50 años de James Bond

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James Bond y el género de acción: agitados pero no revueltos

La década de los 60 dio la bienvenida, casi al mismo tiempo, al establecimiento de un nuevo género cinematográfico y a un personaje que contribuyó sobremanera a su creación. El tipo de cine era uno que centralizaba sus esfuerzos en llevar la acción a su máxima expresión, desprovista de aparejos adicionales: ya no harían falta parajes desérticos ni contextos bélicos para enmarcar, y así vino a llamarse, este nuevo cine de acción. En cuanto al personaje y, podríamos decir, socio fundador, era uno que personificaba el papel del héroe invencible, inalterable e incorruptible, terrible presencia para el villano, que habría de temblar ante su mera sombra, y tótem irresistible para ellas, que también habrían de temblar, pero de placer. Su nombre:

Bond, James Bond.

El espía del MI6 habría de erigirse en figura fundamental para comprender todo el cine de acción posterior hasta llegar a nuestros días. Dos carreras que a lo largo de los años han ido avanzando paralelas, influyendo la una en la otra, perfecto ejercicio de simbiosis gracias al cual se puede analizar el intenso devenir del género de acción mediante la que es la saga más longeva de la historia del cine.

Aprovechando que se cumplen 50 años de la irrupción en escena, cañón de pistola mediante, del espía británico salido de las novelas de Ian Fleming, Revista Magnolia dedica un espacio a cada arista del voluminoso cubo en que ha vertebrado la saga.

El Bond que supo reinar

En la laureada (y también longeva) serie británica de ciencia ficción Doctor Who, cada vez que el Doctor es gravemente herido su cuerpo inicia un mecanismo de regeneración para salvarle la vida. Dicho mecanismo conlleva, no obstante, un cambio radical de apariencia, nuevo rostro incluido. La treta se viene llevando a cabo desde el comienzo de la serie original para permitir el cambio de actor sin tener que concluir ésta. En estos mismos términos funciona la saga de 007. Cada vez que un actor queda, metafóricamente, herido de muerte (es decir, una vez que se considera que ha agotado las posibilidades del personaje) se cede el testigo a un nuevo Bond. Así, son seis ya los actores que han adquirido el rango de doble cero con licencia para matar.

El encargado de crear a Bond para el cine fue un, por entonces, joven actor escocés llamado Sean Connery. Fue el primero de una larga lista de nombres, pero hasta el momento nadie ha sabido aportar al personaje las dosis justas de ironía, elegancia, clase y carisma tan bien como lo hizo él. Ian Fleming, autor de las novelas de James Bond, estaba tan satisfecho de cómo había insuflado vida a su personaje (no así con la vida insuflada) que dio a Bond un antepasado escocés, honrando así al actor y a su concepción de este.

Protagonista de seis películas sobre el personaje (siete, si contamos una no oficial), Connery comenzó con la estupenda Agente 007 contra el Dr. No (1962). No es casual que los productores de la cinta se lanzasen a su realización amparándose en el éxito de dos referentes casi coetáneos como fueron la excelsa Con la muerte en los talones (1959) y el drama bélico de la Segunda Guerra Mundial Los cañones de Navarone (1961). De hecho, Cary Grant, el protagonista de la cinta de Hitchcock, fue considerado para interpretar a Bond, en un descarado intento de mimetizar los buenos resultados conseguidos con aquella. No es casual, decíamos, porque ambas simbolizaban lo que se pretendía conseguir con este nuevo tipo de cine: hacer de la acción el foco de la trama, orbitando la historia alrededor de esta. En particular es manifiesta la influencia de Con la muerte en los talones, que además de compartir la trama de espionaje presentaba también escenas puramente orientadas a la magnitud de la acción, como la persecución final por el monte Rushmore o toda la escena con la avioneta. Dr. No constituyó una digna entrada de Bond al universo cinematográfico, si bien la pátina sombría de las novelas de Fleming quedó reducida en pos de un sentido del pop y la espectacularidad que pretendía mostrar al espectador de lo que este nuevo entretenimiento iba a ser capaz.

