House

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Lo único importante fue siempre el puzzle

Dice el refrán que se pilla antes al mentiroso que al cojo. El dicho no habla de lo que ocurre si el mentiroso es, además, cojo. Pobre de él. Porque todo el mundo miente, pero no a todo el mundo se le muere el cuádriceps, dejándole cojo de por vida. Al doctor Gregory House hemos tardado ocho años en pillarlo, aunque podría decirse que desde el primer día muchos ya habíamos caído rendidos ante el cojo mentiroso.

Al igual que con la marcha de Pep Guardiola del Barça se cierra un ciclo en el club catalán, el adiós de House viene a suponer la consumación de una era en cuanto a series de televisión. El irreverente doctor deja de pasar consulta tras un total de ocho temporadas, un sinfín de episodios y una estela de chispazos de maestría televisiva. Tiene mérito, siempre lo diré, que aun con una estructura calcada presente en todos y cada uno de sus episodios, el procedimental médico focalizado en la figura del doctor a un bastón pegado haya conseguido, hasta el fin, seguir siendo enormemente entretenido.

El fin de ciclo del que hablo viene referido a la cosecha de 2004. Dicho año vio nacer a tres series que, para bien o para mal, marcaron el panorama televisivo de la época: LOST, Mujeres Desesperadas y la que nos ocupa. Los náufragos se despidieron de la isla hace ya dos años, con resultados encontrados, y el cortejo de amas de casa hace unos días. Es justo y apropiado que sea ahora el médico adicto a la vicodina el que ponga el punto y final.

Es justo porque se podría decir que House cumplía una función social. En tiempos en que las series se han reinventado en refugio de grandes gestas cinematográficas, en que ya no vale sentarse a ver el capítulo de turno que estén poniendo en la tele, es conveniente que existan propuestas que se instalen en el otro extremo de la balanza. Eso era House. El espectador podía permitirse el lujo de llegar, sentarse en el sofá y comenzar a ver un episodio, a sabiendas de que cuando hubiesen transcurrido los 45 minutos de rigor, la satisfacción y la sensación de plenitud estarían garantizadas.

¿Significa esto que es innecesario seguir una serie como House? Para nada. La sensación de satisfacción aumentaba exponencialmente con cada final de temporada, en el que se atisbaban los destellos de genio de los que hablaba antes, y salía a relucir el enorme potencial de la serie más allá de drama de hospitales. La posible temeridad hacia una evolución demasiado drástica, la simple acomodación en la fórmula, o la fidelidad a un estilo y un formato determinados hacían que el contador volviese a cero tras estas season finales.

Los grandes temas de la serie siempre han estado supeditados al ideario del personaje brillantemente interpretado por Hugh Laurie. El sempiterno debate de ciencia frente a fe, la incapacidad de congeniar, las carencias del ser humano y el que es el lema de la casa, todo el mundo miente. Los casos pendientes de resolución por parte de House y su equipo de diagnósticos funcionaban a modo de mcguffins para deliberar sobre todas estas tesis. Y lo hacían con finura y gracia.

Todo el mundo miente y todo el mundo muere. Ciento setenta y pico horas después de aquel Everybody Lies se cierra el círculo con Everybody Dies, final entre finales. Y lo hace con la pregunta definitiva que debe dar sentido al puzzle: ¿qué final se da a un personaje como House, que ha pasado a formar parte del imaginario colectivo? No es el objetivo de esta crítica desvelarlo. Podemos decir que distando de ser un cierre redondo, es uno acorde a la filosofía que han construido la serie y sus personajes, y totalmente satisfactorio. Nada de iglesias llenas de personajes muertos o bodas que se deciden con el tiempo ya cumplido. La series finale va acorde a un canon (holmesiano, apunta alguno), que ha mantenido hasta sus últimas consecuencias la broma interna de constante repetición y fluctuación, y que, ahora sí, ya nunca volverá a ponerse a cero. Everybody Dies es la madurez del modelo, que comienza con un House tendido en el suelo de una casa en llamas sin recordar cómo ha llegado ahí. Y es que, como ya sabemos, lo único importante de verdad fue siempre el puzzle. Hasta siempre, doctor House.

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