El enemigo en casa

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‘De todos los hombres, el borracho es el más repugnante. El ladrón, cuando no roba, es como los demás. El que extorsiona no lo hace en el hogar. El asesino, al llegar a casa, puede lavarse las manos. Pero el borracho apesta, y vomita en su propia cama al tiempo que sus órganos se disuelven en alcohol.’

Por quien doblan las campanas, Ernest Hemingway

NOTA: El siguiente artículo contiene spoilers de las últimas temporadas de Dexter, Breaking Bad y Homeland.

Probablemente fueran los esfuerzos combinados de Los Soprano (1999) y The Wire (2002) los que instaurasen la ruptura de la dicotomía, imperante en televisión hasta entonces, de buenos y malos. La paleta de grises presente sobre todo en la de Baltimore supuso una drástica variación del modelo que se debía, o que se creía que se debía, aplicar a una serie de televisión. La idea preconcebida y prejuiciosa de que el espectador necesita referentes positivos a los que seguir y con los que empatizar para que se produzca un interés sano en la historia, obligaba a que dichas figuras mostrasen una serie de virtudes que compensasen cualquier tipo de desarreglo emocional que pudiera achacárseles. Por ejemplo, si el marido le ponía los cuernos a la esposa, protagonizaría más tarde una escena en la que pudiera apreciarse su dolor y arrepentimiento ante lo que había hecho. Si un poli corrupto aceptaba un soborno, se debatiría esa noche en su cama sobre la gravedad de sus acciones, que le producirían un insomnio terrible en el que se preguntaría hacia dónde estaba encaminando su vida. Y así sucesivamente.

La razón tras este tipo de construcciones es lógica: el público se mostraría reacio a ponerse del lado de un marido infiel que no muestra recelos ante lo que hace, de un policía que ha abrazado la corrupción como forma de ganar un sueldo extra, o de un, por llevarlo al extremo, violador o asesino. Y en caso de que contásemos con este tipo de personajes, habrían de sufrir, al término de sus arcos argumentales, algún tipo de pena o castigo que recalcase lo erróneo de sus decisiones y acciones.

En esas estábamos cuando llegaron las dos series arriba citadas. De repente debíamos apoyar –y no sólo eso, sino que habría de ser la figura paterna de cuya mano recorreríamos la trama– a un tipo que fumaba, bebía, se drogaba, engañaba a su mujer, formaba parte de la mafia y mataba a gente. Al mismo tiempo, no obstante, era un marido atento (siempre que estaba con su mujer), un padre de familia comprometido y un amante de los animales, con los que establecía relaciones que llegaban a superar las personales. El espectador debió sentirse desafiado. ¿Cómo se suponía que debían aceptar lo que se les mostraba? Un tipo de conducta deshonesto, áspero, violento, en el foco de la historia.  Y sin embargo, Tony Soprano se convirtió en el personaje de televisión más trabajado –“Tony Soprano es mucho más complejo que Hamlet”– y querido que se recuerde, algo a lo que sin duda contribuyó la extraordinaria interpretación de James Gandolfini.

El caso de The Wire supera si cabe al de la serie de Nueva Jersey. Policías borrachos que ni siquiera son buenos maridos, otros corruptos que duermen plácidos en sus hogares llegada la noche, una noche en la que los vendedores de las esquinas hacen recuento de lo que han sacado de la venta de unas drogas que están acabando con el futuro de tantos chicos de Baltimore. La serie de David Simon no se contentaba tan sólo con enseñarte la podredumbre de unos personajes, sino la de toda una ciudad y sus órganos de gobierno, estratos sociales y sistemas educativos, la hoja de ruta de la que cualquier serie debería haberse apartado si pretendía encontrar un hueco en las casas del pueblo americano más maniqueísta y fariseo. Contra todo pronóstico, fue ensalzada por el sector crítico menos complaciente, y hasta por el actual presidente del país, que afirmó ver en ella una obra excepcional, ante lo que muchos de los individuos que mencionábamos arriba, votantes incluidos, miraron con recelo.

Esa estela de incomodidad y aversión que pudo ser provocada en muchos espectadores la han recogido sin un ápice de debilidad series que están actualmente en antena, y que discurren en estos mismos términos (incluso podríamos constatar que van un paso más allá), de las que existen tres que son lo suficientemente diferentes entre sí –y que a la vez coinciden en este patrón– como para que su análisis resulte de máximo interés. Tres ejemplos que constatan la atracción que siente no sólo el espectador versado (llamémosle así para establecer la diferencia), sino, sorprendentemente, el espectador medio, por meter al enemigo en casa.

