A Roma con amor

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De Woody con humor

Si hay una tradición cinematográfica esperada cada año esa no es otra que el último estreno de un Woody Allen que acude siempre fiel a su cita con el espectador. Tras descubrirnos en Londres su visión más sórdida del ser humano, fotografiar Barcelona evocando a Truffaut y rememorar con un poco de magia el París de principios de siglo, la siguiente parada de su tour Europeo ha sido Roma, a la que declara una carta de amor en forma de comedia a la italiana, como no podía ser de otra manera.

Pese al gran éxito de Midnight in Paris y su siempre personal e incalculable aportación al género, lo cierto es que la etapa más reciente del genio de New York ha sido más que cuestionada, y aunque el resultado final de su último trabajo sea más interesante de lo que pueda parecer a simple vista, A Roma con amor no será precisamente la película por la que deje de estarlo. La apariencia meramente turística dará para opiniones de todo tipo, sobre todo antes de verla, la mayoría de ellas probablemente negativas. En cierto modo entiendo al que crea que es una postal de Roma sin demasiada gracia, como al que se decepcione porque encuentre un Allen más ligero que de costumbre, pero yo me siento entre los que disfrutan de esta (aparente) ligereza, e incluso sigo encontrando brillantes destellos del genial cómico, al que es un divertidísimo placer ver de nuevo frente a la cámara, ya que todavía fomenta su capacidad de imaginación en cada página de guión, como si hubiera hecho un oscuro pacto para que el sentido del humor no se le acabara nunca.

En A Roma con amor se produce un juego de historias a cada cual más pintoresca y original, marcada por la comedia episódica italiana repleta de enredos sexuales, el enamoramiento intelectual tan habitual en el cine del neoyorquino y el histriónico punto que otorgan Benigni y Allen a sus roles. En esta ocasión lo interesante no es tanto cómo mezcla estos relatos romanos, de hecho se permite el lujo de que uno de ellos no corresponda temporalmente al resto, si no comprobar como estas nacen desde una base disparatada hasta ser capaces de cerrar su propio y enérgico discurso con las frenéticas calles de Roma al fondo.

Como si Alec Baldwin fuera un Humphrey Bogart moderno, recordemos Sueños de un Seductor (Herbet Ross, 1972), un joven estudiante (Jesse Eissenberg) conversa con su ¿fantasma? ¿aparición del yo futuro? ¿desdoblamiento de personalidad? que le aconseja sabiamente mientras se debate entre seguir con su novia o enamorarse de su amiga actriz. Roberto Benigni da vida a un padre de familia romano que de la noche a la mañana se convierte en una estrella por llevar simplemente una vida vulgar y corriente. La crítica a cierta fama ya está hecha, la parodia alcanza el excelente. Al igual que la de Allen al descubrir en su consuegro a un extraordinario tenor. Con una particularidad, solo canta bien en la ducha. El cuadro lo completa el relato más débil de los tres, en el que una pareja de recién casados al llegar a Roma en luna de miel se ven envueltos en una trama de líos que les hacen acabar a él haciendo pasar una prostituta (a Penélope Cruz se le da mejor el italiano que jugar al Mario) por su esposa, y a esta perdida por Roma hasta acabar en los brazos de un conocido y mujeriego actor.

Por supuesto que el envoltorio y la fotografía se dedican a recorrer sin mucho esfuerzo todos y cada uno de los lugares emblemáticos de la capital romana, dejando cierto aire a guía turística express, pero este inevitable defecto de sus últimas producciones no empaña su talento como artesano del humor. La inspiración de sus historias sigue siendo encomiable, a la altura del cineasta. Por mucho que nos lo quieran hacer creer, el ingenio de Woody Allen no ha muerto, tan solo estaba por Europa de parranda.

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