Caleidoscopio Magnolia

Escrito por

I have a feeling, one of those gut feelings, that I’ll make pretty good movies the rest of my life. And maybe I’ll make some clunkers, maybe I’ll make some winners, but I guess the way that I really feel is that “Magnolia” is, for better or worse, the best movie I’ll ever make.

Paul Thomas Anderson

Difícil encontrar palabras que definan mejor una película que las de su propio autor, pero en Revista Magnolia hemos intentado acercarnos al film que nos da nombre invitando a nuestros amigos, colaboradores y webs más cercanas para desentrañar esa vorágine de historias que es Magnolia (1999), seleccionando sus instantes favoritos, los que la hacen una película inolvidable y de los que también está cargada su última película, The Master (2012). Sin más, bienvenidos.

Parcialmente nublado, 82% de probabilidad de lluvia

Escrito por Edén Hernández

Amanece nublado. Un día más en las vidas de un antiguo joven genio de la televisión venido a menos que quiere ponerse un aparato en los dientes y de su joven sucesor, a punto de romper el record del programa. Un día más en las vidas del presentador del programa, que celebra doce mil horas de emisión, y de su hija, que se agarra desesperadamente al clavo ardiente de la droga. Un día más en las vidas de un mesías cazamujeres que predica su obra y de un católico oficial de policía que quiere hacer el bien y encontrar una mujer especial. Un día más en las vidas de la mujer de un moribundo, más aterrorizada por la sombra de la guadaña que su propio marido, y del enfermero a cargo del moribundo, que solamente quiere cumplir los deseos de su paciente. Un día menos en la vida de un moribundo, que teme más a sus remordimientos que al cáncer.

Parcialmente nublado y con un 82% de probabilidad de lluvia empieza un día más en sus vidas. Mal pronóstico para unas vidas de por sí corroídas. Conforme el poco sol presente abandona el cielo, la poca luz de sus vidas se apaga y la lluvia empieza a caer. Lluvia leve, 99% de humedad, viento del sureste a 20 km/h. Todas estas vidas, apenas conectadas, tienen un muro común contra el que estrellarse eventualmente. El muro del pasado. Ellos han olvidado al pasado; pero el pasado no les ha olvidado a ellos. Los remordimientos, el perdón. El tormento interior. Y al final llueve para todos igual, como en el bíblico Diluvio Universal.

Luego clarea. La lluvia clarea y queda una agradable brisa nocturna. Una tregua como en cualquier guerra, y no hay peor guerra que la que se libra contra uno mismo. Un tópica calma que precede a la verdadera tempestad. La del tercer acto de un cojunto de tragedias griegas a las que llueve de un modo impronosticable.

Amanece nublado. Otro día más.

Escrito por Jesús Rizzo (Cinemaadhoc)

Hay muchos momentos en la película donde se muestra el enorme patetismo de ese tipo que antes era listo llamado Quiz Kid Donnie Smith. Se podría destacar cualquiera pero la escena donde Solomon Solomon (un Alfred Molina que, dejando de lado si es mejor o peor actor, es uno de los que mejor lucen un bigote, aunque aquí lleva barba de 2 semanas) es representativa. No puedes dejar de sentir lástima por el antiguo niño prodigio y pensar que Solomon es un cabrón pero, si lo miramos bien, ES UN DESPIDO DE LIBRO, absolutamente justo. Y es que si uno sigue viviendo en el pasado y no se centra en su presente, pasan estas cosas. Y el despido es una escena que termina derivando en una conversación sobre la operación bucal de Donnie y sobre si le necesita o no. El victimismo de Donnie choca con la mala leche de un Solomon que se va irritando más y más y eso es lo que puede hacer que te identifiques con uno aunque realmente la postura del segundo es lógica. Donnie no solo se va de allí dejando sus llaves –aunque tenga otras- y sin trabajo, también terriblemente humillado.

¡Desde Burbank, California: ¿Qué saben los niños?!

Escrito por Pedro Torrijos (Jot Down)

Un camino que es un prólogo y es un resumen.

La cámara –esto es, nosotros- es una libélula que revolotea libremente entre, hacia, ante, bajo y cabe sobre un niño y un padre y otro padre y otro niño.

También aparece una mujer; pero es un breve inserto, otro prólogo de otro cuento mezclado en la cremallera narrativa que es Magnolia, un filme en el cual miramos –esto es, la cámara- no desde los ojos, sino desde ese espacio imposible entre el estómago y los pulmones donde nos duele cuando no nos duele el cuerpo.

