Freaks and Geeks

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The Breakfast Club

La escena nos sitúa en 1980. Un campo en el que se está desarrollando un partido de, cómo no, fútbol americano, o como allí suelen llamarlo a secas: football. En la grada tiene lugar la más meliflua escena romántica que uno pueda imaginar, protagonizada por el níveo, rubio, atlético, y con toda seguridad, capitán del equipo de ese “rugby raro” al que se refería Goyo Jiménez en su ya célebre monólogo sobre las costumbres americanas, que tiene como contrapunto a la otra cúspide de la estratificación social del instituto americano: la animadora. A continuación la cámara parece deslizarse por imperativos gravitatorios como tratando de acercarse a la cara menos glamourosa y más oscura de la reconocible estampa que nos ha presentado en un principio.

Como la suciedad que uno barre y tiende a esconder en el lugar más recóndito, un grupo de chavales desaliñados pueblan conscientemente uno de los lugares menos accesibles a la vista. Estos son los Freaks, que no son esos “frikis” que hemos acostumbrado a nuestra vista y vocabulario, sino que se asemejan más en su aislamiento a los “Freaks” de La Parada de los monstruos: un clan bastante selecto más orientado a la obtención y consumo de sustancias prohibidas que a estudiar para esos famosos exámenes de álgebra. La presentación continúa para llevarnos ahora sí, hasta los geeks (a estos sí que se les podría catalogar como frikis contemporáneos), una tribu cuyos representantes en la serie son conscientes de su escasa posibilidad de promoción social y que para más INRI comienzan su andadura en una nueva institución escolar como blancos potenciales de todo tipo de fauna hostil.

John Hughes colocó a cinco representantes de todas y cada una de estas categorías en una sala de castigo y los hizo interaccionar en The Breakfast Club, una película que podría suponer un punto de partida para entender las motivaciones, los anhelos y los miedos de una organización que aunque en apariencia superficial, se cimenta en unos preceptos definidos y conocidos por todos sus miembros.

Y en medio de todo este follón, en el que hay que alternar las clases con esos laboratorios de biología tan raros en los que siempre diseccionan ranas y otros animales con la supervivencia en una selva en la que los hay mucho más mortíferos que unos simples anfibios, se encuentra la familia Weir, y sus dos miembros en edad escolar que intentarán, cada uno a su manera, desafiar las reglas no escritas de la vida en el instituto americano. Sam Weir y el improbable idilio entre un geek y una animadora, o el desencanto con la vida que lleva a Lindsay Weir a intentar convertirse en una Freak más, serán los catalizadores de una serie que no tuvo éxito en su emisión por televisiva, pero que con el paso de los años se ha convertido en un producto de culto, y no es de extrañar teniendo en cuenta su calidad argumental, su infrecuente enfoque de la vida adolescente, sus memorables interpretaciones (el debut de Seth Rogen, James Franco…) y una banda sonora espectacular.

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