extraños personajes que son a un mundo ya raro de por sí. Su desesperado intento por encajar aunque sea en un circo que recoge monstruos y que con cada amanecer se pone de nuevo en marcha hacia la siguiente parada, al grito, marca de la serie, de “Let’s shake some dust!”.

Carnivàle estaba pensada para durar seis temporadas, con cada dos temporadas formando un arco argumental que podría compararse con un libro. Cada final de cada dos temporadas marcaría el inicio de un nuevo capítulo, por así decirlo, en la trama creada por Knauf. Sin embargo la serie corrió otra suerte, y al término de su segunda temporada fue cancelada por bajos índices de audiencia. El último capítulo, como digo, sirve como cierre a gran parte de la serie, si bien quedan cosas en el tintero que se habrían retomado en sucesivas entregas. Con todo, los últimos capítulos de la segunda temporada tienen tal fuerza y son de una brillantez tan exquisita que cuando llega el final sabes que has estado viendo algo muy grande. Es el mejor cine llevado a la televisión. No me queda más que recomendar encarecidamente el visionado de esta joya casi desconocida para la gran mayoría del público, y que debería a todas luces ocupar un lugar de honor (si no lo hace ya) en la estantería de la HBO.

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