El Dictador

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La risa como acto revolucionario

Emulando al discurso final de Chaplin en El Gran Dictador (1940), salvo que tras una cantidad innumerable de chistes políticamente incorrectos o directamente de mal gusto, el irreductible Baron Cohen, en su rol de dictador de la inventada nación de Wadiya, lanza un profundo mensaje desde la sede de la ONU al mundo demócrata a favor de su dictadura en el que en realidad desvela los males que asolan al sistema actual. La corrupción política, la desigualdad y la pérdida de derechos que parecen salidos del peor de los gobiernos dictatoriales, todo ello, resulta que está más cerca del pueblo americano (y por ende, del nuestro) de lo que nos gustaría pensar, ver y sentir día tras día como ya estamos haciendo. Pero aquí sí hay chiste que valga.

El humor en este ocasión funciona no solo como herramienta evasiva, sino como una reflexión sobre lo poco que nos podemos reír en la realidad, nos recuerda que con el camino que están tomando las cosas ya no estamos para bromas. Y es cierto que con estas expectativas tan transgresoras su visionado finalmente puede saber a poco o incomodar a más de uno por su mal gusto, pero a su favor hay que decir que el último atentado humorístico de Baron Cohen deja la sensación de que podría hacer tenido cinco guiones diferentes. Esta película es así porque lo fue, pero podría haber sido de otra manera distinta incluyendo muchas de las secuencias eliminadas que se preveen o alternando los chistes que se van improvisando o escribiendo sobre la marcha. Y aunque su sentido del humor no siempre sea tan certero, los dirigibles siguen siendo los mismos. Más que por su conjunto la película funciona por un trasfondo tan explosivo que ataca a todos los frentes y despierta todas las conciencias posibles, siempre y cuando se esté preparado para ello.

Que a lo largo de la promoción sea el propio Dictador Aladeeen el que hable a la prensa y conceda entrevistas en lugar de Sacha Baron Cohen, lo dice todo. El gag traspasa la barrera de lo cinematográfico para integrarse en nuestras vidas, en nuestra propia realidad. Como si Wadiya existiera y en realidad la parodia fuera nuestro propio mundo y no el de la película. Lograr esa confusión es uno de los méritos de un Baron Cohen que ya ocasionó controversia con los anteriores films de sus personajes televisivos, logrando salir antes en las noticias por colarse en un desfile que luego veríamos en la gran pantalla. Ahora deja atrás el estilo de falso documental que tan bien funcionara en Borat (Larry Charles, 2006) para desenmascarar el lado oscuro del sueño americano y que terminara de explotar (al menos de momento) con Bruno (2009) y su faceta de camión recolector de la telebasura. Un formato que una vez descubierta su falsa realidad limitaba la fiereza de su propuesta. A su favor, este cambio al cine convencional le permite propulsar con mayor potencia su mensaje, ese que también comparte espacio con su versión más escatológica, que algunos ya disfrutamos en Ali G (Mark Mylod, 2002). Y al que no le guste, que le corten la cabeza. Desgraciadamente, si no lo hace él, ya se encargarán poco a poco de hacerlo otros mal llamados demócratas.

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