Desde Rusia con amor (1963) supuso una mejora considerable de lo establecido en Dr. No. Si las películas de Bond reinaron sobre el resto de cintas de acción de los 60, y así fue, ella tuvo la culpa. Con la crisis de los misiles de Cuba hacía apenas un año, elegir una novela que tan directamente reflejaba el conflicto de la Guerra Fría podría parecer osado, y se tomaron ciertas precauciones como renombrar como SPECTRE (SPECTRA en castellano) a la agencia SMERSH del original, basada a su vez en el departamento de contrainteligencia real soviético del mismo nombre. Quizás ayudase en su elección el que el presidente John F. Kennedy se refiriese a la novela como una de sus favoritas. La a menudo considerada como mejor entrega de la saga contiene secuencias de acción brillantemente ejecutadas (la pelea a bordo del Orient Express), ofrece un abanico de encantos femeninos que hacían reincidir al protagonista en su eterno carácter machista y misógino e introduce dos perfiles que tornarán en regulares y fundamentales: el responsable de la división Q, que adopta precisamente esta denominación (aparecía brevemente en Dr No pero no lo interpretaba Desmond Llewelyn), y el número 1 de Spectra, némesis definitiva del héroe. Fue también la cinta que inició la tradición de incluir el desde entonces obligado prólogo antes de los títulos de crédito iniciales.

Si Desde Rusia con amor es considerada como la mejor cinta del espía británico es por su modélico guión y su sentido de la realidad, cualidades que empezaron a desdibujarse a partir de las siguientes entregas. James Bond contra Goldfinger (1964) resulta parada obligada ya que a partir de ella se modelaron todas las aproximaciones sucesivas al personaje. Connery estaba ya totalmente asentado en su composición, midiéndose con más y mejores rivales (Harold Sakata con su sombrero cercenador de cabezas). Goldfinger fue un tremendo éxito de taquilla además de crítica, y dio origen a una explosión a mitad de la década de películas de espías. Claro que ninguna mostraba el cuerpo desnudo, pintado en oro, de la bella y frágil Shirley Eaton. Y al igual que la estructura fija que habría de repetirse a partir de entonces en subsiguientes productos Bond, también asistiríamos religiosamente al suministro de gadgets de mano de Q, a partir de la línea de diálogo: “Now pay attention 007”.

El resto de incursiones de Connery en lo que comenzaba ya a ser una saga puede resumirse en su siguiente afirmación: “La fama tiende a convertir a un ser humano y actor en mercancía de dominio público. Yo no pienso pasar por ahí”. Tras tres notables largometrajes, la repetición de la fórmula iniciada en la anterior comenzaba a ser insultante. Ligeros cambios de escenarios (las profundidades marinas en Operación Trueno, 1965), aparentes defunciones de Bond que evidenciaban el deseo expreso de Connery por desligarse del personaje (Sólo se vive dos veces, 1967) hasta la marcha de éste y posterior regreso (tras el fiasco de George Lazenby) para una última salida al ruedo en Diamantes para la eternidad (1971).

Casi diez años dedicó Sean Connery al servicio de su majestad, diez años que habrían de darle esa fama contra la que cargaba, pero necesaria al fin y al cabo, para poder luego acometer otro tipo de proyectos y ser hoy reconocido como el gran actor que siempre fue. Tras dejar atrás el esmoquin y el Aston Martin volvió al Orient Express a presenciar un asesinato, trabajó con el mismo Hitchcock que indirectamente hizo posible que arrancase la aventura de Bond, nos hizo cómplices de las intrigas de una abadía en la Italia del siglo XIV, y, en una magnífica reverencia del padre al hijo, puso rostro a Henry Jones. Ya que las películas del espía habían inspirado las del arqueólogo, era lícito que quien había comenzado todo aquello regresase en calidad de maestro. Así pues, su presentación, entre cigarrillos y martinis, de “Bond, James Bond”, le dio carta blanca para convertirse, en último término, en el hombre que supo reinar.

