The Master

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La mirada de los mil metros

El siglo XX, el siglo de las grandes guerras, quedó marcado por la madre de todas ellas: la Segunda Guerra Mundial. La participación de Estados Unidos en aquel conflicto del cual saldría vencedor, ha sido filmada en multitud de ocasiones y desde distintos puntos de vista por la industria de Hollywood. Algunas veces con más acierto como el tándem de Clint EastwoodCartas desde Iwo Jima (2006) y Banderas de nuestros padres (2006) – y otras con resultado esperpéntico como Pearl Harbor (2001) de Michael Bay.

Como la Historia la escriben los vencedores, la imagen de la posguerra americana es la imagen de los soldados volviendo felices a casa, es la instantánea que capturó Alfred Eisenstaedt aquel victorioso día en Times Square. Pero hay una parte de esa historia que no se acostumbra a contar y es que a consecuencia de aquella guerra América cayó enferma. Sus soldados quedaron traumatizados y en muchas ocasiones abocados al ostracismo social a causa de su incapacidad para volver a integrarse en la vida cotidiana. Los dulces años cincuenta no lo fueron tanto, y aunque han conseguido forjar en el imaginario colectivo la idea de la familia feliz, en la casita con jardín, cumpliendo el sueño americano… no todos los que volvieron pudieron seguir el llamado american way of life.

Afortunadamente directores como Paul Thomas Anderson han deconstruido el siglo XX estadounidense a través de sus películas para mostrarnos la otra América, la de los que vencen, sí, pero pagando un precio muy alto por ello. Como Daniel Plainview en Pozos de ambición (There will be blood, 2007) o Freddie Quell en The Master (2012), a fin de cuentas películas que se complementan a la hora de observar la construcción del país a lo largo de más de medio siglo.

Pero centrémonos en Freddie Quell, el personaje que interpreta Joaquin Phoenix, protagonista de The Master y ejemplo de ese soldado traumatizado cuyo cuerpo volvió de la guerra aunque su espíritu muriera allí. Su gesto torcido y columna encorvada son los indicios superficiales de un personaje enfermizo, impulsivo y errante. Lo acompañamos a través de la exquisita mirada de P.T. Anderson desde el final de la guerra hasta un feliz regreso que no fue tal. Su relación con el alcohol es constante y tóxica y su adicción al sexo queda patente cuando se somete al test de Rorschach. Su errática adaptación al mundo cotidiano es consecuencia de la ausencia de foco de una mirada devastada. Un espectro en vida que cruza su camino con un ser carismático que devora todo a su alrededor: Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman) líder y casi profeta de La Causa una secta pseudocientífica que guarda muchas similitudes, tanto formales como temporales, con la famosa iglesia de la Cienciología.

El choque entre estas dos almas tan opuestas no puede ser sino complementario. Quell introspectivo, hermético y desorientado encuentra en Dodd a un maestro que le guía y que necesita un discípulo con el que practicar su empresa. Desde que se conocen comienza una relación intensamente psicológica que Anderson consigue filmar otorgando a toda la cinta de una tensión agotadora. Un duelo dialéctico y mental en el que se vislumbra una potente violencia contenida y que en cualquier momento está a punto de brotar.

No es la primera vez que Paul Thomas Anderson rueda una batalla de estas características, memorable es la relación del magnate Plainview y el pastor Eli en Pozos de ambición, cuyo enfrentamiento desemboca en la enérgica escena de la bolera. En The Master vuelve a mantener un enfrentamiento dual que se extiende en el tiempo, y aunque la lucha se mueve en el terreno mental, la agresividad psicológica es incluso más insoportable que la física.

La puesta en escena constituye un espectacular trabajo formal al que nos tiene acostumbrados el director. Para esta ocasión se decidió por rodar en 70mm, una alta definición que se torna reveladora en los primeros planos, en el torcido rostro de Joaquin Phoenix. Además es capaz de conseguir una narrativa con discontinuidad cronológica que sin embargo no se dispersa, sino que consolida el relato y le otorga matices y fuerza. Esta construcción fílmica se complementa con una historia de dos personajes, de dos mentes más bien, que abarca temas como el psicoanálisis, la pseudociencia, las sectas, la posguerra y sobre todo el estado mental de un país que se quedó eternamente con la mirada de los mil metros.

1 Comment

  • Totalmente de acuerdo, un devastador relato de los tormentos humanos, de los mejores cara a cara que se han hecho. Los 3 actores (Phoenix, Hoffman y Adams) están de 10, por lo menos en Hollywood han tenido la decencia de nominarlos para los Oscar.

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