Blancanieves

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Ahora que sentados ante la gran pantalla los disparos no nos asustan y los trenes ya no parecen dar tanto miedo, Blancanieves (Pablo Berger, 2012) emerge con la silente emoción de un cine que radica su pureza en la música con imágenes en blanco y negro como primigenio transmisor de historias y sentimientos. No necesita más Berger para dar forma a su particular versión del cuento, ambientado en una Andalucía de principios de siglo XX a través de la que construye con gusto por el detalle una narración repleta de artificio y de imágenes que hablan por sí solas, impregnada de simbología pura (y dura) tan propia de otro tiempo no tan lejano que reconocemos en cada uno de sus planos como si fuera nuestro.

Pablo Berger cuenta que el germen de Blancanieves proviene de una proyección de Avaricia (Erich von Stroheim, 1924) a la que asistió hace muchos años en el Festival de San Sebastian, donde casualidades del destino ha vuelto para presentar su (nuestra) candidata al Oscar. Probablemente nada nos representará mejor en estos días grises que el blanco y negro. Siguiendo así el camino que abrió The Artist, su tan ansiada película lejos de parecerse camina un paso más al frente y se compromete con sus referentes. Si en aquella el cine al que se rendía tributo era principalmente el de Hollywood, Berger (resu)cita a los pioneros, los malditos, los olvidados, porque en el fondo sabe es uno de ellos. Porque su película no es un homenaje, es la continuación de un cine extinto pero no perdido. Una orfebrería de la imagen que a través del montaje (especialmente brillante el de las secuencias taurinas), la fotografía y la dirección musical, logran que el fotograma cante, llore y baile al ritmo que un fantástico reparto del que aturde una Maribel Verdú que no necesita ser bruja para dar miedo.

Sin prejuicios ni existencia alguna de un palpable discurso político -de hecho no habrá quien pueda acusarla de pro o antitaurina- hace de la fiesta de los toros una celebración entre la vida y la muerte, pero jamás la de un astado del que se omite el sufrimiento. Porque la plaza no deja de funcionar como escenario de lo que somos y lo que acabamos siendo, de nuestro último aliento, de morder la manzana o dar la espalda a un toro que son nuestros propios miedos. El resultado final es digno de dar la vuelta al ruedo y salir por la puerta grande, aunque cada vez quieran hacerla más pequeña en este cine nuestro (mal)llamado entretenimiento. Al igual que Tod Browning se identificaba con sus Freaks (1932), el cineasta bilbaíno mira frente a frente al toro más bravío y hace de los enanitos y esta Blancanieves los marginados de la realidad que les ha tocado vivir. Por eso mismo, como él ha terminado logrando, ellos crean la suya propia, su espectáculo, su momento de gloria, aunque les condene para la eternidad (a ambos) a un último beso que quizás no sea suficiente para cambiar el cuento, pero que será tan auténtico como para ser recordado con el paso del tiempo.

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