Tarantino Desencadenado

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Para celebrar nuestro primer año de vida invitamos a un buen puñado de amigos a escribir sobre la película que nos da nombre, el resultado fue Caleidoscopio Magnolia. Y al igual que Paul Thomas Anderson cruzaba historias de manera portentosa, consecuentemente creemos en mantener ese espíritu, el de seguir cruzando opiniones y dar cobijo a las máximas posibles de ellas. Con el estreno de Django Unchained, el film de Quentin Tarantino nos lleva a desencadenar las secuencias favoritas de su cine de lectores, colaboradores, críticos y webs amigas, a los que hay que añadir la aportación de talentos de nuestro audiovisual como Daniel Sánchez Arévalo, Xavi Daura de Venga Monjas o David Sainz, que se han prestado a participar y con los que no podemos más que identificarnos. Y darles las gracias. A todos ellos.

Esperemos tener ahora no solo vuestra curiosidad, sino también vuestra atención. Tarantino es todo esto y mucho más, o en palabras del Sr. Lobo…

Tarantino no ladra, muerde

Escrito por Álvaro P. Ruiz de Elvira (El País)

Una conversación que parece banal pero que pone a cada uno en su sitio y una canción rescatada de los 60 que supone un prefacio a una hora y media de una violencia menos gratuita de lo que aparenta. El inicio de Reservoir Dogs, hasta que terminan los créditos, no puede ser más Tarantino antes de que Tarantino supiese incluso lo que iba a ser su sello.

El diálogo, con esa cámara que envuelve a los protagonistas y que te hace sentir parte de la pandilla, sobre si Like a virgin de Madonna es una “metáfora de pollas grandes”, y el de las propinas a las camareras, donde Mr. Pink (Steve Buscemi) mete la primera nota discordante al grupo de atracadores, muestran que los delincuentes tarantinianos son (y serán en futuras películas) tan ordinarios y humanos como cualquiera.

Y de ahí a esos segundos a cámara lenta, a 12 fotogramas por segundo acelerados, de la banda entera camino de su “trabajo”, con el Little Green Bag de fondo, que da paso a los créditos. Es como si terminara una película, una con una historia de buen rollo para dar pie a un infierno de violencia y sangre. ¿Tarantino sabía lo que hacía o a partir de aquí marcó su estilo tras el éxito de la película que detonó el cine independiente estadounidense de principios de los 90? Poco importa. Esos ocho minutos, los primeros que vimos suyos, son Tarantino. Uno que no ladra, que muerde.

Espejo, espejito

Escrito por Fernando Eco (Ecos del Balón)

En occidente leemos de izquierda a derecha y es de esta forma como capturamos la información, en la diagonal que va del punto alto del costado izquierdo a la esquina inferior del lado derecho. En este viaje de información es donde Reservoir Dogs se muestra sublime escena tras escena, transportándonos a un mar de sensaciones ingobernables, inacabables e inmortales tras la suma de visionados. Ya se sabe que lo importante no es alcanzar el destino si no las experiencias vividas en el trayecto. Esa es la magia que utiliza Tarantino para hacer de esta película una sorpresa sin fin. A fin de cuentas no hay un paseo igual que otro.

Destino: un espejo. Trayecto: pasillo. Parada: WC. Pasajeros: Dos. Señor Blanco y señor Rosa.

La postal que nos dibuja Tarantino es magistral. Primero nos sitúa con un sendero que apunta al horizonte con el espejo gobernando en su punta de fuga. Espejo, juez y parte. Blanco siempre protagonista, capitaneando la escena. Fuera de plano habla el señor Rosa. El señor Rosa son los árboles que vemos dejar atrás a través de las ventanas del tren, si te despistas fijando tú atención corres el peligro de quedarte atrás.

Cuando cierra plano es cuando se produce la magia. El señor Blanco a la izquierda, es la primera información que vamos a recibir, lo más importante. Tarantino quiere que nos centremos en él, indiferente es que el señor Rosa no pare de hablar contando “no se qué”. Para fijar nuestra mirada en el verdadero protagonista nos planta un muro (espejo, juez) en mitad de la imagen para dejarnos encerrados en el rostro del señor Blanco. Y entonces emerge el espejo (parte) duplicándonos a nuestro protagonista, mostrándonos la duda y el miedo que le gobierna. Viajar es extraordinario.



 

Escrito por Daniel Sánchez Arévalo (AzulOscuroCasiNegro, Gordos, Primos)

La secuencia que he elegido es de Pulp Fiction, la conversación en el ascensor entre John Travolta y Samuel L. Jackson sobre el masaje de pies.

¿Es la mejor? No lo creo. Pero yo, como casi todo lo que hago en la vida, la he elegido por motivos emocionales. Corría el año 2000 (ese en el que todos pensábamos que los ordenadores iban a petar e íbamos a volver a las cavernas). Yo estaba en NY, con una beca Fulbright, estudiando un Master de Cine en la Universidad de Columbia. En los talleres de dirección, durante los primeros seis meses, no nos dejaban trabajar con actores profesionales. Todos los ejercicios había que hacerlos con gente de clase. Así que de esta manera, acabé haciendo de actor por primera vez en mi vida en la secuencia que nos ocupa. Un momento muy importante en mi carrera, no como actor (que era malillo) sino como director, porque experimentar la interpretación en primera persona me ayudó a entender de manera más profunda e íntima los procesos por los que pasa un actor y sobre todo aprender a respetar y querer la profesión, algo fundamental si quieres dedicarse a esto del cine.

 

Girl, you’ll be a woman soon

Escrito por Martín Cuesta (Cinemaadhoc)

Tal vez sea la escena que protagonizan Mia Wallace (una Uma Thurman a la que nunca deberías masajearle los pies) y Vincent Vega (John Travolta, apoteósicamente rescatado de oscuros abismos por Mr Q.) en Pulp fiction una de las que mejor resumen el inconfundible estilo que Quentin Tarantino ha marcado como propio a lo largo de su carrera, paradigma de sus obsesiones y su forma de entender la cosa esta del cine. Quizás por el uso de la música, no como un elemento que se limita a acompañar la acción sino como un leit motiv que forma parte integral de su desarrollo (en este caso el Girl you’ll be a woman soon de Neil Diamond versioneado por Urge overkill), o tal vez por el tenso montaje paralelo que alterna a nuestra femme fatale con demasiadas ganas de fiesta y al bueno de Vincent sumido en la incertidumbre, con ganas de caer en la tentación pero con muchas menos de afrontar las consecuencias a lo que esto daría lugar o quizás por ese final de escena, sobredosis visual y de las otras, que no sabemos con exactitud si nos produce más sobrecogimiento o risas, el caso es que si admitimos que una escena debe ser un microcosmos lleno de detalles a pequeña escala del Universo que genera un creador, este momento de Pulp fiction podría considerarse un ejemplo perfecto para conocer de que va el cine del amigo Tarantino, que es lo que bulle en esa perjudicada, hiperactiva y llena de referencias cabezota.

Escrito por Sarajeski (Cine Maldito)

Mia tiene una sobredosis y en cualquier momento puede irse definitivamente al otro barrio. Vicent Vega (¿tal vez el hermano de Vic Vega, el señor rubio de reservoir Dogs?) conduce a todo trapo por la carretera de camino a la casa de su camello con el mantiene una conversación surrealista.

Estamos ante la famosa escena donde Vicent debe clavar una jeringa en el corazón de Mia o está morirá, ocasionando algún que otro pequeño percance para Jhon Travolta con respecto a su jefe, el marido de la señorita Mia Wallace. A la urgencia de salvarla se une la velocidad de diálogos, lo que es propicio a la comedia más alocada de toda la película, con la tensión por las nubes mientras los personajes intentan manejar la situación como pueden a la par que se atacan mutuamente, rompiendo ese “buen rollo” entre todos al que habíamos asistimos unas escenas atrás. Pero lo mejor del asunto, lo que eleva por encima de todo a la escena hasta convertirla en icónica, es la jeringa. Tememos tanto como deseamos el momento en el que un sufrido Vicent deba apuñar a su bella durmiente. Y el caso es que todos hemos visto como se la clavaba (la jeringa). Pero no. Falso. En ningún momento vemos en pantalla dicho instante. Por montaje y posición de cámara Tarantino nos priva de ello unas centésimas de segundo de que ocurra. Y sin embargo, a quien le preguntes, todos te dirán que sí. Es una de esas imágenes que Tarantino consigue que todos guardemos en nuestra memoria, aunque no exista.

La puñalada de Travolta a una yonki Una Thurman es como el “tócalo otra vez, Sam” de Casablanca. Siempre existirá en nuestra cabeza.

Pequeña gran historia de amor

Escrito por Álvaro Eme Eme

Butch Coolidge, es decir, Bruce Willis, es decir, Ramón Langa, tiene dos opciones: irse de la tienda de empeños que oculta una mazmorra sadomasoquista a la que ha llegado por accidente o volver para salvar a un hombre que quiere acabar con él, Marsellus Wallace, de las garras de una tribu tan extraña que solo puede existir en la realidad.

Vuelve (“Es el orgullo, que intenta joderte”), pero no de una manera cualquiera. Cierra la puerta de la entrada, resopla, sabiendo que hay algo que debe, puede y quiere hacer. Butch, como un pintor eligiendo sus pínceles, comienza a visualizar su obra con cada arma que elige de entre las que hay en el stock. Sólo que no es él quien que elige, es Tarantino.

Empieza por el martillo. Demasiado bruto,  sin carisma.  Pasa al bate de béisbol, demasiado obvio, demasiado directo. Coge una sierra eléctrica e intenta hacerla funcionar. Demasiado…demasiado. Entonces Butch/Tarantino posa su mirada, con auténtica devoción romántica, como el que ve por primera vez a esa chica especial, sobre su arma.

Deja con indiferencia la sierra en el mostrador, mientras de fondo oímos una de esas canciones “tarantinianas” (subir el volumen) y los gritos del maníaco que abusa sexualmente del mayor mafioso de la ciudad. Agarra la katana (quiero, de verdad que quiero pensar que es una katana de Hattori Hanzo) contemplando maravillado su futuro y entra, despacio y saboreando cada momento previo, en ese pequeño círculo del infierno. Crea contacto visual con Marsellus, que ahora mismo está “a mil jodidas millas de estar bien” y Butch y Tarantino, en estado de trance total, empuñan su espada y salvan la situación.  “Zed’s dead, baby.”

Butch Coolidge choosing his weapon

Escrito por Rafael Teruel

Toda persona tiene una versión chico “hardmotherfucker”,  versión de pequeño héroe que llega en el momento en que el matón le roba al indefenso, de bestia oprimida, de “conflictos”, de defensor de las injusticias, una figura digna de la doble moral típica de las películas de Tarantino y es por eso que casi siempre nos identificamos con este tipo de personajes en sus largometrajes. Me apuesto las mismas jodidas manos que están escribiendo ahora mismo (las de un esclavo negro que tengo en mi alcoba) que el señor Quentin soñaba de pequeño con ser ese antihéroe “reshulón” porque admitámoslo, mola mucho.

Y representando esos valores de los que hablo se encuentra Butch (Bruce Willis) en Pulp Fiction que es, por si no lo habíais notado ya, uno de mis personajes favoritos de todas las obras “tarantinianas”. Este calvito boxeador decide plantar cara a toda una banda de gánsteres sin ningún aliado más que su ingenio y mala ostia por el simple hecho de querer sentirse una persona con poder, el poder de elegir sobre su propio destino, una destino manipulado por los dedos de Tarantino, un destino que le lleva a salvar la vida al hombre que se la quiere quitar.

Como si de un libro con polvo en lo alto de un mueble se tratara, todos tenemos esas ideas turbias que están pero “no están” y cuando Mr. T sopla sobre esa cubierta y abre las páginas de su propio libro con (cada vez menos) polvo nosotros aplaudimos porque muy en el fondo, también hemos tenido ideas tan macabras. Y es que cuando Butch se encuentra en la tesitura de irse o salvar a su enemigo es cuando aparece este antihéroe del que tanto hablo, ese defensor de las injusticias. Por muy alto que sea el trampolín cuando Quentin nos invita a saltar, saltamos y nos invita a meternos en su mente en esa versión más perversa y nos deja ver todo lo que pasa por allí y la viva representación de ello es cuando Butch despierta ese gen bestial de asesino en cuanto entra en contacto con cada herramienta a cual más sangrienta (con esa canción de The Revels de fondo), un bate, un martillo, una motosierra y… una espada samurái y todos dentro de nosotros gritamos: “¡Si joder la espada samurái!” (aunque también hayamos pensado en la motosierra), la misma espada que perseguiría a Bill, la misma espada que rinde homenaje al cine oriental, la misma espada de un personaje al que nos gustaría encarnar en los sueños más atrevidos porque seamos sinceros, esa versión de toda persona de la que hablo tiene nombre propio y se llama Quentin Tarantino.

CAFÉ

Escrito por Xavi Daura (Venga Monjas)

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Iba a mirarme por enésima vez Kill Bill Vol.1 y describir alguna escena que me supusiera especialmente descriptiva de lo que significa el cine de Tarantino para mí. De sus pelis (y del cine en general) es con la que mejor me lo he pasado en una sala de cine. Pero antes he ido al súper porque me he quedado sin café.

2

Vi Pulp Fiction a los 10 años, en casa. Mi padre la puso y yo le hice compañía en el sofá, así es como yo veía la mayor parte del cine en esa época.

Lo que me encontré fue una peli de gángsters con mucho diálogo y (en mi opinión de niño de 10 años) poca acción. Aun así, me tenía enganchado. La razón: mi padre, un respetable director financiero de una empresa de fármacos, no paraba de descojonarse de risa y yo no entendía dónde estaba la gracia. El momento en el que directamente le explotó la cabeza a carcajadas llegó cuando el propio Tarantino, cabreado por tener un cadáver en el garaje, dice “no es necesario que me digas lo bueno que es mi café, porque lo sé: lo compro yo. Cuando mi mujer va de compras, compra mierda; yo compro las cosas caras porque cuando me las tomo quiero que sepan bien.”

3

Ahora mismo me encuentro en el súper, delante del escaparate con todas las marcas de café. Descubriendo que no tengo que ver Kill Bill, sino que tengo que hablar de esa escena. Dándome cuenta de que crecer y convertirme en un hombre no es otra cosa que ir entendiendo, a lo largo de los años, cada frase de Pulp Fiction en relación a la risa de mi padre. Y lo que me falta.

Soy el Señor Lobo, soluciono problemas

Escrito por David Sainz (Malviviendo)

Pulp Fiction ha sido, de momento, la película más importante de mi vida. Creo que la vi en el momento adecuado, siendo responsable de mi obsesión con el cine y mi sueño de dedicarme a esto.

La secuencia con la que me quedo es la pequeña historia del señor Lobo, posiblemente una de las más cómicas de la película y en mi opinión, de las más redondas. Creo que uno de los fuertes de Tarantino es crear grandes personajes que se graban a fuego en la memoria del espectador. Este es el caso del señor Lobo, un secundario que no llega a salir diez minutos en toda la película y que sin embargo es imposible no recordarlo como la guinda de esta joya desordenada.

Es inevitable acordarse del señor Blanco de Reservoir Dogs cuando vemos aparecer en la puerta a Harvey Keitel enfundado en su impecable esmoquin. Un carismático profesional que soluciona problemas sin siquiera despeinarse; solo hay que seguir sus instrucciones. El cameo de Tarantino, la descompensada lucha de egos entre Lobo y Vincent y los esfuerzos de Jules para no molestar demasiado al dueño de la casa donde han aparcado el marrón, hacen de esta una secuencia que merece ser destacada. Una historia con principio y fin, una de esas fantásticas situaciones tan absurdas como realistas, tan cómicas como duras, marca de la casa del director… Pero como diría el señor lobo: no empecemos a chuparnos las pollas todavía.

Escrito por Enric Badenes (@basanmau)

Sin lugar a dudas una de las escenas más representativas de su cine. Este segmento desarrolla una escena que aglutina los aspectos más fundamentales de su cine basados en la doble brecha en la representación de la violencia y la muerte: por un lado, un nivel claro de literalidad y, por otro, un discurso y narrativa lúdicos y desenfadados que banalizan la crueldad de la imagen, consiguiendo una atípica digresión entre estas dos formas del lenguaje: imagen y sonido. La violencia en Tarantino rompe con su carácter común, constituyendo un conjunto de situaciones impensables en otros contextos: un hiperrealismo literal, sádico (casi insoportable) que acaba por ser algo más, muchas veces pura parodia. Podemos observar como el diálogo entre los personajes se impone al valor de la acción; consigue por momentos absorver al espectador; conseguir que olviden “que hay un negro sin cabeza metido en un maletero”. La estructura del guión es porosa, líquida, de estructura poco definida, inesperada, móvil. Es pura posmodernidad. Todo ello junto a una imagen que es pura ecláctica: la seriedad de Harvey Keitel contrasta con los ensangrentados gangsters y la estupefacción de un director decidido a participar de su propia locura.

El amor en los tiempos de la cólera

Escrito por Manuel Ortega (Miradas de cine)

A mí las películas de amor me dan risa. No sé si porque soy muy simpático o porque me he enamorado poco y hace tanto tiempo ya que me río todavía. Pero es que a mí  Meg Ryan (que me gusta y tal) y Tom Hanks (que me gustaría que fuera mi tío Tomás y eso) me parecen como monolitos cyborgs, hologramas de una trama de ciencia ficción fantasiosa y terrorífica. Lágrimas que se perderán bajo la lluvia de café en el campo. A mí solo se me ha movido el corazón de amor dos veces en el cine: una fue con Laura Palmer y el menos delgado de los Baldwin en los Vampiros de John Carpenter y la otra con un prestamista apuesto y una vintage azafata cañón.

Por eso yo he venido a decir que el amor en el cine de Tarantino existe sin que éste casi nunca tome las riendas o sea la excusa o la manera de salvar de la quema el desastre o la rutina, funciona como banda sonora, como trampolín libre y salvaje en Kill Bill o Django Unchained, como poroso y epidérmico detonante en Pulp Fiction o como sutil reverso de unos delincuentes de segunda cercanos a la tercera edad en Jackie Brown. Jackie Brown, la película clásica de un posmoderno rebelde, es la historia de un romance inconcluso e incompleto entre dos personas presuntamente acabadas, y también un catálogo del romanticismo naif y resultón, blanco y comedido, profundo e inteligente, que nos presenta a un Tarantino que por una vez se deja de trucos para enseñarnos al mago en toda su extensión.

Una cinta de cassette, un mensaje tembloroso en el teléfono, el número interminable de un busca, la escena magistral del centro comercial, la esperanza cumplida de que ellos dos no se traicionen en un mundo que se va a pique entre individuos que quieren acabar con los demás, policías estúpidos, traficantes torpes, novias asesinadas y pura droga sin cortar, son los elementos que magnifican una pequeña historia de respeto mutuo y amor verdadero, la prueba de la existencia de una pequeña esperanza para sobrevivir a la corrupción de las almas y de los cuerpos. Y a Tom Hanks y Meg Ryan.

Escrito por David (Cinempatía)

Una escena de Jackie Brown que se me quedó grabada, y atención con los SPOILERS, es aquella en la que el personaje de Robert De Niro mata a balazos al de Bridget Fonda en el aparcamiento, por la sensación de sorpresa que consigue crear Tarantino. Previamente hemos visto cómo la relación entre ambos personajes iba crispándose paulatinamente. El personaje de Bridget Fonda es una mujer juguetona y el de Robert De Niro tiene muy malas pulgas, combinación que se descubre letal. Los momentos previos al disparo podrían ser el preámbulo de una discusión cotidiana en la que uno repite una frase para molestar al otro, sólo que aquí el otro lleva una pistola en los pantalones y no le tiembla el pulso. Tarantino cuelga en pantalla sus sueños húmedos. Sus discusiones no acaban con un apretón de manos y egos heridos, acaban con sangre y la muerte del pesado que te saca de quicio.

Hombre del sur

Escrito por Antonio M. Arenas

Aunque Knoxville, Tennessee, más bien esté al sureste, para su fragmento de Four Rooms (1995) Tarantino se inspiró en un célebre episodio de la serie Alfred Hitchcock Presenta titulado Man From The South, protagonizado por Steve McQueen y Peter Lorre, casi nada. Un episodio que a su vez está basado en el homónimo relato corto de Roald Dahl, incluido en la recopilación Relatos de lo inesperado (Anagrama). Lejos de la literatura infantil por la que se conoce al autor de Fantastic Mr. Fox, esta serie de relatos son negrísimos, torcidos y dejan al lector sin capacidad de reacción a lo que está leyendo. Sin dejarle reaccionar tampoco, Tarantino en persona arrambla con el botones (un Tim Roth de dibujos animados) en un plano secuencia de diálogo metacinematográfico de lo más divertido, haciéndole participar en una pequeña apuesta de la que no tendrá otra escapatoria más que presenciar y tomar parte. Si el episodio de Hitchcock Presenta respetaba el oscuro y sorprendente final del relato, Tarantino no lo tiene en Quentin, cierra su historia y la película como mejor sabe, con un golpe sádico y cartoon de violencia. Mientras nos vamos silbando hacia la salida contentos por el trabajo bien hecho y disfrutado, los gritos no podrán dejar de hacernos oír la música.

 


 

Chapter three: The Origin Of O-Ren

Escrito por Pablo Aranda

Dentro de la aplaudida filmografía de Quentin Tarantino, nada me ha resultado más excitante que el pastiche que creó en Kill Bill Vol. 1 (2003). En la narración, de forma no lineal y plagada de flashbacks, llama la atención la parte 3, en la que a modo de elipsis se narra la vida criminal de O-Ren Ishii y sus motivaciones personales. Para ello, Tarantino utiliza los mismos ingredientes que se paladean en el resto de la película: una violencia desmesurada y manierista con la venganza como leitmotiv pero en apenas 8 minutos. Este fragmento, aun conservando los rasgos de las producciones manga, con un lenguaje en el que los baños de sangre, los desmembramientos y perforaciones de sien de un simple balazo son aceptados, no desentona en absoluto con el resto de la historia y podría haber sido rodado por Tarantino con su propia cámara. De hecho el espectador lo percibe como un contrapunto más formal que estético.

Todo parece caber en el cóctel de Tarantino pero no es casualidad que tantos y tan variados ingredientes pasados por la túrmix resulten un manjar tan estimulante y nutritivo. A pesar de la arriesgadísima puesta en escena, todo en la pelicula funciona de forma milimétrica y hacen de Kill Bill Vol. 1 la gozosa orgía visual que es y que sigue (y me aventuro a decir que seguirá) manteniendo sus cualidades estéticas con el paso de los años.

Y cada mañana al despertar seguirías siendo Beatrix Kiddo

Escrito por Tolo Nadal

Cuando Beatrix Kiddo supo que estaba embarazada renunció a vivir como amante y asesina para poder ser madre y esposa. Una cosa es quitar una vida y otra mucho más peliaguda es alumbrarla, pero puestos a dar el paso mejor hacerlo bien, pensó Beatrix. Eliminó todo rastro de su existencia anterior con la mejor de las intenciones, que es como salen éstas cuando se actúa en nombre del amor. Pasó a llamarse Arlene y abandonó al hombre de su vida por Tommy Plympton, que tenía una tienda de discos en El Paso. Bill, despechado, le puso una bala en el cráneo aunque en realidad apuntó al corazón. Sin su hija, a Beatrixx no le quedaba nada. Por no dejar, le arrebataron hasta el nombre. A partir de ese momento sería conocida como La Novia y donde antes había un corazón, sólo cabría odio.

Años después, cuando La Novia se presenta en casa de Bill buscando venganza, el corazón se le recompone de golpe. La Novia se encuentra con la pequeña B.B. apuntando a su pecho con una pistola de juguete y, al disparar, acierta de pleno. Tiene la sonrisa de su madre.

Una vez acostada la niña, la Novia se reúne con Bill en el salón y éste se dirige así a su persona favorita:

“Como sabes, Peque, me gustan todos los cómics, especialmente los de los superhéroes. Encuentro que toda la mitología que rodea a los superhéroes es fascinante. Piensa en mi héroe favorito, Superman. No tiene un gran argumento, ni tampoco un buen dibujo, pero la mitología… su mitología no sólo es genial, es única.

Verás, algo básico en la mitología de los cómics es que cada superhéroe tiene su álter ego. Batman no es otro que Bruce Wayne; Spiderman se llama Peter Parker. Cuando el personaje se despierta por las mañanas, sólo es Peter Parker. Tiene que ponerse un traje para convertirse en Spiderman y esa es la característica que hace de Superman algo único: Superman no se convirtió en Superman, sino que nació siendo Superman. Superman cuando se despierta por la mañana es Superman. Su álter ego es Clark Kent. Y su traje, el que lleva esa enorme “S”, es la prenda en la que estaba envuelto cuando lo encontraron los Kent siendo un bebé; esa es su ropa. Lo demás: las gafas, el traje azul, es un disfraz que Superman se pone para ser uno más de nosotros.

Clark Kent es su visión de nosotros. ¿Y cuáles son las características de Clark Kent? Es débil, no confía en sí mismo, es un cobarde… Clark Kent critica así a toda la raza humana.”

A través de esta analogía, Billl hace ver a la Novia que nació asesina y que por mucho que quiera no puede renegar de ello. Siempre lo ha sido y siempre lo será. Suero de la verdad mediante, Beatrix Kiddo, que así se vuelve a llamar, admite haber disfrutado de todas y cada una de las muertes que le han llevado hasta él. Beatrix Kiddo es asesina, es madre y se dispone a reventar el corazón de Bill.

 

Escrito por Daniel De La Cuesta De Cal (Cineuá)

Si me pidieran un buen resumen de las señas de identidad del cine de Tarantino, creo sinceramente que Death Proof es el lugar adecuado para encontrarlo. Es, en concreto, la secuencia del accidente en el que Stuntman Mike acaba con la vida de las cuatro chicas protagonistas de la primera parte de la película la que acumula en poco más de tres minutos gran parte de dichas señas, entremezclando referencias pop con detalles filmados con esa suavidad tan característica del de Jacksonville (los pies, el pato), además de una trama repleta de diversión y resuelta en con violento desenfreno bajo la música de los Dave Dee, Dozy, Beaky Mick & Tich tras el diálogo que sobre ellos mantienen Jungle Julia y Butterfly.

Asimismo, la secuencia es la representación del choque literal y figuradamente mortal entre los dos universos que manejan sus películas: de un lado esa referencialidad superficial vía diálogos y camisetas de Badass Cinema de la cual vive rodeado; quedando el otro en manos de aquellos realmente involucrados en ese submundo de serie B al que tanto idolatra. Recreándose visceralmente en los destinos de las cuatro pasajeras, Tarantino parece sentirse partícipe de aquello a lo que homenajea más que nunca, parece decirnos que su involucración es total, más allá de guiños y detalles.

Lo aparentemente frívolo de su discurso es una constante en la película y en su cine, pero quizá sea en esta secuencia (y en esta película) donde Tarantino alcanza mayor crudeza y desnudez en su objetivo de colocar lo suyo en lo ajeno, lo propio en aquello de lo que se apropia. De hacer, al fin y al cabo, lo que quiere hacer: su cine.

 

Erase una vez… en la Francia ocupada por los nazis

Escrito por Jordi Revert (labutaca)

El capítulo primero de Malditos bastardos es quizá mi escena favorita de cuantas haya firmado Quentin Tarantino. Quizá porque siempre la he visto como punto y aparte en su cine, donde el director abre una nueva etapa en la que se empeñará en remontar la Historia, reformularla en su cinefilia. Y en ella aparece el gran protagonista de esa etapa, que no es otro que Christoph Waltz. