El muerto y ser feliz

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Perros callejeros

Santos va a morir. Lo sabe. Lo sabemos. Y sufre. Pero no por algo tan mundano como perder la vida, sino porque se le han acabado las pastillas que le alivian por un rato el dolor y encima la enfermera no le quiere enseñar las tetas. Con un buen puñado de analgésicos y a lomos de su viejo carro, este atípico asesino a sueldo emprende una huida, desde Argentina hacia el norte o ninguna parte, como un renegado de su propia vida para el que viajar es El último refugio (Raoul Walsch, 1941)

Renegado o no, Javier Rebollo es sin duda un cineasta particular, esquinado, dado a reinventarse y huir en cada nueva película. Escapa junto a sus personajes de los corsés que les imponen sus vidas, a la vez que se aleja de una cinematografía española aletargada desde sus cimientos, los que rompía formalmente en sus anteriores trabajos desde el punto de vista, y que ahora, en su nuevo film, logra desbaratar a través de una omnipresente voz en off que anticipa los diálogos de los personajes, recorre sus pensamientos y describe lo que estamos, o no, viendo. Un ejercicio arriesgado que obliga al espectador a entregarse al relato y condiciona el visionado de un modo sugerente, provocador, anti-climático y tan rico en detalles como probablemente extenuante y agónico. Quizás como el destino del personaje de Santos, encarnado por un formidable José Sacristán, Bogart quijotesco, sin molinos ni sombrero más que el negro que lleva puesto.

El guión, co-escrito por Rebollo junto al argentino Salvador Roselli (guionista de Liverpool o Las Acacias) y Lola Mayo (inseparable en toda su obra, cuya voz en off guía buena parte de El muerto y ser feliz), se somete a una relectura constante, a la tensión febril del que conoce los mecanismos y maneja los referentes, pero que decide ser tan libre como para no hacer nunca lo que se espera de él, para mejor no llegar a reconocerse a sí mismo. El resultado es como uno de esos perros que rondan el film, nacidos de una búsqueda infructuosa y abandonados en el bosque, libres, solitarios, auténticos, únicos, callejeros.

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