Comenzaremos por el que aparenta ser el extremo más extremista de todos los posibles (aunque quizás no sea así, como veremos), el enemigo público número tres. El antagonista por definición de cualquier filme de buenos y malos: el asesino (en serie y de serie, en este caso). Dexter Morgan (Michael C. Hall), analista de sangre que trabaja para el departamento de policía de Miami, que en sus ratos libres acaba con la vida de los malos, violadores, torturadores, asesinos, monstruos, que el sistema ha dejado escapar y él se encarga de traer a su mesa de operaciones particular. Desde un punto de vista moral, la excusa está servida: el señor Morgan no mata a inocentes, no es un asesino, aunque sí lo sea, más bien un justiciero, un vigilante que limpia las calles de malhechores. Objetivamente no difiere mucho de un Batman o un James Bond. Todos matan porque deben y cuando deben, porque por su condición están un paso por encima y por delante del sistema policial y judicial. O eso es lo que creen, y en lo que se amparan para hacer soportable una vida que se conjuga casi diariamente con la muerte.

Este hilo de pensamientos no deja de encerrar cierto sentido del autoritarismo, incluso aunque sea en el subtexto. Existe, porque no puedes crear una serie de estas características y luego olvidarte del tema, un debate sobre la necesidad de alguien como Dexter, alguien que actúe al margen de intereses externos, que se resuelven siempre con cierta ambigüedad. La última temporada es la que más abiertamente trata este tema, al presentarnos el descubrimiento de la verdadera naturaleza del protagonista por parte de la hermana. Al contrario que el espectador, ella ha desconocido esta naturaleza feroz hasta este momento (de inflexión), y también al contrario que el espectador, pero de acuerdo a una situación real, se muestra repugnada al enterarse de la verdad. Es interesante que desde el comienzo hayamos defendido y alabado a una persona que mata, que disfruta haciéndolo. Los límites entre el bien y el mal directamente no existen para el espectador aquí. Nos abandonamos a la creencia, como Dexter, de que es un mal necesario, de que lo que hace está de algún modo justificado. ¿Pero es esto cierto? La última escena del capítulo final de temporada, ‘Surprise, Motherfucker!’, es de una provocación absoluta, carente de cualquier tipo de exculpación, una que, al aceptarla (porque todos la aceptamos como culminación primorosa a una temporada que ha devuelto el nivel a la serie), empuja al espectador contra las cuerdas de un ring que quizá no sean capaces de aguantar tal embestida contra la condición humana.

Cuando conocemos al señor Morgan, en los primeros minutos de la serie, es ya cometiendo una asesinato (un miembro de la Iglesia que quiere demasiado a los niños; de nuevo, encontramos la justificación). Es sólo a través de flashbacks que rescatamos algunos retales de su pasado, y a través de los que conocemos del origen de sus impulsos oscuros, localizados en un contenedor portuario encharcado en sangre. Morgan es, por tanto, alguien que ha despertado a edad muy temprana a todo el horror que luego se adhiere a su existencia. Cuando conocemos a Walter White (Bryan Cranston), sin embargo, no es más que un profesor de química de un instituto cualquiera de Albuquerque, un tipo corriente y aburrido, al que los guionistas ponen en paralelo a Mr. Chips (un profesor tímido, afable, que no ha roto nunca un plato, protagonista de la película de Sam Wood de 1939 Goodbye, Mr. Chips). Quienes sigan la serie –de título tan apropiado como Breaking Bad– conocerán la asombrosa transformación por la que pasa el señor White, el enemigo público número dos, el Scarface de Nuevo México.

Al ser diagnosticado de cáncer, Walter White toma la decisión de ponerse a fabricar metanfetamina para traficar con ella y dejar a su familia un colchón financiero que les asegure un futuro. Aquí radica la principal diferencia con el resto de villanos de serie. El protagonista de Breaking Bad comienza como el prototipo de personaje bueno sólo para acabar convirtiéndose en el malo de la película. Sus motivos son intachables, el salvaguardar el bienestar de los suyos, y su argumento para fabricar drogas también es válido, si no lo hace él habrá otro que lo hará, es una maquinaria (como vemos en The Wire) imposible de detener. El crimen, por lo tanto, es menor; el shock, mayor, que aumenta exponencialmente a cada temporada, con cada paso más en la degradación de un alma incorrupta que a día de hoy ha mentido, engañado, extorsionado, incluso matado. Si Dexter tiene a su oscuro pasajero, Walter White tiene a Heisenberg, ese reverso de sí mismo que se apodera de él. Pero si Dexter no puede controlarlo, Walter no sólo es que pueda, sino que desea que lo controle, su ego se hincha con cada nueva proeza, cada nueva argucia que se le ocurre para burlar a las autoridades, personificadas en su cuñado de la DEA (agencia norteamericana dedicada a la lucha contra el contrabando de droga). Al final, la peor droga no es la metanfetamina que cocina, la más pura que existe, sino el sentirse casi un Dios, un rey que se regocija en sus logros, que siente que por una vez se le reconocen los (de)méritos, que hasta parece que quisiera clamar al departamento de policía que no busquen más, que es a él a quien quieren, aunque fuese sólo para observar sus caras y volver a sentirse superior.

