Take Shelter

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No hay refugio

La primera escena de Take Shelter define a la perfección cuál es el problema de su protagonista, Curtis LaForche. La tragedia del hombre de a pie que tiene sueños y visiones sobre una tormenta que va a acabar con la civilización es que, tanto si estos sueños acaban siendo premonitorios como si son síntomas de una enfermedad mental hereditaria, Curtis se enfrenta impotente ante un enemigo que va a dañar a su familia, la mujer y la hija perfectas. Por eso, ese plano medio de Michael Shannon entre los nubarrones que vienen y su casa al descubierto (la enorme puerta del garaje, abierta de par en par) es un gran resumen de la película de Jeff Nichols. O al menos de uno de sus niveles.

Es la historia de Curtis LaForche, el hombre americano que ve amenazado su papel de patriarca guardián por una fuerza contra la que es impotente (ya sea racional, una enfermedad mental que intenta entender acudiendo a bibliotecas, médicos y psicólogos, o irracional, un pánico premonitorio que palia reformando un refugio anti-tornados del jardín trasero de casa y comprando latas en conserva en los supermercados).

Este enemigo invisible está dentro de él, y ahí entra en juego un trabajo interpretativo no solo solvente, sino sorprendentemente sutil y contenido de Michael Shannon, que parece luchar junto a Curtis contra la locura que ha infectado siempre a sus personajes. Pero también puede estar en el exterior. El uso del sonido y la filmación de la naturaleza del Oeste de Estados Unidos son imprescindibles para crear una atmósfera de amenazadora inmovilidad. Las hojas de los árboles bailando al roce del viento ya fueron filmadas con el mismo propósito por Shyamalan en The Happening.

Tensión por vía de la observación pasiva impuesta (como en el último largometraje casi serio del hindú, en Take Shelter lo que traiga la naturaleza es inevitable y ni Curtis ni el espectador pueden luchar contra ello). Y tensión mediante un tono y un pulso impecables durante todo el film.

Pero Take Shelter tiene otros niveles, además de la fábula de la familia LaForche (imprescindible Jessica Chastain como la mujer fuerte y comprensiva negándose a ser víctima, siempre amando a su marido). Ofrece un vistazo a los problemas más reales y terrenales de la clase media (mediocre) a la que pertenecen sus personajes: no en vano todas las consecuencias del viaje a los infiernos de Curtis son económicas y sociales, y la mitad de los diálogos son sobre recados, seguros médicos, ahorros y vacaciones soñadas.

Nichols está retratando un momento concreto, el que vivimos actualmente, y por eso entendemos y vivimos tan de cerca la incertidumbre y el terror de Curtis LaForche. La tormenta que amenaza con arrasarlo todo y dañar a Samantha y la pequeña Hannah es análoga a esta abstracta crisis civilizatoria que atravesamos.

La escena final, un epílogo muy valiente que, como tal, está destinado a ser polémico, nos lleva un paso más allá. No solo es un clímax perfecto en el que la contención anterior se convierte en explosión (musical, por parte de David Wingo, y en la realización de Nichols, que se adueña del fuera de plano para crear el momento más emocionante de la película), sino que además, también al estilo de M. Night Shyamalan, transforma todo lo visto anteriormente y convierte el final del metraje en el comienzo de una historia. La conclusión replantea todo lo contado, haciendo de Take Shelter una historia de preparación, como lo eran Unbreakable y The Village. De preparación para Curtis y su familia, que se enfrentan a partir de ahora a la prueba de fuego (¿el fin del mundo o la esquizofrenia?, queda en manos del espectador), y de preparación para el público, que asiste a los títulos de crédito con la certeza de que se avecina la tormenta.

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