El legado de Bourne

Escrito por

Soldado universal

Tras despuntar en el terreno de la dirección con la estimable Michael Clayton y tras el rechazo de Paul Greengrass a seguir redundando en una saga a la que llevó a sus máximas cotas cualitativas, el que fuera autor de los libretos de las anteriores partes, Tony Gilroy, pasa a ocupar la silla de director en la cuarta parte de una historia que ya no da para más.

Resulta paradójico que sea precisamente el guión el elemento más flojo de esta vuelta de rosca a la franquicia. Sin Greengrass y sin Matt Damon, este legado se permite jugar con la idea de qué ocurrió con el resto de programas entrenadores de espías letales cuando el ultimátum perpetrado por el Bourne original expuso, como en la realidad hizo Wikileaks, algunos de los más impúdicos actos del estado norteamericano.

No se sabe si es loable o directamente fútil el esfuerzo de Gilroy por hacer que todas las piezas encajen. El director y guionista se sirve de fragmentos de la película anterior para que aquella y ésta corran paralelas, intentando disimular así la descarada jugarreta comercial de mantener con vida la marca Bourne, aun sin él. Su sustituto (en tomar el rol protagonista, no en el papel) es Jeremy Renner, que debería tener cuidado porque el asombroso debut que tuvo como el sargento James está a un paso de su disolución total si no deja de promocionarse como el nuevo héroe de acción en productos para adolescentes.

La gota que colma el vaso, aparte de incansables persecuciones y actividades físicas al límite que parecen en muchos casos una réplica exacta de lo visto ya en la trilogía genuina, es la trama de las pastillas potenciadores de inteligencia, resistencia al dolor y sabe Dios qué más cualidades físicas y neuronales. Resulta ahora que Bourne y el resto de agentes son poco menos que supersoldados modificados por el ejército para suponer el arma definitiva (no queda lejos el referente del Capitán América), y cuya última remesa, al no mostrar ningún tipo de empatía, sobresale como el grupo de lacayos más leales, en los que el fracaso no está permitido. Pasamos de la acción menos condescendiente a la ciencia ficción más burda, en una cinta que haríamos bien en olvidar, una que se apoya en un trasfondo que valía su peso en oro y que nos deja un legado bastante desafortunado.

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