Juego de Tronos

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Juego de Tronos es una serie inscrita en el terreno fantástico, pero no la protagonizan elfos, ni magos, ni hadas. O al menos no al principio. Hay un enano por ahí, pero ni tan siquiera es uno que se asemeje al aspecto que tradicionalmente ha caracterizado a estos en el mundo de la fantasía. Es uno salido de nuestro mundo, y disfruta de un vaso de vino y de una felación al mismo tiempo en su presentación en la serie. Posiblemente sea el personaje más fascinante, raro e insólito que deambula por este Poniente (Westeros, en su versión original), una suerte de Europa medieval con reminiscencias a la Tierra Media de Tolkien. Con una diferencia: mientras que Frodo, Gandalf y compañía hacían avanzar a ese mundo hacia el final de lo mágico y al comienzo de la hegemonía de los hombres, el universo creado por George R.R. Martin (autor de los libros en que se basa la serie) se localiza en un momento en que la magia está volviendo a resurgir.

Al frente de un proyecto que no hubiera sido posible sin la excelente trilogía de los anillos de Peter Jackson, la HBO. No se puede sino aplaudir la valentía de una cadena acostumbrada por otra parte a adoptar proyectos que suelen salirse de lo común, más arriesgados tanto por contenido como por envergadura. Y para muestra un botón: hablar de Juego de Tronos es hablar, entre otras cosas, de una de las series con mayor presupuesto del panorama televisivo (60 millones de dólares para su primera temporada). Este dineral se traduce en exóticas localizaciones (Malta, Croacia, Irlanda…) decorados y material de atrezzo exquisitos (de nuevo en sintonía con la epopeya de los hobbits) y una conjunción sobresaliente de efectos por ordenador e ilustraciones. El apartado técnico, por tanto, irreprochable.

Pero es que el artístico no le va a la zaga. A la magnífica elección de casting del enano del que ya hemos hablado (Peter Dinklage), hay que sumar a un portentoso Sean Bean, otrora Boromir en El señor de los anillos, que parece encontrarse muy cómodo en la fantasía épica (este año participó también en una película de corte similar pero de resultados no tan satisfactorios, Black Death). Su composición de Eddard Stark es la introducción perfecta a un mundo que se nos antoja apasionante, del que cada vez querremos saber más, no sólo de lo que acontece en la línea de tiempo de las novelas y la serie, sino de sus eventos pasados, y cómo no, de los futuros. Otros nombres destacados son Mark Addy, Lena Headey, Emilia Clarke o Nikolaj Coster-Waldau, visto en Blackthorn (interpretaba a un joven Butch Cassidy), y que da vida aquí a uno de los personajes, al contrario de lo que pueda parecer cuando se sienta uno a ver la serie o leer la novela, más profundos y mejor dibujados de todo el lienzo.

Porque no estamos ante el enésimo panfleto de la refriega entre el Bien y el Mal, ambos con mayúsculas, que cuando se hace bien como en El señor de los anillos proporciona grandísimas satisfacciones, pero cuando se hace mal, y esto pasa no pocas veces, todo queda reducido a una simpleza insultante. En Juego de Tronos no hay que salvar el mundo, ni siquiera hay guerras entre los espíritus de la luz y de la oscuridad. Todo es mucho más borroso, las líneas que delimitan los contornos de la ética y la moral se difuminan a la velocidad del rayo, y nadie, o casi nadie, hace las cosas porque estén bien o mal, sino en función de los propios intereses. Y cuidado si se pretende jugar el papel del héroe, o erigirse como estandarte de la justicia en el nido de víboras sedientas de sangre que emula esta aventura, porque las posibilidades de salir airoso no son muchas.

Para finalizar, y volviendo al tema del lienzo, así es Juego de Tronos: una pintura descomunal en la que se retoma una parte de nuestra historia (la saga es una recreación de la Guerra de las Rosas anglosajona) a través de un cristal imaginario, en el que se entrelazan intrigas políticas y palaciegas, árboles genealógicos interminables de familias que parecen salidas de Los Soprano, temas tabúes como el incesto o dosis desmoralizantes de realismo procedentes del mejor The Wire (y traducidas en una pasmosa facilidad a la hora de evitar el temblor de manos para despedirse de un personaje protagonista).

Que se acaben de nombrar dos mastodontes de la talla de la serie de Gandolfini y de la situada en Baltimore no es casual. Juego de Tronos, a la espera de seguir su desarrollo en futuras temporadas (la segunda se estrena este mes), puede alzar orgullosa la cabeza para mirar a los ojos a sus hermanas. Siempre y cuando, claro, ésta aún repose sobre los hombros.

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