No

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Democracia, dictadores y otros anuncios

Antes de que en el año 2001 se produjera el mayor espectáculo jamás televisado, el 11 de Septiembre era una fecha inequívocamente atribuida al golpe de Estado de 1973 para derrocar al presidente socialista Salvador Allende en Chile. Los documentos audiovisuales y la literatura escrita hablan ampliamente de la maniobra de usurpación del control de la nación por parte de Augusto Pinochet; sin embargo, menos conocida es la historia de cómo Pinochet cayó, o mejor dicho, dio un paso al lado en 1988 tras el plebiscito sobre su presidencia en el que triunfó la oposición. Y esa es la historia que viene a contar Pablo Larraín en su última película: No.

El mexicano todoterreno Gael García Bernal da vida a René Saavedra un joven publicista que regresa del exilio y al que recurre la Concertación de Partidos por el No para elaborar la campaña publicitaria del plebiscito. Su idea es aprovechar al máximo los quince minutos de televisión que el régimen concede a la oposición para realizar una campaña basada en la alegría y alejada del victimismo y la denuncia. El publicista está convencido que tiene que vender el “No” con las misma técnica con la que vende un refresco, al fin y al cabo la fórmula ya está escrita y el producto no importa, sólo hay que vender. Evidentemente a la izquierda opositora no le parece muy acertado que la revolución se haga con las armas del capitalismo. Pese a todo, contra viento –la izquierda reticente– y marea –las amenazas del gobierno– René Saavedra y su equipo consiguen sacar adelante la campaña que finalmente daría la victoria a la oposición.

Con este planteamiento y partiendo de la obra de Antonio Skármeta El plebiscito, el director arma una suerte de thriller publicitario, dónde se libran batallas entre anuncios y todo queda subordinado a esas franjas en televisión. La publicidad, discursos públicos y entrevistas que maneja Larraín es material original de esos años y al ser estos espacios televisivos la pieza narrativa central el director optó, en una decisión tan arriesgada como acertada, grabar toda la película con cámaras de televisión de los años ochenta. Con cámara al hombro y formato Umatic cercano al 4:3, la película adquiere una textura que además de servir a una posición estética es lo que permite mantener un discurso coherente.

La buena dirección tanto visual como narrativa de Pablo Larraín le valió el premio a mejor película en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes y la nominación a mejor película de habla no inglesa en los Oscar. Pero más allá de los premios y reconocimientos, es destacable el esfuerzo de una película que denuncia sin posicionarse y que es sobre todo un ejercicio de memoria histórica admirable. Aunque el clímax del film y de la historia se alcanza con el triunfo del No, el director evita echar el telón en ese momento y espera a que se termine la fiesta para descubrir que al final todo sigue igual aunque haya confeti por el suelo. Pinochet se fue tocado pero no hundido, ganó el NO pero no queda muy claro si vencieron y sobre todo si convencieron.

Y es aquí cuando me acuerdo de Carlos, la magistral mini-serie de Olivier Assayas sobre el famoso terrorista pro-palestino. En un momento del primer capítulo el protagonista cena con su mujer de entonces en un lujoso restaurante de Londres; corría el año 73 y hablaban del reciente golpe de Estado de Pinochet en Chile. Ella argüía que era necesaria la presencia en las calles de todo el mundo en apoyo a los chilenos y contra el dictador; Illich, que aún no era “Carlos”, tenía claro que la lucha armada era la única vía para derrocar las dictaduras militares. Sobre todo en América Latina, el patio trasero de Estados Unidos, donde los sucesivos gobiernos americanos no han tenido problema en hacer y deshacer a su antojo, poniendo dictadores o manejando gobiernos: Chile es un ejemplo. Carlos estaba convencido que la victoria sobre los regímenes capitalistas no llegaría por medios pacíficos. Y después de todo tenía razón.

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