Muerte entre las flores

Entre Sólo se vive dos veces y Diamantes para la eternidad nació un nuevo Bond, George Lazenby, en Al servicio secreto de su Majestad (1969). Argumentalmente, se trata de la propuesta más arriesgada para una cinta del espía del MI6, pues por vez primera hay una evolución en el personaje, que llega incluso a casarse durante el transcurso del filme. Por otro lado, el rostro de Lazenby era el primero que se veía tras el de Connery, actor con el que ya todo el mundo identificaba a Bond, lo que actuó en su contra. Sin embargo, con el paso de los años, la cinta parece que se ha hecho un hueco sobre todo entre aquellos que no son fans del resto de la saga.

Su duración sobrepasa también al resto de cintas de la franquicia. A lo largo de sus más de dos horas, Bond se asocia con un mafioso, se casa con su hija, con lo que deja de ser el mujeriego empedernido que habíamos visto hasta entonces para convertirse en un fiel esposo, se enfrenta de nuevo al número 1 de SPECTRA y asiste impasible, en los últimos minutos, al tiroteo y muerte de su recién casada esposa. Este trágico hecho se desvincula por completo de lo que sería una trama clásica del personaje, y en vez de acabar con el galán llevándose a la chica termina con éste lamentándose por su pérdida, que resulta en un Bond que, por una vez, no se permite el lujo de comentarios finales socarrones.

Corto fue el reinado de Lazenby, y corta también el resto de su carrera cinematográfica, viviendo gran parte de sus días del recuerdo de haber encarnado al personaje, asistiendo a conferencias, dando charlas… Cómo una vez dijo: “No extraño ser James Bond porque desde entonces lo he sido casi todos los días”. Para el recuerdo quedará el agente 007 más trágico.

A expensas de su tiempo

La creencia de que sin Connery el periplo de 007 estaba acabado fue ratificada por el corto devenir del número dos, Lazenby. Su salida, tan fugaz como su entrada, no hizo sino dar la razón a todos los que no veían continuidad posible para una saga sin el actor que la comenzó. Por ello, el hecho de que el británico Roger Moore, que venía de interpretar a El Santo en la serie del mismo nombre, recogiera el testigo con tanta firmeza y personalidad (y durante tanto tiempo) fue toda una sorpresa, lo que hizo, y esto es sólo una opinión, que se sobrevaloraran bastante sus películas.

La década de los 70 trajo consigo a Nixon y el escándalo Watergate, el fin de la Guerra de Vietnam, la crisis del petróleo y el asentamiento del fenómeno de la contracultura. Ésta especialmente propulsó la idea, evidente, de la América rota y corrupta. El cine, como espejo de la sociedad y del alma, comenzó a ubicar sus historias en ambientes lúgubres, con personajes resueltos y atormentados a la par. El Harry el sucio de Clint Eastwood en la película del mismo nombre (se le llegó a ofrecer el papel de 007), el teniente Frank Bullitt de Steve Mcqueen en Bullitt (1968) y una serie de thrillers como The French Connection (1971) que se movían más en las calles que en exóticas localizaciones pasaron a representar el espíritu del cine de acción en esta nueva década.

Y continuando con la pleitesía que el género de acción y el pseudogénero bondiano se rendían el uno al otro, llegó Vive y deja morir (1973), el título con el que se estrenó el actor londinense. Con el Partido Pantera Negra de plena actualidad y con la comunidad afroamericana entrando de lleno en el negocio del cine en lo que se conoció como el movimiento blaxploitation, se pensó que la hora había llegado de adaptar la novela Bond que presentaba a un villano del Harlem. Dicha trama encajaba con asombrosa precisión en el tipo de cine de acción que ahora gobernaban los capos de la droga y los gangsters. Así, Bond no sólo exhibía nuevo rostro sino que se reinventaba y adaptaba a las tendencias cinematográficas de la época, augurando ya lo que sería una constante en la saga.

