Rubicon

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Sin teorías para la conspiración

A la pregunta de la cancelación de Rubicon surge otra distinta ¿Cómo en la época de LOST y los cliffhangers pudo llegar a existir una serie que prescindiera de ellos? Quizás por eso mismo fue cancelada, o no, pero la realidad es que su primera y única temporada quedará en el recuerdo como otro oasis perdido en la ficción televisiva.

Tras la estela de Mad Men y Breaking Bad, la cadena AMC estrenó Rubicon en verano de 2010 como su respuesta (inteligente) al thriller. Lejos de presentarse como un procedimental, la serie creada por Jason Horwitch respira un aroma a las mejores intrigas políticas de los años setenta, nada comparables a las habituales propuestas artificiales y artificiosas en las que se resuelven casos de manera episódica, sino con un espíritu más cercano a la conspiración y paranoia de la reciente Homeland. Un tono desmitificador y realista hacia un género habitualmente convertido en un carrusel de inverosímiles secuencias de acción y espionaje, desvelando nuevas inquietudes en torno al thriller en nuestros días, cada vez más dado a creer (y ver) la conspiración diaria por parte de los políticos y las grandes corporaciones. Y es que en Rubicon, como en la realidad, no hay crímenes que investigar, no hay héroes que salven al mundo, hay anónimos, absolutos desconocidos que se sientan como burócratas delante de su ordenador sin saber por qué ni para quien trabajan. La soledad del que no solamente está solo, sino que desconoce a su enemigo.

Porque la clave de Rubicon no está en lo que cuenta, está en como no lo cuenta. Su argumento en el fondo no existe, un detalle sorprendentemente acertado al contar el día a día de un servicio de inteligencia en el que nada pasa. Activan la teoría de la conspiración tan solo un trébol, un accidente de tren y el crucigrama de un periódico, pero son los personajes y sus acciones los que mueven orgánicamente la trama, no la trama la que se mueve alrededor de ellos. Su protagonista (Will Travers) busca respuestas a preguntas que no la tienen o de las que es mejor no encontrarlas. Desconfía de todo y de todos, hasta de su propia seguridad física, tratando de descubrir una conspiración para la que no encuentra teorías, tan solo sospechas.

Fue criticada por su ritmo lento, pero precisamente es una serie con ritmo, pausado pero rítmico, que es muy distinto. Tiene estilo propio y una cadencia narrativa en la que uno se deja atrapar. Su mejor virtud es muy de apreciar en estos tiempos televisivos que corren, va en contra de lo que la gente espera de una serie. Ni resuelve tramas dentro del propio episodio ni deja abiertas otras al final del mismo. Tan solo al final de temporada se apresuró a la hora de revelar lo inenarrable, desvelando una trama que nunca existió, y que por tanto, no podía contarse en una segunda temporada. O quizás la cancelaron porque ellos no quieren que sepamos la verdad, será mejor creerlo así. Nunca lo sabremos. Will Travers, tampoco.

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