Las tripas invisibles.

Como invisibles son las tripas que vemos de ese estudio de televisión donde un niño tiene un problema que está sentado mirándole a través de un monitor. Su vida pasa a través de un monitor.
El otro padre tiene un problema creciendo durante treinta años y el otro niño le pasó factura los mismo treinta años.
Aún no sabemos cómo los resolverán o si serán capaces de resolverlos, pero de momento, podemos abrir el telón y mirarnos ahí, sentados entre el público, aplaudiendo porque un animador nos lo pide, mientras suena la fanfarria que nos ha acompañado esos últimos treinta años.

Aunque por muy alto y muy alegre que suene nos cuesta tapar la melodía que corre debajo, y que seguirá sonando cuando se apaguen los focos.

¿Cuál es la jodida pregunta?

Escrito por Alejandro Arroyo (Ecos del Balón)

Ver a Tom Cruise en calzoncillos (ligera y artificialmente abultados; vamos a ser francos) ya nos ofrece un extraordinario símil sobre la derivación en la que se transforma su actuación dentro de la compleja y coral estructura de Magnolia. Semi desnudo, a punto de ser entrevistado por una mujer que desvelará en minutos su vida entera, Frank T.J. Mackey está exultante; ha terminado otro de sus enérgicos seminarios de Seduce and Destroy.

-Yo soy lo que creo y hago lo que digo.

-Bien, pues empezamos a grabar.

-¿No estábamos grabando? pero si he regalado unas cuantas perlas…

Todo cuadra y se explica en los primeros años. Todo suceso relevante determina las curvas y los peraltes de tu personalidad.

Frank deja de sonreir, estira los músculos de su rostro y no parpadea.

-¿Cuál es la jodida pregunta?

Con el piloto de la cámara encendido tras Cruise, Anderson rompe por completo al personaje que todos nos creamos para evadir la realidad, para escapar de la soledad y fragilidad que nos rodea. Somos tan frágiles como un pasado. Las líneas que creemos paralelas y que jamás se entrelazarán, no tienen dueño. Todo termina por cruzarse.

El amor es un pájaro rebelde

Escrito por Fernando Eco (Ecos del Balón)

“El ave a la que crees sorprender batió el ala y voló … el amor está lejos, puedes esperar; ¡ya no lo esperas y ahí está!! Alrededor de ti, rápido, rápido, vino, se va, vuelve a venir … crees tenerlo, te evita, crees evitarlo, te tiene. ¡El amor!”

Con la música de la habanera para la ópera Carmen (Georges Bizet), Paul Thomas Anderson decidió que Jim y Claudia debían enamorarse.  Nos dibujó, como Bizet, una Claudia que no para de revolotear, inquieta, huidiza. Ella y su mirada, evitándolo a él. Ahogada en la jaula, saliendo y entrando de la cocina. Jim tras ella, sin dejar de mirarla ni un instante, de buscarla, siempre tras su aleteo.

Liberados de la jaula ambos es cuando Claudia consigue conectar su mirada a los ojos de Jim para no desconectar ya más. Vemos apagarse los miedos que nos canta la lluvia entre los barrotes de la jaula mientras ella mantiene su media mitad entre las manos y le ofrece su libertad. Consigue Jim detener su esquiva y asustada mirada con el libre y sereno azul del cielo de fondo. Y el amor se declara. Entonces ella vuelve a bailar. “Batió el ala y voló”.

Y eso es Magnolia, una muestra descarnada y visceral de la duda, la necesidad del amor y el miedo al no perdón. Un baile descarnado y eterno esperando que alguien nos susurre: “si quieres estar conmigo, estarás conmigo”. 

Escrito por David Ontoria (Cinempatía)

La escena que he escogido es esa en la que Stanley, el chico superdotado, está en el concurso y se niega a responder las preguntas. Es uno de los muchos momentos de la película en los que se aprovecha una circunstancia cotidiana y aparentemete normal para implantar emociones que llevaban anidando dentro mucho tiempo. Así como Julianne Moore grita histérica en la farmacia, Tom Cruise rompe a llorar en el regazo de su padre, o William H. Macy declara su amor borracho en un bar. Cada personaje tiene una merecida catarsis que, de algún modo, les dignifica.

En este caso, el niño, que es más listo que nadie, aprovecha la audiencia de un programa que ve medio país para hablar de algo que le concierne. No es un juguete, algo mono de lo que los espectadores puedan reírse con la distancia como excusa para ser crueles. De él no ha de esperarse un comportamiento modélico, ni que se aguante las ganas de ir al baño, porque es humano. Así que hace lo que tiene que hacer: reivindicar su individualidad. Y de paso corre la voz para esas personas que, en sus casas, quieren hacer lo mismo pero no se atreven.

