14º Festival de Cine Alemán

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En la situación en la que estamos se agradece que desde Alemania en lugar de venir a rescatarnos (que por lo visto, también) nos traigan una muestra del (suponemos) mejor y más interesante cine alemán reciente. Una cinematografía para nosotros bastante más desconocida de lo que parece, de la que Wim Wenders y Werner Herzog ya echaron a volar y que más allá de sus grandes éxitos internacionales no suele llegar a nuestras salas, algo que recientemente tan solo Fatih Akin y Tom Tykwer han logrado con regularidad. De hecho, el festival dedicó una retrospectiva al director Andreas Dresen, cuyo cine ha recorrido los más importantes festivales de todo el mundo, desde Cannes hasta Berlín, pero pese a ello todavía es un completo desconocido en nuestro país. Y eso que es un señor encantador, todo sea dicho. Ojalá que con esta mirada a su cine y aprovechando el estreno de su último film Stopped on track, se nos vaya haciendo más habitual oír su nombre y el de otros de los directores que han paseado sus películas por Madrid.

Por lo demás, fueron cinco días en los que tratar de coger el pulso al cine alemán que viene, tanto a su vertiente más complaciente (la ganadora del Premio del público Tres cuartos de luna) como a la más polémica (La guerrera y su inmersión en el neo-nazismo) al tiempo que descubrimos los cortometrajes más subversivos y experimentales de los jóvenes creadores alemanes. Esta es nuestra breve selección crítica sobre la decimocuarta edición del festival, celebrado en un acogedor Cine Palafox al que esperamos volver el año que viene. Eso sí, a ser posible sin salvavidas ni flotador.

A estas alturas no sorprende a nadie que aparte de la más que digna nueva adaptación de Los Cinco, la ganadora del premio del público fuera la única comedia del festival. Y aunque en el fondo Tres cuartos de luna (Christian Zubert, 2011) realmente sea un drama más agrio que dulce, las formas son tan complacientes y buscan con exceso la complicidad del respetable que no extraña se acabe ganando su corazoncito. Es la versión amable de la magnífica Contra la Pared (Fatih Akin, 2004), otra manera de tensar y abordar la relación entre alemanes y turcos. En esta ocasión desde el punto de vista de un taxista cascarrabias ya entrado en años al que su mujer ha dejado, que de pronto debe afrontar su soledad haciéndose cargo de una dulce niña turca, perdida y sola en Alemania tras la caída en coma de su abuela. Ya el argumento aglomera de por sí un número demasiado grande de casualidades, pero lo grave es que son estas las que mueven arrítmicamente una trama que desperdicia el buen hacer de sus dos protagonistas y su particular relación, que finalmente ayudará a su protagonista a comprender toda la vida que tiene por delante. Sudores fríos. Su final resulta más obligado que convencido, propone un viaje de vuelta como redención que no convence, porque no había nada que redimir, quizás tan solo no ofrecer al espectador una visión más auténtica del conflicto social que toca.

Viento del oeste (Robert Thalheim, 2011) es el poético título de un film como simbolismo de dos Alemanias con miedo a un cambio que finalmente era imposible de evitar. Un año antes de la caída del muro de Berlín, una furtiva historia de amor quiebra esa barrera y origina el cambio. Dos hermanas entrenan remo en un campamento según la rígida disciplina deportiva la República Democrática Alemania, pero descubren otra vida junto a dos chicos del otro lado del muro, con los que a través de las canciones de The Cure y Depeche Mode abrirán los ojos para atreverse por fin a decidir algo en su vida, aunque esa decisión ponga en juego todo lo demás, hasta su propia unión. Entre vinilos, walkmans, besos a escondidas y fronteras (tanto territoriales como emocionales) recordamos una época no tan lejana en la que la libertad era el mayor de los riesgos. Unos riesgos a los que no nos somete una película demasiado previsible y confortable, que se ampara en la melancolía de otros tiempos sin carreteras secundarias ni baches que compliquen el camino, como si ellos mismos ya supieran que la historia iba a tener un final feliz.

La mayor alegría y sorpresa del festival la disfrutamos los afortunados que fuimos al pase matinal de Los Cinco (Mike Marzuk, 2012). La nueva adaptación cinematográfica de la famosa saga literaria juvenil de Enid Blyton superó prejuicios y convenció tanto a los niños que llenaban la sala como a los (no tan) adultos allí presentes, que sin duda dejamos de serlo por un rato. Más que tratando de adaptar fielmente los libros, su director logra capturar su encanto, trasladándola a la actualidad sin perder la esencia. Partiendo desde el principio, lógicamente presenta a sus personajes con el primero de la saga “Los cinco y el secreto de la isla”, pero la trama discurre con variaciones del argumento de “Los cinco otra vez en la isla de Kirrin”, creando una historia tan propia como auténtica y digna de lo que serían Los cinco en nuestros días. Y da gusto comprobar que es posible hacer películas infantiles sin efectos especiales, solo buscando sentimientos como la amistad y la aventura juvenil más pura, cine lleno de imaginación y humor, de otra época y para otra generación, como lo eran los niños lectores de Los cinco, tan distintos a los niños de hoy en día. Y quiero creer que si uno de estos viera por equivocación la película, sentirá la necesidad de leer los libros. Si por un instante los disfruta y se evade de la realidad para entrar en su mundo, esta modesta adaptación ya habrá cumplido su objetivo.

El pasado nazi es un tema que todavía remueve la conciencia alemana, que no entienden lo más jóvenes y del que no quieren hablar los mayores, por eso perturba que en la actualidad todavía haya un sector minoritario de la población que continúe una ideología de convicciones tan extremas. Y lo más peligroso de todo, una ideología que ya no existe. Como émulo de American History X (Tony Kaye, 1998), La Guerrera (David Wnendt, 2011) propone una dura inmersión en un grupo neonazi, centrando su mirada en dos chicas que recorren caminos dispares dentro del movimiento, por llamarlo de algún modo. Una es agresiva, racista y violenta. La otra solo parece una buena estudiante. La primera lleva su conducta hasta el límite y se arrepiente de haber atropellado a dos jóvenes inmigrantes, la segunda busca una salida al excesivo control y dominio que ejerce su padre adoptivo en casa. Ambas no encontrarán la paz ni los motivos deseados en las esvástica, pero gracias a esta (o por su culpa) se liberaran de sus cadenas y cruzarán Alemania en un viaje redentor hacia el mar en el que poder poner fin a sus terrores. La lástima es que este viaje tan crudo y oscuro no muestre algo más allá de tanta violencia y tanto dolor, buscando un apresurado giro final que atisba una esperanza manchada en sangre, pero lo hace tras demasiados minutos asistiendo a un espectáculo que se pierde entre lo incoherente y lo gratuito, que nos vuelve a repetir el ya conocido mensaje de una Alemania en la que sigue germinando el pasado como un tatuaje hecho a fuego sobre la piel, imposible de olvidar.

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