Elefante Blanco

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El infierno nuestro de cada día

Como si de un regreso al de Apocalypse Now (1979) se tratara, Pablo Trapero evoca la obra de Coppola en el prólogo, emprendiendo un viaje a la selva del amazonas en el que, sin diálogos, presenta el encuentro de sus dos protagonistas, Ricardo Darín y Jérémie Renier (habitual en el cine de los hermanos Dardenne), ambos sacerdotes en sacrificio espiritual frente a la barbarie. La banda sonora de Michael Nyman (El Piano) realza la enormidad de este viaje, una épica que crece en su vuelta a casa. La lucha contra el sufrimiento cotidiano se presenta todavía más dura y heroica que el mayor de los horrores. Razón no parece faltar tras asistir a esta epopeya diaria que refleja con crudeza las desigualdades sociales en un poblado marginal por la falta de apoyo del gobierno y las altas esferas eclesiásticas a los que más lo necesitan.

Elefante blanco es el simbólico nombre de un hospital jamás terminado junto al que se expande una de las villas más peligrosas y necesitadas de Buenos Aires. Trapero dibuja este paisaje por medio de un largo y dialogado plano secuencia que recorre el espacio fílmico a transitar durante la película. Caminando desde el hospital en ruinas hasta la pequeña Iglesia, elabora una presentación con la que no solo nos integra dentro de la villa, un barrio chabolista marcado por la pobreza y la delincuencia en el que se va a desarrollar la acción, sino que da forma y razón de ser al estilo visual de la película. Alejándose del impacto visual de Ciudad de Dios (2002) o Tropa de Élite (2007), el director de Leonera imprime un tono más naturalista a ciertas secuencias que en aquellas películas habrían tenido connotaciones más espectaculares y efectistas, como en la que el cura Nicolás se adentra en la zona de los narcotraficantes o en los distintos ataques de la policía en la villa, sin buscar el morbo gratuito, con respeto, rechazo e incluso con cierto miedo a la violencia y sus consecuencias.

Si Carancho (2010) era un noir hiperrealista, su última película es un drama social con un similar trazo de hiperrealidad que en el fondo contrasta con el calado de las historias personales que entrelaza (demasiadas) y con la carga dramática que ejerce tanto en la banda sonora o en la dirección, en ocasiones demasiado cercana a la épica en busca de la emoción, algo difícil de encajar en un relato pretendidamente realista (véase el retiro espiritual en el epílogo).

Aparte de esta asumible contradicción, y más allá de la carga crítica y reivindicación de la lucha de la Iglesia de la liberación que afronta, Elefante Blanco se nos desvela como una película sobre la búsqueda de redención a los infiernos personales de cada uno. La presunción del padre Julián (sobriamente interpretado por Darín) al verse cerca de la muerte y sentirse incapaz de poder seguir ayudando a los demás, la problemática vida de cualquier joven que nace en la villa, el despojo de fé que sufre el padre Nicolás al enamorarse de la trabajadora social, la incomprensión de esta en la villa o el drama del policía infiltrado, todos ellos confluyen frente a un problema mucho mayor al que intentan hacer frente para tratar de solucionarlo. Y del mismo modo se ha enfrentado a él Trapero, demostrando estar dotado de una personalidad tras las cámaras deslumbrante, pero abarcando demasiado y apretando poco donde más debía, pretendiendo hacer una gran ópera sobre la realidad que toca, al mismo tiempo que ofrece un prisma hiperrealista, quedando a medio camino de sus intenciones, otorgando pomposidad y artificio a una historia que tan solo merecía (y tiene de sobra) algo de veracidad. Finalmente, su obra se formula como el propio edificio que da título al film, un gran elefante blanco inacabado y gigantesco, frente al que podemos reaccionar o cruzarnos de brazos, pero que nos da a conocer una situación que no parece vaya a poder cambiar por mucha fe y confianza nos pidan en los que mandan, si es que quedara alguna.

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