La manera en que ambas series han llevado sus tramas presenta líneas de convergencia, si bien encuentra puntos en que se alejan lo más posible la una de la otra. El descenso de Walter White a los infiernos, unido a la regresión de su moral y consecuente deshumanización, contrasta con la madurez de un personaje frío e impávido como Dexter, que va progresivamente avanzando en el camino de conversión hacia una persona normal, hasta declarar, llegado un punto, que la falsa vida que ha estado creando todos estos años para enmascarar su faceta de asesino y evitar ser pillado ha pasado a ser su vida real, la que más estima. Esta es otra de las razones por las que Dexter se ha introducido con tanta facilidad en nuestros hogares, porque pasando por alto que mate gente es un tipo de lo más agradable. Y es por ello que, como comentaba antes, se haga más fácil sentir empatía por Dexter que por Walter White, cuando, en virtud de los crímenes que se achacan a cada uno, debiera ser al revés. En el caso de Walter, el comportamiento inofensivo y defensivo de las primeras temporadas equilibraba la balanza y contrarrestaba la maldad de sus actos, pero ha alcanzado ya un punto en su involución en que tendría todas las credenciales para ser rechazado y detestado por la audiencia, y extrañamente no es así. El enemigo está tan dentro de casa que ya ni lo reconocemos como tal.

El número de espectadores norteamericanos de Breaking Bad ha ido aumentando a la par que lo hacía la calidad de la serie, esto es, temporada a temporada. El final de temporada de Dexter marcó record absoluto para Showtime, la cadena que lo emite. Los personajes que se sitúan al otro lado de la ley están hoy más en boga que nunca, y las cadenas lo saben. Quizás porque la sociedad está repleta de esos mismos, o peores, villanos, nos hemos acostumbrado no ya a aceptar a personajes cuyo abanico de colores muestra una más que natural escala de grises, sino a unos renegridos en su misma esencia. A falta de una temporada para el cierre de sendas series, resta ver cómo encararán su final, y si estos antihéroes recibirán finalmente el castigo que merecen, pero que no queremos que se les infrinja.1

Líder también en su noche (que comparte con Dexter conformando un programa doble peliagudo cuanto menos) y record absoluto en su despedida de temporada es Homeland. Como no podía ser de otra manera, Nicholas Brody (Damian Lewis) es nuestro enemigo público número uno. Y no sólo el nuestro, también el de toda la América post 11S. No imagino una serie más incómoda para el pueblo norteamericano que la comandada por Howard Gordon y Alex Gansa, quienes habían trabajado juntos previamente en 24 (2001). Más perturbador que cualquier asesinato que Dexter haya cometido, más que la destrucción de la totalidad de los valores humanos en Breaking Bad, debió ser sin ningún atisbo de duda ver a un sargento de la Marina norteamericana, prisionero de guerra reconvertido en héroe folletinesco por gracia del Tío Sam, rezando el Corán. El enemigo del turbante, más terrorífico que cualquier asesino en serie o narcotraficante, asentado por completo en la sociedad que hizo de su captura la empresa de toda una década.

Hay que demostrar una confianza absoluta en uno mismo para siquiera proponer un proyecto de estas características a la tierra de la bandera estrellada. Porque es verdad que 24 ya reunía la amplia mayoría de elementos que tiene ahora esta, pero con la diferencia fundamental de que Jack Bauer era el héroe patriótico que todo país querría para sí, capaz de descubrir y desarmar tres atentados terroristas en un día y salvar la vida del presidente en otras tantas ocasiones. Homeland, por el contrario, parte de la duda razonable de si un hombre que ha pasado ocho años en posesión del enemigo se ha pasado al otro bando. La primera temporada hacía un trabajo sobresaliente atacando a la audiencia que más ha sufrido y abanderado la Guerra del Terror donde más duele: poniendo en boca de Brody que entendía y de alguna forma conectaba con algo que debería rechazar.

