Los Salvajes

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En tierra de nadie

Co-guionista de las tres últimas películas de Pablo TraperoElefante Blanco (2012), Carancho (2010) y Leonera (2008)-, Alejandro Fadel aborda con los personajes de su ópera prima una temática ya latente en estas, la de retratar el lado más necesitado y débil de la sociedad, pero, en cambio, lo hace alejándose del estilo hiperrealista de Trapero en la dirección y afronta su paso tras las cámaras desde un punto de vista más etéreo. Los Salvajes (2012) son un grupo de jóvenes problemáticos que escapan de un centro para menores huyendo campo a través, aunque el título también pueda referirse al espacio agreste sobre el que transitan, como quizás a lo que les acaba convirtiendo su trayecto hacia ninguna parte.

Fadel ampara su árida puesta en escena en la composición de largos y preciosistas planos generales junto al trabajo cercano con los intérpretes, todos ellos desconocidos y sin formación actoral, otorgando credibilidad al relato y situando a los personajes con, frente y contra un entorno cada vez más hostil. La experiencia, tanto sensorial como física, prima frente a la narrativa. Su personalidad como director parece trazarse e ir creciendo a medida que continúa el viaje, como si este fuera más una toma de contacto del propio realizador con la cámara y la realidad, tanto la de nuestro mundo como la del fotograma, ya que en una obra de estas motivaciones la presencia del terreno como si de otro personaje más se tratara modifica constantemente el film, que parece avanzar más por factores de rigor naturalista (por fatalista) que a golpe de giros dramáticos de guión.

El desarrollo de este viaje a la nada difiere por completo al de otras películas -tan distintas entre sí- como Deliverance (John Boorman, 1972) o Gerry (Gus Van Sant, 2002), situándose a medio camino de la dureza y tensión de la primera como de la capacidad de abstracción y poder visual de la segunda. Mientras este descubrimiento del territorio (y) del propio cineasta se produce, observamos destellos pictóricos en la composición de determinadas secuencias, como si la imagen encontrara refugio de alguna manera para combatir a la naturaleza.

Pero la morosidad de su ritmo narrativo y su excesiva duración son una gran carga para las virtudes que se aprecian, resultando, en definitiva, una película tan convencida de que su posición formal es muy potente que por ello mismo puede resultar demasiado rígida y austera en su planteamiento. Su apuesta, tremendamente física e incluso poética en determinados tramos -meritorio trabajo fotográfico y de sonido- es su virtud y a la vez principal lastre. Al proponer una inmersión de tal calibre uno puede llegarse a encontrar tan perdido como los salvajes en ese paraje, a la deriva, sin esperanza, en tierra de nadie.

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