Ted

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Inocencia ininterrumpida

La primera película tras las cámaras de Seth MacFarlane (culpable, entre otras series de animación, de Padre de Familia) supone un doble riesgo, también para el espectador más escéptico, al ser igualmente su primera incursión en el cine de imagen real mezclado con animación 3D. Un reto que supera con creces, desvelándonos el corazón que hay detrás de uno de los cómicos y guionistas más provocadores de la televisión actual, al que probablemente tan solo los creadores de South Park (Trey Parker y Matt Stone) superan en iconoclastia. Sorpresivamente, la mayor virtud de Ted no la encontramos en la irreverencia de su pequeño protagonista, sus juergas desatadas, secuencias pasadas de madre o sus inevitables diálogos subidos de tono entre litros de alcohol y porros, con los que sin duda se (re)encontrará con su público televisivo, sino en el regreso a la (perpetua) infancia en la que vive su protagonista, todo un eterno inmaduro incapaz de comportarse como un adulto, tanto, que su mejor amigo no es otro ni más ni menos que su oso de peluche.

Como si de un reverso del James Stewart de El Invisible Harvey (Henry Koster, 1950) se tratara, el personaje interpretado por Mark Wahlberg (al que Shyamalan despertó una indudable vena humorística en El Incidente, ya latente en Boogie Nights y que terminara de explotar en Los Otros Dos, todas ellas más que reivindicables) no imagina a su peludo acompañante, en aquellla un conejo, sino que su existencia se origina tras pedir un deseo siendo un niño. Y MacFarlane, en un prólogo capaz de contener el espíritu del mejor Spielberg pero con la capacidad de revisitarlo con ironía, nos hace creer que el mundo entero asume que su oso de peluche cobrara vida. Una matización, necesaria o no, que si en aquella película el no hacerla centraba todo el peso dramático, aquí se asume con un encanto que, al igual que la particular existencia de Brian, el perro de la familia Griffin, forma parte de su estilo.

El conflictivo triángulo al que da lugar la presencia del oso en medio de la relación de pareja es probablemente lo más tópico y recurrente de la función, pero sirve para hacer zozobrar la inocencia de su irresponsable protagonista, que recurre a la nostalgia, los tebeos de Tintín y los revisionados de su película favorita de la infancia como reflejo del niño que dejó de crecer el día que su oso cobró vida. Una negación a la madurez que queda impresa en la hedonística secuencia de la fiesta (que nos recuerda en su pulsión a la de los efectos secundarios de la droga psicotrópica de la reciente Infiltrados en clase, con la que comparte más que trasfondo), una celebración de la que el protagonista no quiere salir nunca, pero que pone en peligro su relación y su hasta entonces tranquila vida, llegando hasta el punto de encontrarse solo por negarse a ser un adulto. El componente fantástico entra en escena con una persecución y rescate que descubren la parte más tierna y emotiva de un humorista que para serlo, sabe que cada risa encierra detrás una furtiva lágrima. Un abrir y cerrar de ojos que romperá el corazón a más de uno, pero con el que descubrimos que quizás para vivir estos oscuros tiempos no puede ser bueno negar nuestra parte más infantil y pura, por mucho que nos obliguen a madurar aunque no estemos preparados, ni siquiera cuando lo estamos. Por ello, MacFarlane se siente cómplice de las travesuras del pequeño Ted, y con su mágico final nos da la oportunidad de disfrutar nuestra nostalgia de nuevo. Porque es nuestra pero no debe ser nosotros, tan solo debemos reconocerla y aprender a vivir con ella, como buenos hijos tróspidos que en el fondo somos.

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