XV Festival de Málaga: Día 3

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Floja tercera jornada la que hemos vivido hoy en el Festival de Málaga. Las dos nuevas propuestas de la sección oficial han cosechado una acogida bastante tibia en unos pases de prensa donde los aplausos suelen ser moneda de cambio. La primera en abrir la lata ha sido Kanimambo, una película con elementos de falso documental que nos acerca a la antigua colonia portuguesa de Mozambique a través de los ojos de tres directores diferentes. Una propuesta interesante sobre el papel que quizás queda lastrada por un desequilibrio evidente entre sus historias.

La que arrastra más el interés del espectador es la primera, dirigida por el ganador del Goya al mejor cortometraje en 2007 Abdelatif Hwidar, y que explora las consecuencias de una guerra fratricida de la que el país africano parece no haberse recuperado por completo. El segundo segmento, de Carla Subirana, es el que aporta a la totalidad del film el calificativo de falso documental, conformando el diario audiovisual de una turista que vuelve a Mozambique para reencontrarse con una mujer a la que visitó en su última estancia. Y para concluir, Adán Aliaga nos narra la historia de una niña sorda que entabla una curiosa amistad con un músico ciego. El discurso que solapa las tres partes de Kanimambo carece de paternalismos y se aleja de una posible óptica sentimental, muy recurrente cuando se tratan temas como el SIDA o la pobreza, además de ofrecer interesantes apreciaciones sobre el analfabetismo y el atraso de la población. Sin embargo, la fórmula se desgasta a medida que avanza el metraje de un trabajo al que hay que reconocerle sus buenas intenciones y su desmarque del cine convencional.

La que no se ha desmarcado del farragoso terreno de las polémicas adaptaciones literarias es Memoria de mis putas tristes, la traslación al cine de la novela de Gabriel García Márquez a cargo del danés Henning Carlsen. La película es (ojo) una Coproducción México-España-Dinamarca-USA, y no resulta extraño que con esa amalgama de nacionalidades se llegue a consentir que Geraldine Chaplin puede ser caribeña, con su acento y todo. Si a García Márquez le agrada el séptimo arte, no debe de gustarle cómo ha sido adaptada su novela a la gran pantalla, porque cine y la literatura pueden ser complementarios, pero rara vez funciona su correspondencia absoluta.

Juegan en contra del film su lirismo afectado, conservando diálogos calcados de la novela que convierten en literatos a todos y cada uno de los personajes que orbitan alrededor del verdadero sabio, y una estructura caótica, con flashbacks intercalados sin orden ni concierto, que podrían haber tenido una función diferente tanto en la presentación como en el arco de transformación del personaje al que aluden.

Sobresale por encima de todo la interpretación de Emilio Echevarría, ese viejo disoluto que encuentra el amor a una edad y en unas circunstancias nada convencionales.

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