Sueño y Silencio

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Hay un coincidente punto de encuentro entre todos y cada uno de los largometrajes de Jaime Rosales (Barcelona, 1970). Es la muerte; tratada como el suceso vertebrador de historias anónimas articuladas antes y después de ese resorte trágico que consigue que la obra, textual y audiovisualmente, haga pie. Si bien, es coincidente como hecho pero no como realidad.

En Las Horas del Día (2003), Rosales expone, desde la violencia incomprensible e inconexa de una mente enferma, el grotesco y a la vez banal resultado de la muerte, en un intento de expresar los desequilibrios sociológicos que azotan el día a día de la sociedad contemporánea. En La Soledad (2007), por su parte, transforma la fórmula explicativa de su primera obra, para encontrar un vértice emocional de mayor importancia narrativa en un atentado terrorista que incide de manera esencial en la protagonista. Tiro en la Cabeza (2008), la apuesta más radical en términos formales, desfigura cualquier indicio de lenguaje convencional, de modo que de la extrema cotidianeidad que se muestra en pantalla, subyace en un instante la brutal respuesta irracional de unos ideales.

Sueño y Silencio, por su parte, trata la muerte de manera muchísimo más trascendental. Se encamina, como hicieran, de muy diferente forma, Moretti o Todd Field, en intentar mostrar el vacío y la ausencia. Así, la muerte en accidente de tráfico de la hija mayor de Oriol y Yolanda, sirve como punto de origen del viraje emocional que sufre la historia. Esta vez, Rosales vuelve a entrelazar su apuesta formal con la temática y texto de la cinta.

El uso constante de las elipsis va construyendo los acontecimientos de manera directa, como si la vida de la familia estuviera montada con imágenes de cámaras localizadas en lugares aleatorios. Rosales siempre trabaja el texto y la puesta en escena con minuciosidad, acompañado de un encuadre fijo que hace de soporte. Su gusto por el lenguaje va más allá esta vez, con dos rupturas muy concretas dentro del film. El momento del accidente, simbolizado en varios planos subjetivos del coche donde viaja el padre y la hija, en los que la cámara sufre un quemado de la imagen (o el fin del rollo); y otro hacia el final, en el que el blanco y negro del film cambia a color cuando el abuelo de la familia se encuentra al volante de un coche situado en el lugar del accidente.

Rosales se centra en los padres, por separado, para ejemplificar la ruptura vital que ocasiona un hecho así. La constante improvisación interpretativa no es del todo equilibrada, pero sí consecuente, con lo que el trato que se busca en cada sentimiento es  veraz. Existe pues un desconocimiento y desorientación de los personajes por lo ocurrido y en el espectador una suerte de incertidumbre anterior e interpretación posterior al hecho trágico. A lo Bresson, sin apenas intervencionismo, aspira el director barcelonés a demostrar mediante la forma qué significa la ausencia de vida, y en el fondo, la trascendencia que adquiere la muerte. Todo es un instante.

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