Con 45 años de edad, Moore no estaba ya para los trotes que se suponían en un proyecto de estas características. Quizá para contrarrestar esa falta de agilidad y dureza, el actor dio al personaje una mayor carga cómica y una cierta ligereza, ya notables en la anterior cinta y que tuvieron continuación en El hombre de la pistola de oro (1974). Esto no quiere decir que se sacrificasen las peleas, patadas y puñetazos: dejándose empapar por los filmes de artes marciales que por entonces empezaban a triunfar (especialmente de la mano de Bruce Lee), el rodaje se trasladó a localizaciones asiáticas y en el guión se describían varias peleas de kung fu. El MacGuffin esta ocasión viene directamente impulsado por la crisis del petróleo del 73, y se retorna al esquema de gran villano, Francisco Scaramanga, el hombre de la pistola de oro, interpretado con corrección por Christopher Lee, un rival a la altura de Bond, o, haríamos bien en precisar, a la altura del Bond de Connery.

En su tercera encarnación del agente secreto, y de la mano del director Lewis Gilbert, Moore sorprendió dejando para el recuerdo su mejor película Bond en La espía que me amó (1977), una cinta seria por fin, que dejaba de lado la absurda comicidad otrora reflejada. La bellísima Barbara Bach como la espía del título se desmarcaba también de la clásica chica Bond, y la trama de la creación de una ciudad submarina queda lejos del patetismo que en un principio pudiese pensarse. Por lo demás, amenazas de Tercera Guerra Mundial y la aparición de uno de los más populares enemigos de 007, el secuaz del villano, Tiburón (Richard Kiel), personaje tenido en alta estima por los incondicionales de la saga.

Para comprender el porqué de la siguiente misión del personaje hay que remontarse tiempo atrás. Hacía diez años había irrumpido en salas en forma de colosal monolito de desconocido origen la epopeya espacial 2001: Una odisea del espacio. El género de la ciencia ficción comenzaba a ser tomado más en serio (si bien su importancia debería haber sido refrendada desde la quimérica Metrópolis, ya en 1927), y fue con la llegada de Encuentros en la tercera fase y, sobre todo, La guerra de las galaxias (ambas de 1977), cuando se desató la locura espacial. Así (y sólo así) se concibe la existencia de Moonraker (1979), una película que falla tan estrepitosamente en su forma y fondo como triunfa tan sórdidamente a la hora de agrupar las corrientes más en boga de la época. Huelga enunciar que la novela de Ian Fleming en que se basa esta disparatada aventura sideral tan sólo comparte título con ella, no hay rastro en sus páginas de esas batallas en las estrellas que volvían a certificar a la saga como perfecta conocedora de su tiempo y de su entorno.

No obstante, y tras cuatro filmes, Moore continuaba imparable su reinado como agente del Servicio Secreto Británico. El público le quería, su composición de 007 con esa extraña mezcla entre elegancia refinada y humor paródico parecía calar entre los seguidores del personaje que con tanta tristeza habían dicho adiós a Connery. Un nuevo Bond había nacido y estaba ya totalmente asentado, y su entrada en los 80, década dominada por el género de acción, no pudo producirse bajo mejores títulos, a pesar de que todo sonase ya a visto.

Habiendo tocado techo y cielo con la hija de su tiempo que fue la anterior aventura,  Sólo para sus ojos (1981) tenía que regresar a las raíces más primigenias de Bond, el back to basics anglosajón. Encuadrada en un marco de venganza y un contexto más cercano al thriller, Moore, por imposiciones de los productores, se alejaba finalmente de la imagen de bufón que venía arrastrando desde sus comienzos en el papel (a excepción de la muy digna La espía que me amó). Pero tras cinco filmes a los que se dedicó en cuerpo y alma, Moore expresó su deseo de salir por la puerta (grande o no) y ceder el testigo a alguien más joven. La búsqueda del que sería el cuarto 007 llegó a un coitus interruptus con lo que se vino a conocer como “la batalla de los Bond”.

