De óxido y hueso

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Alegoría del dolor

“Dolor, veo mucho dolor”, eran las palabras que José Luis Moreno mascullaba encarnando al más maligno de los villanos posibles en Torrente 2: Misión en Marbella (Santiago Segura, 2002). No se rían, salven las distancias, un mantra similar parece acudir a Jacques Audiard en su cine, siempre aturdidor y convencido de la necesidad de llegar al extremo físico y emocional para desvelar el estado natural del mundo en el que viven sus personajes. Porque si De latir mi corazón se ha parado (2005) o Lee mis labios (2001) sacudían y conmocionaban con crudeza, por primera vez su último guión no pretende conmocionar, sino sobre todo emocionar al respetable con su descarnada historia de amor. Pero lo hace a golpes, tuerce De óxido y hueso (2012) hacia el borde de su propia credibilidad, solo salvada por su delicada potencia visual, algo así como la de un carnicero pianista al que tampoco le vamos a pedir sea un poeta.

No es nueva esta temática romántica en la filmografía del cineasta francés. Lee mis labios ya planteaba una historia de amor imposible en un contexto límite, pero da la sensación de que la suerte de pareja protagonista de su última película no resulta tan torturada ni compleja como se aparenta. Por ejemplo, la escena de la discoteca en la que se incide en su minusvalía es un lugar común. A consecuencia el dramatismo de la historia queda exiguo y requiere de resortes embaucadores, tan solo justificados en la tragedia del personaje de una espléndida Marion Cotillard. La película precisamente encuentra su razón de ser remarcando una ausencia, llenando el film de planos nada pudorosos de su cuerpo que provocan una inevitable fijación en torno a sus piernas amputadas (magníficamente de-construidas digitalmente), por medio de las que constituye un personaje que ampara su fuerza en sus necesidades físicas y emocionales. Nunca a través del caracter de Matthias Schoenaerts, al que no paran de añadir capas de ilegalidad y amoralidad a su traumática personalidad, moldeando torpemente su realidad, de ahí que resulte forzada la inmersión en el mundo de los combates ilegales como su indolente vida familiar.

Sin quererlo, porque es un cliché antes de tiempo, el uso de Bon Iver como banda sonora del desamparo hunde en el tópico la presentación y el abandono de ese padre y su hijo en busca de hogar. Enfatiza el sentimiento hasta fingirlo, de igual modo que en su forzado y apresurado acto final, resuelto tras un giro melodramático fuera de lugar y contexto, que por su puesta en escena trabajando el segundo plano, incluso resulta más cómico que dramático. Como si con la música de Justin Vernon y un par de frases en off dignas de @ifilosofia bastara para cerrar la narración. Un intento supuestamente poético que se queda en baldío e insuficiente, asumible resbalón que no hundimiento de un cineasta cuyo nervio visual sigue vigente, pero que como también es Un Profeta (2009), sus guiones no siempre aciertan.

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