Nicholas Brody ama a su familia y ama a su país, al que juró defender de cualquier amenaza, externa o doméstica. Por fuera es patriota, soldado, el americano perfecto. Por dentro, y tras pasar ocho años encerrado con un enemigo que recibe los mismos ataques que su país, está dispuesto a volarse por los aires junto al vicepresidente y varios altos cargos y dignatarios oficiales. La figura del protector de nuestro suelo repensada como mano ejecutora de los mismos adversarios a los que juró destruir. Y, por enésima vez, contemplada si acaso no como héroe de la función, pero de ninguna manera como villano, antivillano víctima de las circunstancias quizás, prueba de nuevo de la escala de grises de la que se hablaba antes, significativas del conflicto moral interno que presenta.

El Brody de la segunda temporada es mucho menos ambiguo al respecto de su lealtad, pero mantiene los mismos conflictos casi intactos. Por el camino de alargar una trama que no puede permanecer creíble durante mucho tiempo se ha perdido la idea del protagonista como figura para nada libre de toda sospecha, o, al menos, se ha suavizado: Brody ahora está del lado de los buenos, y tan sólo ante una amenaza directa colabora con el enemigo. Los guionistas, eso sí, han tenido la lucidez de no abandonar del todo esa senda, reforzándola con comentarios como que el sargento siempre será esa persona que se ciñó un chaleco explosivo al cuerpo, o haciéndola visible en los instantes finales del Vicepresidente y las palabras que Brody le reserva. La bandera norteamericana ardiendo y el montaje que no por nada sitúa en paralelo los funerales del Vicepresidente y del terrorista Abu Nazir refrendan la sensación de que los límites entre blanco y negro cada vez resultan más difíciles de reconocer.

No son estos los únicos ejemplos, ni mucho menos. El Nucky Thompson (Steve Buscemi) de Boardwalk Empire, al que vimos ejecutar a su protegido sin piedad pero con absoluta deferencia; el Luther (Idris Elba) de la serie británica del mismo nombre que dejó caer a un hombre al vacío al creer que lo merecía, convirtiéndose al igual que Nucky en juez, jurado y brazo ejecutor; Rick Grimes, el pobre diablo que despierta a un mundo plagado de zombies en The Walking Dead, y que pasa de líder carismático e intachable a proclamar en los instantes finales de la segunda temporada que la democracia se ha terminado, y que quien quiera seguir a su lado debe achacar la nueva dictadura; incluso Larry David, aunque pueda sonar a broma, en su serie Curb Your Enthusiasm, paradigma de persona hostil y desagradable que querrías lo más lejos posible de ti y los tuyos, ese enemigo del que hablábamos.

La pregunta obvia es, ¿cuánto podemos tensar la cuerda antes de que se rompa? ¿Hasta qué niveles de inmoralidad y depravación podemos llegar sin perder por el camino al espectador? The Americans, la serie nacida a rebufo de Homeland, promete traer al enemigo comunista de la Guerra Fría a los hogares americanos, forzando de nuevo al espectador a conectar con sus peores miedos (aunque provengan del pasado). Y no podemos dejar de comentar el anuncio reciente de que Robert De Niro prepara para Showtime una serie de neonazis, The 4th Reich, estilo American History X. Dosis semanales de, suponemos, palizas brutales a negros y vítores hacia la raza aria. Los partidarios contemporáneos de Adolf Hitler metidos en nuestros salones.

Con todo, si tener al enemigo en casa es el precio a pagar para contar con historias tan provocadoras, consecuentes y formidables como estas, que vengan todos en tropel. Les estaremos esperando. Las puertas ya las tienen abiertas. El baño donde lavarse las manos, también.

1 David Chase, creador de Los Soprano, enunció tras el cierre de su serie que el destino de Tony Soprano, aunque evidente a tenor de las pistas que había dejado, no se veía en pantalla porque no quería dar a todos esos “espectadores hipócritas” que durante años habían estado apoyando a Tony y que ahora clamaban su castigo la satisfacción de verle morir.

3 Comments

  • Ok, I’m just learning spanish so I don’t know if I got everything write. And I hope it is okay that I respond in english.

    I think the author is right by saying these characters are way more complex than everything there has ever been. We saw Travis Bickle in Taxi Driver, we saw Alex DeLarge in Clockwork Orange or Bill “The Butcher” Cutting in Gangs of New York and they all were awesome written/acted characters, but TV Shows got the advantage that they got way more time to develop and create a character with all its depth and uniqueness.