“Nunca jamás”, había proclamado Connnery. Nunca digas nunca jamás demostró la validez del refrán. El escocés regresó al papel que le dio a conocer en esta cinta no oficial (por temas de derechos) a su vez un remake de Operación Trueno. De este modo, se confió a Moore la defensa de Octopussy, y 1983 fue el año en que Bond se enfrentó a sí mismo. Desarrollada una vez más a modo de thriller, Octopussy copiaba muchos elementos de En busca del arca perdida (que a su vez era el homenaje de Spielberg y Lucas a las cintas de James Bond), como ciertos combates a espada o un Bond jinete. Robert Brown entró a escena como nuevo M, tras el fallecimiento de Bernard Lee.

Y con Panorama para matar (1985) se despidió el que por ahora ha sido el actor que más tiempo ha aguantado encarnando al personaje. Lo hizo horrorizado ante su avanzada edad y ante un exceso de violencia que, consideraba, no iba con el personaje, o con su representación de éste. Christopher Walken compuso uno de los mejores villanos que ha visto el universo Bond, un hombre sin escrúpulos y tan elegante como 007. En esta última oportunidad que tuvo Moore de llevar la licencia para matar conquistó a Tanya Roberts, redimió a Gracy Jones y se despidió de Lois Maxwell, la eterna secretaria Moneypenny que cerraría aquí, al igual que Moore, el ciclo de su personaje.

Y es que los nombres de Stallone, Van Damme, Norris, Schwarzenegger y Willis comenzaban a sonar con fuerza, y era obvio que Moore no iba a estar preparado para siquiera intentar hacerles frente. El agente secreto inmaculado e impoluto daba paso al ciudadano corriente, al héroe a su pesar que con tanto acierto simbolizaban estos mercenarios, Bruce Willis en particular en la película definitoria que fue y es Jungla de cristal (1988).

De 1973 a 1985. Doce años en que cada nueva misión de Bond era esperada como agua de mayo por todos los amantes de la franquicia y el personaje. Doce años en que Roger Moore simbolizó al misógino, atractivo, brabucón y valiente espía. A los 58 años dijo adiós al personaje, y no es casualidad que Panorama para matar incluya una persecución en coche por las calles de San Francisco, la misma ciudad que antaño acogiera a tipos de la calaña de Harry el Sucio o de Frank Bullitt. Porque si el Bond de Connery gobernó por méritos propios gran parte del cine de acción de los 60, el de Moore vivió siempre a expensas del de su tiempo.

El hombre de la década de oro

A finales de la década de los 80, período en el que se contextualiza el Bond de Timothy Dalton, el género de acción había vivido una época dorada, que sirvió para que se terminase por considerar en liga con los géneros clásicos. No sólo fue la década de los grandes nombres de este tipo de cine, sino que se dieron híbridos con otros géneros capitales como la ciencia ficción (The Terminator, 1984), el terror (Aliens, 1986) o la comedia (Arma letal, 1987). Lejos de intentar fusionar el universo bondiano con el terror (único palo que les quedaba por tocar) se apostó por competir, de igual a igual, con los antihéroes que poblaban las multisalas.

Así, con Dalton como cabeza de cartel, se estrenó Alta tensión (incomprensible título para The living daylights, 1987). El tono que se buscaba, o al menos el que se encontró, era uno más negligente, más sobrio, tanto que este Bond parecía hacer del silencio su consigna y de la apatía su mejor arma. La interminable saga estaba en piloto automático desde hacía mucho tiempo, y coincidir en el cambio de rumbo con la mejor década que ha dado el cine de acción fue un alto precio que Dalton pagó, ofreciendo la cara menos reconocible del agente secreto, que por el camino, dejaría caer el vicio de los cigarrillos.

