Ruby Sparks

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Del amor idealizado y otros libros de autoayuda

En los últimos años, varias películas acerca del proceso creativo han logrado capturar un especial atractivo de algo tan, a priori, poco cinematográfico como la escritura, fuera de una novela o un guión de cine. De hecho, su mérito es el de resolver los bloqueos y las dudas de los autores como ejercicios puramente cinematográficos, transportándolos a una narración aparentemente clásica aunque los hechos sucedan (o quizás no) en la cabeza e imaginación de sus protagonistas. Véase Barton Fink (1991) de los hermanos Coen, una indagación de trazos surrealistas sobre el bloqueo de un guionista recién llegado al Hollywood de los años 40; el delirante psicoanálisis de Desmontando a Harry (1997), en la que a Woody Allen (Harry Block en la película) le asaltan personajes que ha escrito en sus novelas; o el cruce tan abrupto entre realidad y ficción que propone Adaptation (2002), surgida como solo podía de ser de la retorcida y genial mente de Charlie Kaufman, cuya obra prácticamente constituye un género propio dentro del cine dentro del cine. No es tan lioso. Más cercana a estas intenciones, salvo con disfraz de comedia romántica indie, se configura Ruby Sparks (Jonathan Dayton y Valerie Faris, 2012), la siguiente película de sus directores tras la aclamada Pequeña Miss Sunshine (2007). La realización, al igual que decepciona por aferrarse a ciertas convenciones de Sundance ya superadas, mantiene un inteligente quiebro para prevenir falsas expectativas. Estas convenciones resultan tan solo un afilado resorte para hacer brillar con luz propia el guión de Zoe Kazan, que en otra interesante decisión, a su vez se reserva el rol de objeto de deseo del film.

Escribo esta crítica con la mesa pegada a la puerta de mi habitación en un modesto hotel de Córdoba, el único lugar del cuarto al que llega la conexión a internet. Normalmente no suelo ir a hoteles, como tampoco normalmente se le aparece a uno la chica de sus sueños en su casa. Yo ya encontré la mía, y estando despierto, pero al joven escritor de éxito Calvin Weir-Fields (un excéntrico Paul Dano) no solo se le aparece, sino que al escribir sobre ella en ejercicio para su próxima novela, de repente, cobra vida. Una vida que puede manejar desde su máquina de escribir como si de una ficción se tratara, demasiado poder para el que no está preparado. De pronto estoy en clase de Difusión, divulgación científica y trasferencia del conocimiento en humanidades, ciencias económicas y sociales. Respiro. Hago un descanso para tomar apuntes. Ya. En un momento de crisis creativa y falta de inspiración, como la que la mayoría de las veces sufro al escribir una crítica, Calvin necesita tanto alguien a su lado como publicar un nuevo libro que colme las aspiraciones de sus lectores y las suyas propias. Zoe Kazan, que hace aumentar la lista de grandes clanes fílmicos americanos, conoce bien a sus referentes, ya que describe a su protagonista con similares características asociales e intelectuales como las que definían a los alter ego de Allen y Kaufman, pero en este caso ella se sitúa en el polo opuesto, no como autor bloqueado, sino como musa inspiradora de este, la Ruby que todos quisieran en su vida. Por ello su película resulta una auténtica llamada de atención, un canto de sirena para aquellos cineastas de las películas que idealiza y de las que quiere formar parte.

Lo que pasaron fueron los días. Ya va más de una semana en la que por supuesto no he escrito nada. También es complejo hacerlo sin desvelar la brillante parte siniestra que esconde la trama de Ruby Sparks. El amor tiene sus consecuencias, se escapa de nuestro control, esa es la primera y dura prueba que nos enseñan. Como recalca a cada paso la película, tratar de controlarlo es inverso al mismo acto de amar, lleva a su destrucción. No hay libro de instrucciones que valga, no hay ensayo de la mujer perfecta. Más que una comedia romántica, estamos ante el drama de no saber amar. “Tienes a la mujer perfecta, aprovéchalo.”, le decía a Calvin su hermano, el mismo que desaprovecha su vida conyugal y sufre al no saber manejar su relación con su esposa. Esta precisa inflexión sobre el lado más triste y oscuro del amor (idealizado o no) tiene una potencia que desentona con una conclusión demasiado agradable que la acerca a otras comedias románticas como 500 Días Juntos (2010), de la que hasta ese punto se distanciaba con agudeza. Del mismo modo, queda fuera de lugar el ya tópico indie de la madre new age -una Annette Bening que parece salida de la funesta Los chicos están bien (2010)- aunque Antonio Banderas ponga todo su empeño haciendo reír con sillas de madera. No funciona. Estas decisiones afectan a un guión que, en cambio, sí tiene el suficiente tacto para hacernos transitar por el proceso de extraño-amor-odio (a uno mismo) que se atisba como aprendizaje ante la crisis creativa. Incluso ante la de por fin terminar esta crítica. Amar, aunque sea de manera idealizada, para aprender a hacerlo. Vivir, aunque sea una vida inventada, para poder contarla. Escribir, aunque sea una crítica que nadie lea, para poder llegar a hacerla.

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