    And none of them, is comparable with another. We got Tony Soprano, the family man/business man combination. We follow him making cruel things, but on the other hand caring about his family and showing so much love for pets and babys, but in the end it’s left to us to evaluate how it will end for him.
    We got Walter White, a man just as stereotypical as his name, till he finds out that there is something that no one can do better than him. Sure he gets alot of money, but his motives change just at the point, when he sees how much power he gets with this “gift”. Vince Gilligan just brilliantly described it as its growth then decay then transformation, till we only have Senor Heisenberg left.
    Another man is Dexter Morgan. We see him doing really bad things and I am pretty honest when I say that we sympathize with him. However after all these things he does, he’s still a good guy catching bad ones, or isn’t he? There are hints in this show that everything he does is still bad and always will be. Think about it, nothing good (besides Harrison) has ever happened to Dexter. Rita died, because of him, his brother “got lost” in trying to create a connection to him, his sister, how many times is she the one who suffers. So think about it, is this going to end good or bad for him? It’s just the same as it is with Walter, maybe it starts with a good motive, but what is the prize?
    The last character I’m going to talk about is Vic Mackey (The Shield). He is similar to DM and WW but still unique. Making decisions for his families (Family and Strike Team) and trying to clean the streets from all the bullshit that just happens there. But what reamins? He loses everything, his family, his friends and his job, so was it worth it? In some of the greatest TV Show endings I’ve ever saw, Shawn Ryan creates an incredible dramatically depressed atmosphere and goes to the top by using lyrics saying:

    When you turned out the light
    and walked out the door
    I said to myself
    what did I come here for?

    Did you have a good time
    drinking whiskey and wine
    and did you want to be
    Bonnie and Clyde?

    What goes on in your mind,
    what goes on in your head?
    Who did you think I would be
    ha, well you got me instead.

    I couldn’t describe it better, it was fascinating…

    So where is the point, what’s left? I for myself think that it is really how its often explained, “you either die a hero or live long enough to become a villain”.

    I remember reading critics saying “If we are going to cheer for a serial killer or a guy cooking drugs, we are finally loosing the last humanity in us”. But lets see it vice versa. Can we human become badlier as we are already? Maybe these writers try to create examples of our society as it is and in showing how cruel their journeys end, they just write about the way we’ll end. I’m not saying every character / show can be compared to shakespearean dramas etc. but shows like The Wire, Sopranos, Breaking Bad, Dexter or The Shield (really recommend for you guys!) are our modern literature and maybe we should start learn from them instead of teaching Shakespear over and over in graduation classes. I’m not saying that it’s bad, I’m just saying we should try to develope.

  • Thanks for a truly inspired appreciation of and for my article, Sascha. You make really good points on yours as well.

    It is no doubt meaningful that throughout the course of these shows we are rooting for these characters, in spite of everything bad that they have done (and will continue to, that is why we are so in love with them). They are portrayed as heroes, whereas a more accurate description would have them tagged as villains, or villainous fellows at least. But in the end, aren’t we all? I find it extremely difficult to become engaged in a film or tv show that only deals in absolutes: you are presented with the good guy, the one you are forced to side with, and along comes the bad guy, which you must despise. Things do not work like that, not at all. The human being (thank God) is far more complex than that. We are constantly facing situations or having to make decisions in which we could very easily lean towards a kind of evil, if I may use the word. We (fortunately) tend to do the right thing, or at least minimize the consequences of our ‘evil’ deeds, but the fact remains that when presented with a harrowing panorama we could very easily flip the switch and see ourselves become that villain you were referring to. Of course this is all very radical, however bearer of some truth.

    The bit about these series being our modern literature is the one where I absolutely and incontestably must agree with you. No one reads anymore, or that is at least the impression you get when teaching high school kids. What they however do is watch these shows, and they love them profoundly (that is also my impression). So what would happen if someone were to tell these BreakingBad-addicted kids that Shakespeare wrote something along those lines not that long ago? I have not read the whole original text but as a kid my parents presented me with this adaptation (in novel form) of some of Shakespeare’s greatest works. And there it was: Macbeth. Macbeth is a tragedy that deals with a man’s ambition and consequent decay. His wife is also involved somehow. Breaking Bad follows that very same route, though it does so setting the story in our days. A classic Shakesperian tragedy, told in five acts, that finds its dead-ringer in an AMC tv show, told, as if fate wanted it that way, in five seasons. Brilliant.

  • Simplemente brillante.

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