En su eterno nutrirse de la realidad que le rodeaba, el siguiente proyecto de Bond, Licencia para matar (1989), importó los titulares que el cartel de Medellin en Colombia ocasionaba e introdujo una trama de contrabando de cocaína que también aplicaron otros blockbusters de la época. Ello, sumado a esta nueva concepción de la naturaleza del personaje, más en sintonía con un Harry el sucio y su “alégrame el día” que con el modélico espía respetuoso de las leyes, provocó en una crudeza pocas veces vista en una cinta de la saga. Bond queda a un paso de su destrucción, por primera vez no física, sino moral, siguiendo la influencia (reconocida) de figuras similares de las cintas de Sergio Leone o Kurosawa.

En noviembre de ese mismo año caería el muro de Berlín, precipitando la disolución dos años después de la Unión Soviética. La pregunta razonable que surgió de todo esto fue que si una reliquia de la Guerra Fría como era 007, un icono del pasado, tendría continuidad en el mundo moderno, ahora que los villanos de la URSS, y con ellos su razón misma de ser, se habían evaporado del mapa.

La reliquia de la Guerra Fría

Posiblemente uno de los mayores aciertos de Goldeneye (1995) fuese el carácter perfectamente autoconsciente que demostró tener no sólo como película de acción sino como revitalización de un mito que había dicho adiós a su marco temporal. Desde unos inspiradísimos títulos de crédito en que chicas en bikini demolían los símbolos del ya extinto comunismo quedaba patente que su director, Martin Campbell, no pretendía esconderse de nada ni de nadie. Así mismo, Judi Dench, primera M mujer para desgracia de un tipo como Bond, se refería a éste sin pudor tachándole de “dinosaurio misógino y machista”. El actor irlandés Pierce Brosnan encajó con comodidad un papel que, de repente, parecía haber encontrado a su encarnación definitiva. El empaque que dieron a la cinta las presencias de Famke Janssen o Sean Bean y un trasfondo directamente relacionado con el conflicto que acababa de llegar a su fin significó una merecida reentré para un personaje que muy fácilmente podía haber caído en un prolongado coma.

Mientras tanto, en cines de todo el mundo Keanu Reeves y Sandra Bullock, como improbable heroína de acción, aplicaban la fórmula “Die Hard on… a un autobús en Speed (1994). Air Force One (1997) haría lo propio con el avión del presidente, y hasta Sean Connery acompañado por Nicolas Cage (otro de los héroes de acción de los 90, y hasta hoy) ejecutaría en La roca (1996) un “Die Hard on an island”. La aparición de secuelas a los productos de acción que habían triunfado en la década anterior no se hizo esperar, y filmes como Jungla de cristal o Acorralado vieron expandidas y aumentadas sus historias. El subgénero de espías había tomado ya tal importancia que comenzaron a surgir cintas que lo parodiaban o que utilizaban sus mismos mecanismos para ofrecer algo diferente: es el caso de Mentiras arriesgadas (1994) o de Austin Powers: Misterioso agente internacional (1997), caricatura manifiesta de las cintas de Bond que a la postre propiciaría sus propias secuelas. Cerrando este apartado no podemos dejar de mentar Misión: Imposible (1996), que trajo la instauración de un rival de campo de 007. Y en las antípodas del cine de acción, pero curiosamente importantísima para su devenir, fue Toy Story (1995), primera película de animación generada enteramente por ordenador, técnica que comenzaría a aplicarse en el cine que nos ocupa para intentar disfrazar la ficción y hacerla pasar por más real. Aunque muchas veces se consiguiera justo lo contrario.

Entre tantas y tan exitosas propuestas, el éxito que había logrado Goldeneye necesitaba mantenerse vivo, ahora más que nunca. Sin embargo, El mañana nunca muere (1997) hizo un flaco favor a la causa. Los 90 fueron la época de la información, por lo que, en el insigne afán de estas películas de mimetizar el entorno que habitaban, los medios, personificados en un magnate de la comunicación, se revelaron como el gran villano a derrocar, con la ayuda de más gadgets que en anteriores ocasiones, tal es el caso del BMW dirigible.

Y si el mañana nunca murió para dejar a Brosnan morir otro día, el mundo parecía no ser suficiente para este corregido Bond. El mundo nunca es suficiente (1999) elevó al cuadrado la hipérbole de espectacularidad y efectos especiales (que gracias a los avances en imágenes generadas por ordenador formaban ya parte inseparable de este cine). Nadie se creyó a Denise Richards como científica nuclear, aunque por suerte las presencias de Sophie Marceau y de Robert Carlyle paliaron el desastre.

Y en claro homenaje a Ursula Andress saliendo del agua en Dr. No, Halle Berry hizo lo propio en las playas de Cádiz (una reconstruida Cuba para la ocasión) en Muere otro día (2002), la cinta con la que 007 entraba en el siglo XXI y con la que Brosnan habría de colgar el traje. La creciente hegemonía de las películas de superhéroes llevó a la saga a su máximo y más desquiciado exponente (sin contar, claro, Moonraker), en forma de coches invisibles, trasplantes de cara y trajes robotizados. El papel de los villanos, quedando demasiado lejos el referente de la Guerra Fría, y quizás demasiado cerca la tragedia de las Torres Gemelas, fue otorgado a Corea del Norte.

Muere otro día celebró el ser la vigésima cinta de 007 y su estreno coincidió con el 40 aniversario de la saga, por lo que estuvo plagada de guiños a tiempos pasados, muchos en forma de artilugios míticos de la saga, aunque, tristemente, no estaba ya Llewelyn para instruir a Bond en el manejo de estos.

Así, con una cinta que de nuevo había llevado a nuestro héroe por la senda de la indiferencia y los excesos, Pierce Brosnan decía adiós habiendo reinado en los 90 como el espía británico al que todo el mundo volvió a adorar. Ahora se requería un (nuevo) cambio de rumbo, que vendría dado, precisamente, por una cinta que se estrenó el mismo año que la que nos ocupa, sobre un espía amnésico de idénticas iniciales en busca de su identidad.

La máquina de matar ha muerto

Del larger-than-life hero, ese que comentábamos impoluto, siempre capaz, que despachaba cual meros trámites las más arriesgadas misiones, pasando por el accidental hero, aquel que se encontraba en el lugar equivocado en el momento equivocado, la figura del héroe hubo que refugiarse en el hombre sin identidad, para, precisamente, encontrar la suya propia. Y lo hizo de mano del espía como estampa trágica, protagonista de la poderosa imagen que resultó ser aquella en la que la máquina de matar, por vez primera, buscaba el perdón de una de sus víctimas.

La escena arriba comentada pertenece a los momentos finales de El mito de Bourne (2004), segundo escalón de una encomiable saga de acción que obligó a reformular los viejos códigos sobre los que se sostenía el género, no sólo a nivel introspectivo sino en lo formal. Ya no bastaba con mostrar la acción, había que hacer al espectador partícipe directo de ella a través de una cámara en mano en continuo movimiento. Lo que hoy en día ha tornado en caóticas secuencias a base de bruscos golpes y encuadres, lo inauguró en su día el director Paul Greengrass con resultados mucho más positivos con Bloody Sunday (2002). El británico vio la idoneidad del estilo casi documental de su objetivo para capturar la acción y fue así como la extrapoló a los episodios finales de la saga de Bourne, desde donde saltó a las de su homólogo británico.

Adjunto a este nuevo cambio direccional venía un nuevo rostro: Daniel Craig, un actor por el que nadie apostó como James Bond en un principio, y que finalmente sorprendió a medio mundo y parte del otro con su impecable retrato del espía y con una de las mejores cintas del personaje en 2006. Con Casino Royale, basada en la primera de las novelas del personaje escritas por Ian Fleming, la saga dio un salto cualitativo tremendo. Se pasó de un esquema argumental impuesto y monótono a una magnífica descomposición del rompecabezas que era Bond y a su consecuente armado. Este reinicio venía alentado por otro nombre, Christopher Nolan, y su exitosa Batman Begins (2005), cuyo realismo y tono más serio y oscuro repercutieron en esta.

