Pura vida

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Tras el referente inamovible que supuso el reportaje que realizó Informe Robinson sobre esta historia, pensaba sobre las posibilidades audiovisuales que tenía la cinta. Un nuevo documental con los testimonios de los protagonistas, narrando los cuatro días de rescate. De la duda nace el talento de los creadores para armar una obra tan distinta como original, intentando transmitir nuevas sensaciones con un material del que se conoce precedente fílmico y cuya historia es de sobra conocida.

Con el campo narrativo presumiblemente delimitado, sus creadores, Pablo Iraburu y Migueltxo Molina, buscan perspectivas nuevas y enfocan el detalle como versátil herramienta. Con un plano frontal y paisajístico del Annapurna como constante enlace entre testimonios y referencia explicativa del rescate, la estructura expositiva ya estaba cimentada. El siguiente paso fue aportar la credibilidad suficiente para no ceder ante la emoción superficial, con los protagonistas de la historia mostrando una espontaneidad y honestidad (fruto de un carisma notable en todos ellos) que aportan luz al ritmo e interés a cada suceso. Y como tercer sostén, imágenes reales de una ascensión que quizá sean el punto más débil pero que no desmerecen en el intento.

Para realzar la sensación de fidelidad al espacio tan vasto e implacable que es el Himalaya, vemos, de manera constante a Denis Urubko manteniendo un exigente ejercicio físico, a Don Bowie escalando, a Ueli Steck corriendo por el monte… dándole una importancia a cualquier actividad física. “Para estar mentalmente bien hay que estar físicamente bien”, resalta Urubko. La incidencia emocional había de ser, cuasi obligatoriamente, la esencia de la historia y del trabajo de sus directores.

La falta de prudencia que, en palabras de su esposa, muestra en muchas ocasiones Alexei Bolotov resume el espíritu de cada escalador. Hay algo instintivo que les une para acudir y que les impide sopesar junto a cualquier otra decisión. Horia Colisabanu, quien se quedó a más de 7000 metros junto a Iñaki sentencia: no había otra opción para mí que quedarme junto a él.

En los momentos más trascendentes, toma partido el silencio. Se personalizan la nieve, el sol, el agua y los arrozales de Nepal para simular el último ascenso espiritual de Iñaki Ochoa de Olza, en un destacable y global triunfo de la puesta en escena. También la distancia, tratada con la banalidad que merece el acontecimiento que la reduce: Don Bowie, Ueli Steck, Bolotov… alejados y a la vez conectados al segundo. Diversas nacionalidades, climas, caracteres. Misma motivación. Saben que no hay espera. En sus testimonios, sonrisas.

Cerca del final de la aventura que finalmente supone Pura Vida (2012) es Mingma Dorji, el sherpa que acompañó como cocinero durante siete años a Iñaki, quien reflexiona, con una económica y convincente lucidez, que la gran diferencia entre nuestro mundo y el Nepal es el sometimiento que nos produce el tiempo; la espera. El sexto sentido que describía Kapucinsky en Ébano para diferenciar África del primer mundo: “… los europeos creen que el tiempo es objetivo y absoluto; en África es elástico y voluble: una reunión se celebrará cuando acuda la gente…”. Un bello epílogo para un triunfo de nuestro cine.

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