Singing in the rain

Escrito por Taimar Alves

Bajo la lluvia. Bajo la misma lluvia la misma armonía, con la misma letra, en distintos lugares y distintas voces. Cambia el marco, cambia el cuadro, pero no el lienzo ni las pinturas. Bajo la misma lluvia, la misma soledad. Esa intensa soledad inexpugnable que no se puede curar con un par de abrazos, con bajar al supermercado y saludar a la dependienta o ir a tomar una cerveza al bar. La agonía de saberse solo frente al mundo, frente a la muerte. La misma voz bajo la misma lluvia empapando cada uno de los personajes, mientras intentan improvisar un paraguas, ya sea cocaína, un aparato dental o meter la polla en cualquier sitio. Un paraguas que les proteja del chaparrón, que acaba comportándose como una cápsula aislante, eludiendo las gotas, pero asumiendo el agua como centro.

Mientras las gotas caen al otro lado de un cristal, en lo alto de nuestro aislamiento, se va escapando la esperanza. Las gotas que se diluyen son el amor que se quiere dar y no se puede. Las gotas que recorren el cristal son el perdón que se puede dar pero no se quiere.

Así, P.T. Anderson viaja a través del agrio reducto de cada personaje, unidos por Aimee Mann, bajo la lluvia que no va a parar. No va a parar. Si acaso, cambiará.

Escrito por Tolo Nadal

Una de mis secuencias favoritas de Magnolia es aquella en la que Frank, el personaje de Tom Cruise, acude al lecho de muerte de su padre para echarle en cara que le abandonara a él y a su madre enferma. Ya frente a sus fantasmas, un Frank lleno de ira da rienda suelta a su rabia antes contenida mientras se repite que no va a llorar por el padre al que tanto detesta. Cruise rompe en un mar de lágrimas otorgando así un perdón involuntario pero incontestable. Los insultos, el desprecio y el odio de Frank han servido de expiación al moribundo progenitor interpretado por Jason Robards, quien ya puede irse en paz dejando atrás sus pecados. Parafraseando una línea del guión Paul Thomas Anderson nos enseña que quizás hayamos acabado con nuestro pasado, pero este puede aún no haber acabado con nosotros.

Escríto por Martín Cuesta (Cinemaadhoc)

Dentro de ese crisol de personajes, de ese conjunto de vidas entrecruzadas que se confunden entre sí como callejuelas de un mercadillo persa, de esa olla a presión creada por el montaje cinematográfico que es Magnolia, una de las escenas que siempre recuerdo es la que protagonizan la improbable pareja formada por el cándido Oficial de policía Jim Curring (interpretado por John C. Reilly) y la adicta y sensible Claudia Wilson (Melora Walters). La habilidad de P. T. Anderson para transmitir la necesidad de afecto de dos personas tan distintas, unidas (al igual que el resto de personajes, al igual que todos nosotros) por los lazos de la serendipia es sobresaliente pero lo que más emociona y al mismo tiempo singulariza la escena es que dos personajes tan diferentes se muestren de pronto no sólo capaces sino necesitados de contar sus más personales secretos ante el otro, en esa deshumanizada y cruel selva de la gran ciudad.

– ¿Quieres besarme, Jim?

–Sí, quiero.

A veces no hace falta más, a veces sólo es cuestión de atreverse a mostrar aquello que nos avergüenza y entonces reconocer que todos somos náufragos y al fin poder encontrarnos con los demás. De eso trata Magnolia, o al menos eso creo.

Escrito por Pablo Aranda

I really do have love to give! I just don’t know where to put it!

Así se expresa Donnie Smith (William H. Macy) con Jim Kurring (John C. Reilly) después de protagonizar su enésimo rídiculo en un día más de su miserable existencia. Quiz Kid es un personaje que se mueve entre el patetismo y la búsqueda desesperada de amar y ser amado, un personaje explotado en su infancia y maltratado e ignorado en toda su vida. Vemos cómo lo poco que le aportaba a su vida lo perdió (ya nadie recuerda a Quiz Kid) o lo acaba de perder (su odioso trabajo) y se lanza desesperado a los brazos de ese Adonis con brackets llamado Brad pensando en conquistarlo si él también se pone un corrector dental. No cabe otra que mirar con ternura y compasión la escalada de patetismo de Donnie y rezar por que las hostias que se va pegando no sean muy dolorosas hasta que, en plena lluvia de ranas, una caída desde una escalera parece ser también como una caída del caballo. La hostia se revela toda una epifanía y Donnie parece al final entender, ya sobrio, que sólo necesita a alguien con quien compartir ese amor que nunca ha compartido para ser finalmente feliz. La trama de Quiz Kid ocupa apenas 15 minutos en los 188 totales de este maremágnum llamado Magnolia pero su huella, para mi, es indeleble.

Escrito por Pablo Garcia Márquez (Cine Maldito)

La escena de la que os voy hablar es la última de la película. No tiene las virguerías técnicas de otras ni sucede nada que pueda considerarse como un pulso narrativo llamativo, por decirlo de alguna manera. Y sin embargo es la escena que consigue aunar toda la película, la que termina por darle significado. Entre los muchos temas e intenciones que maneja  Paul Thomas Anderson, hay uno que sale a flote en varios momentos claves de la cinta; el perdón, hacía otras personas o a nosotros mismos. En la película unos quieren perdonar y otros quieren ser perdonados y todo se traduce en la guerra interna de la expiación de cada uno de ellos. Huelga decir que no todos lo consiguen.

La última escena es magnífica. Y lo es por su sencillez. Mientras comienza a sonar el Save me de Aimee Mann, un travelling nos acerca despacio al personaje de Claudia, acurrucada en la cama, con aspecto casi infantil por la decoración de la habitación y el pijama que lleva puesto. Ya no es la yonqui de escenas antes, ahora parece una niña asustada. El personaje al que da vida John C.Reiliy le habla sobre lo buena y preciosa persona que es y de la los errores que no van a cometer juntos. Termina por sentarse a su lado y le dice que van a estar juntos. Y entonces, por primera vez en toda la cinta, Claudia sonríe. Se libera de la culpa y de toda la mierda que tenía dentro. Y sonríe. Pero no una sonrisa cualquiera. La sonrisa se la regala únicamente y exclusivamente al espectador. FIN.

Extra: +18

Escrito por Maldito Bastardo

Dentro de esa turbulenta tormenta de coincidencias y grandes y pequeños fragmentos de lluvia narrativa que inundan Magnolia de Paul Thomas Anderson, me quedo con el paquete de Tom Cruise. Sí, con el paquete de Tom Cruise. Cuando vi la película en pantalla grande me sorprendió emerger de la misma al paquete de Tom Cruise. Recordaba al paquete del Sr. Cruise más esmirriado en Risky Business y verle tan crecido y atado a ese predicador de ‘machorrez’ y exhibicionista de feromonas, me sorprendió gratamente. Fue un choque de sentimientos completamente contradictorios y enfrentados, al que seguramente se enfrentaron los académicos al votar en los Oscars en la categoría del Mejor Actor Secundario. Era obvio que el paquete de Tom Cruise no iba a ganar… Sería como la secuencia del discurso del Oscar que prácticamente abre de piernas In & Out de Frank Oz… pero al revés. Además, ¿se lo imaginan? ¿Se imaginan a gente preguntando por qué han dado un Oscar al paquete de Tom Cruise?

La entrevista que realiza Gwenovier para quitar las capas a Frank T.J. Mackey y ‘desnudar’ al paquete de Tom Cruise creo que representa el sentido intrínseco de la película. Él dice ser todo fuego y todo volcán para las tías pero al final es un… arrastrado llorón y blandengue. Con ese paquete era normal aunque a muchos les queda dudas si la gran manifestación del paquete de Tom Cruise fue simplemente artificial a juzgar por algunas muestras posteriores.

Realmente no lo cuenta la biografía de Stanley Kubrick pero éste murió de tanto repetir la secuencia del culo y el espejo. El pobre Kubrick no se enroló en esto de hacer obras maestras para sufrir un derrame cerebral viendo tanto culo y paquete y, en realidad, tan poca chicha cinematográfica. La biografía de Paul Thomas Anderson sí cuenta que ‘fichó’ al paquete de Tom Cruise en el set de rodaje de Eyes Wide Shut. Magnolia habla de probabilidades y del destino. En el caso de Anderson y de la continuada repetición de algunas secuencias (dicen que más de 200 tomas para este caso) fue normal que el director dejará el látex de Boogie Nights y hallará la carnalidad por el enfrentamiento visual que dejó traumatizado a medio mundo por el descubrimiento: el paquete de Tom Cruise no quería ser un mero objeto y pretendía tener un valor dramático.

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