Wes Anderson

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El capitán de los raros

Scorsese lo consideró “uno de los directores de la nueva generación más talentosa desde los autores del 70”, y sin entrar a discutirlo, lo que Wes Anderson sí ha demostrado es tener una personalidad creciente y cada vez más definida, tanto en lo visual (cada vez más estilizado) como temáticamente. Sus películas están repletas de influencias, pequeños detalles, colores propios y toques de humor capaces de trascender el género cinematográfico para integrarse en nuestra memoria por medio de la música, la animación o incluso de la publicidad. Es por encima de todo un cineasta que expone con una mezcla de humor y melancolía los traumas de sus personajes, y lo hace a través de la cultura popular en su máxima expresión. Desde zapatillas personalizadas, mapas de islas inventadas o maletas diseñadas para la ocasión, pasando por canciones de los Rolling Stones o The Kinks perfectamente seleccionadas, hasta la presencia constante en sus películas de actores tan reconocibles como Bill Murray, todos y cada uno de esos pequeños y medidos detalles sirven para expresar una emoción compartida cinemáticamente, ya sea por medio de travellings en paralelo recorriendo el escenario, con los movimientos laterales de cámara con los que amplia y construye la puesta en escena sin necesitar de montaje o con el uso de cámara lenta en sus cuidadosas setpieces musicales. Un alarde de técnicas tan características con las que construye un mundo de propia paleta cromática en el que alberga y responde a las dudas de sus protagonistas, que por raras que sean, terminan por parecerse más a las de cualquiera de nosotros sin perder un ápice de su excéntrica genialidad. 

Wesley Wales Anderson, nacido en Houston (Texas, 1969) y cuyo nombre bien parece salido de un personaje de sus películas, creció siguiendo la regla no escrita de los grandes cineastas americanos de nuestro tiempo: grabó en su juventud sus primeras películas en Super 8. Pero no fue hasta estudiar Filosofía en la Universidad de Austin cuando su cine se hizo realidad. Allí conoció a Owen Wilson, del que se haría inseparable y con el que a mediados de los 90 co-escribió el corto Bottle Rocket, que sin pretender serlo es una suerte de retrato de su generación, hastiada de la realidad que decide cometer atracos para sentirse vivos. Una fuente de comedia tan libre como el que decide robar historias ajenas y hacer películas por el mismo motivo. Protagonizada por el propio Owen Wilson y su hermano Luke, el corto les dio a conocer y triunfó en Sundance gracias a su estética en blanco y negro (el impacto de Clerks todavía estaba presente), pero sobre todo al hacer un brillante uso de los diálogos y las elipsis. Señas de identidad todavía primigenias que se mantendrían y estilizarían en su filmografía posterior. Apenas dos años después, y gracias al impulso de James L. Brooks, rodaría una película de mismo título inspirada en el corto. Aquí llamada Ladrón que roba un ladrón, fue un primer acercamiento o un esbozo sin artificio de lo que acabaría siendo su estilo. Aquella era una agridulce comedia independiente de trastornados perdedores en la que a posteriori reconocemos ciertos tics de su obra, pero cuyo debut no tuvo una acogida tan fácil ni visionaria como merecía. De hecho, sigue siendo una película ciertamente olvidada y alejada de los análisis hacia su cine.

No es algo que Anderson oculte, él mismo reconoce que los primeros pases de Bottle Rocket (1996) fueron horribles. Estaba seguro de lo divertida y especial que era, pero entre el público apenas hubo risas, incluso la gente se levantaba de la sala antes de que finalizara la película. Parecía como si el sueño de hacer cine terminara nada más empezar. Al acabar las proyección la gente estaba obligada a dejar su opinión sobre la película en un pequeña nota. Como era de esperar, todas las opiniones eran negativas, todas excepto una, la de una chica que escribió una disertación mucho más larga que la de la mayoría, en palabras del propio Wes “una especie de resumen de una tesis”. Y entonces ya lo tuvo claro: “estos son mis espectadores”.

Porque su cine da para una tesis que ya está escrita a través de sus imágenes. Desde la Academia Rushmore (1998) hasta el campamento Ivanhoe de Moonrise Kingdom (2012), recorremos todo un ciclo vital que vuelve a la inversa hacia nuestra infancia con su hasta ahora última película. No sabemos cómo será realmente su vida, ni tampoco es que queramos saberlo, pero su filmografía se ubica en familias desestructuradas y centra su mirada en las consecuencias que sufren los hijos, un puñado de pequeños genios con los que comparte sueños y fracasos, que lejos de encontrar su sitio en el mundo emprenden un camino en busca de su propio yo. Ese utópico lugar de destino, como el Moonrise Kingdom que encuentran Suzy y Sam en una pequeña cala, el tren a Darjeeling que recorren tres hermanos para conocerse a si mismos o el tiburón jaguar que Steve Zissou necesita encontrar para vengar sus propios errores. Paraísos perdidos que Wes Anderson seguirá buscando incesantemente, haciéndonos partícipes de las aventuras de sus personajes, aunque para ello necesitemos escribir y hablar durante horas después de verlas para tratar de poner en orden tanto nuestros sentimientos como los expuestos. Y quizás esto sea algo que solo entiendan unos pocos, pero casi 900 palabras después, placer el nuestro por ser raros.

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