No es casual que el prólogo en el que Bond adquiere el rango de doble cero sea en blanco y negro. Ello evidencia una ruptura drástica con el recorrido que había transitado el personaje hasta ahora, y un deseo de explorar no ya nuevas rutas para el espía, sino aquellas que Fleming marcó para él. Un origen del que poco se puede mejorar, en las antípodas de la estética de videojuego imposible, la mejor entrega de la longuísima saga, a excepción quizás de Desde Rusia con amor, y que no sólo demostró que quedase vida para 007, sino que esta acababa de comenzar.

Ya sin el referente de la Guerra Fría, el terrorismo había pasado a ser el gran enemigo de Casino Royale. Para Quantum of Solace (2008), continuación directa de su antecesora (es la primera vez que se mantiene una continuidad tan clara dentro del universo Bond), se decidió apostar por un tema tan actual como el del medio ambiente. La expectación tras la anterior era considerable, pero no fue esa la razón de los resultados dispares con que ésta se saldo. Porque es cierto que da lo que se pide a cualquier película de Bond; porque también es cierto que a la vista del cambio radical que supuso Casino Royale, la decepción estaba servida. Sin embargo, su mayor problema, junto con la nula progresión que ofrece, recae en que no se reconoce a un Bond que se limita a recoger sus trozos rotos y autocompletarse para futuras correrías, siendo la próxima el Skyfall de Mendes, que esperamos con gran interés.

En cualquier caso, y a pesar de que la mezcla de fanfarronería, sexismo y machismo haya quedado algo denostada en los tiempos de corrección política en que vivimos, este Bond consigue mantener su esencia intacta, adaptándose, una vez más, al panorama (para matar) que le sirve de escenario temporal.

El legado de Bond: James Bond volverá…

Aunque no queden ya obras del personaje por adaptar, -aunque éste trascendió también la pluma de su progenitor, en forma de nuevas novelas y reinvenciones por parte de otros autores- ello nunca ha supuesto un problema para la continuidad de las andanzas del espía de las mil caras. Después de 23 películas (y Craig ha firmado por dos más), podríamos avalar (si es que no lo hemos hecho ya) la perpetuación del mito.

No existe final para un personaje como el de James Bond, en regeneración casi continua, óptima máquina de camuflaje en constante peregrinación hacia nuevos entornos espaciales y temporales. Es curioso comprobar cómo el público no aceptaría a otro Indiana Jones, por citar un ejemplo de muchos, pero demanda casi, cada cierto tiempo, la entrega del estatus de 007 a un nuevo agente. Y quién sabe si el próximo en recoger el testigo sirva para romper el molde un poco más, en base a los rumores que sitúan a Idris Elba (¡un momento, si es negro!) como óptimo candidato.

Hoy podemos decir que la influencia que ha tenido el personaje en el género de acción ha sido casi mayor que la que ha recibido. Porque si bien algunos de los filmes de espionaje de Hitchcock presentaban ya esa mezcolanza de aventuras, romance, humor y acción que hicieron legendarias a estas películas, la instauración de la fórmula vino de su mano, y el tenerlas siempre de referente ha ayudado a moldear el cine de cada una de sus épocas.

Las películas de Bond son por tanto algo más que una cita perenne con la taquilla. Son un espejo de su tiempo, en el que mirarse y entender cómo éramos. Quizá suene grandilocuente, pero no por ello deja de encerrar cierta verdad. Desde la Guerra Fría hasta un conflicto por el agua, pasando por planes de grandeza de dictadores, banqueros y magnates, por bellas y terribles femme fatales o delicadas y deliciosas amantes, el agente secreto se erige como testigo omnipresente de la historia moderna. Y a buen seguro volveremos a reunirnos con él, en un casino, o entre sábanas, defendiendo siempre a su amada Inglaterra en algún rincón del globo. Ese tipo fuerte y silencioso, que lo llamarían algunos.

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