Paul Thomas Anderson

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Aquí, un amigo

De las conversaciones en la habitación del motel de Sidney (Hard Eight, 1996) a la secuencia final en la bolera de Pozos de ambición (There Will Be Blood, 2007), la filmografía de Paul Thomas Anderson (a partir de ahora PTA) parecía trazar, instintivamente, una aspiración profundamente psicológica de inmersión en el enfrentamiento dialéctico de sus personajes, por medio de los que recorre la historia de los triunfos (y sobre todo los fracasos) que forjaron los Estados Unidos de América, pero en los que como cualquier realidad, sobre todo la americana, no todo es lo que parece.

Tampoco lo es The Master (2012), su más reciente largometraje, en consecuencia de esta inquietud sin duda su film más hermético, prácticamente rodado hacia dentro y narrado con precisión tan solo a través del tic en la boca del personaje de Freddie Quell (Joaquin Phoenix). Lo que pudiera imaginarse un polémico biopic sobre el fundador de la iglesia de la cienciología, resulta el apasionante encuentro entre dos mentes; una, desorientada tras regresar de la Segunda Guerra Mundial y turbada por su no asumido fracaso personal; la otra, en plena expansión de sus creencias y necesitada de discípulos en los que depositar su pensamiento; tal vez el cine de PTA tenga buena parte de ambos y necesite de este enfrentamiento para salir a flote. Si queremos terminar de desencriptar esa relación y reconocer la importancia de su último film, quizás necesitemos del paso del tiempo y de más de un re-visionado -o no, y siempre la veremos con un bienvenido miedo a sus abismos-, mientras tanto, indagamos en su magnética obra para así comprender la evolución de uno de los cineastas americanos de nuestra época que mejor reflexionan sobre ella, siempre haciendo gala de un asombroso dominio de la imagen y sus consecuencias.

Si al inicio citaba los ejemplos de Sidney y Pozos de ambición como ejercicios comparables de enfrentamientos dialécticos y psicológicos previos a The Master, resulta apasionante descubrir la primera secuencia de su cortometraje Cigarettes and Coffee (1993), a posteriori germen de su ópera prima. Ni más ni menos que una conversación entre dos personajes en una cafetería, filmada con precisos planos cerrados. Primero, uno detalle de los objetos sobre la mesa, que dan título al corto, después, de los personajes, de marcado perfil, además, otorgando mayor importancia al rostro de Baker Hall que al de su acompañante. La tensión entre maestro y seguidor es evidente. Consecuencia de ello, la inmersión en sus palabras y miradas es total.

Viéndola con los mismos ojos que asistían atónitos a los diálogos entre Freddie Quell y Lancaster Dodd en The Master (indagaciones en la psique habría que llamarlos), se vislumbra una idea tras las cámaras que late más allá de la de relatar una conversación, es la necesidad de adentrarnos hasta sus huesos y hacernos partícipes de ella a través de su abstracción. Porque esas frases que aparentemente esconden múltiples significados (y significantes) por descubrir, nos llevan a trabajar mentalmente para desenmascararlas, hasta el punto de hacer aflorar el trasfondo que desentraña el relato desde nuestro propio subconsciente.

Aunque en España no podremos comprobarlo, al estar filmada en 70 MM, en sus primeros planos, el gran angular sobre el gesto torcido de Freddie Quell se podría convertir en la mirilla por la que adentrarnos en la narración. Su boca sin hablar lo cuenta todo, funciona como reflejo de un subconsciente del que vemos destapar sus más profundas obsesiones. Cómo no, el sexo es la primera de ellas. Y no hay mejor manera de atacar el subconsciente que haciendo una película sobre la industria del porno, poniendo el rabo sobre la mesa. Y las cartas también. El plano que cierra Boogie nights (1997), con el explícito miembro de Dirk Diggler reflejado en el espejo, es una llamada a la acción a un cine americano y una América que aparentemente vive en voto de castidad, entre lecciones de moralidad constantes, pero que se ha lucrado (y se lucrará) de los negocios más turbios, aunque en realidad sean igual de sucios o limpios que el resto. El retrato coral de esos años 80 no puede ser más cálido y desolador al mismo tiempo, dejando la sensación de que la industria pornográfica sea seguramente más decorosa y honrada que, por ejemplo, las tan publicitadas de la guerra o el petróleo.

Precisamente en su adaptación de la novela de Upton Sinclair, Petróleo, una intimista epopeya histórica de la sangre y el oro negro que labraron América a principios de Siglo XX, recorremos junto a Daniel Plainview (Daniel Day Lewis) el auge y caída de su imperio, el mismo que le hace terminar esquizofrénico por exceso de control y poder, aunque nunca el suficiente como para lograr cambiar su ayer. Un comportamiento que se establece en paralelo al retrato que hacen Von Trier, Herzog o Kubrick de la locura, los necesitados personajes de PTA sufren cierto tipo de desorden mental que les hace tan absurdos como humanos. Tras un momento de pánico, el Barry Egan (Adam Sandler) de Punch-Drunk Love (2002) lo reconocía aturdido: “I don’t like myself sometimes. Can you help me?”. Vive en una burbuja, atormentado, lleno de culpa, miedo, soledad, sentimientos que invaden a los protagonistas de Magnolia (1999), probablemente la obra cumbre de las historias cruzadas que su maestro Robert Altman llevó a la práctica, y que también comparte Freddie Quell en The Master. Todos ellos están traumatizados por su pasado, de una manera u otra este pasado les condiciona, un pasado que PTA exorciza a través del enfrentamiento con sus recuerdos, tendiendo la mano que les ayude a encontrar otro mañana en la paz consigo mismos, que encuentra su máxima expresión en las sesiones de inmersión realizadas por el memorable Lancaster Dodd que construye Philip Seymour Hoffman.

De igual modo que su cine parece pedir un grito de ayuda, nos hace pequeños, podemos ver al maestro que guía al cine norteamericano hasta su más profunda oscuridad (y verdad), que en cada nueva película repite y ahonda con mayor complejidad en sus obsesiones, realmente las de la sociedad y el mundo que le rodea. Unos traumas que afectan al ciudadano contemporáneo por consecuencia de un subconsciente común marcado por la religión, la guerra, el sexo y el poder, si es que a fin de cuentas no son lo mismo. Y lo hace hasta el punto de alzarse sobre el resto de cinematografías americanas actuales por un hipnótico poder visual, su extraordinaria dirección de actores y un gran instinto narrativo, pero, sobre todo, por la sabia (de)construcción de la mirada sobre la propia historia, digna de un joven cineasta (y país) que ya no aparenta serlo.

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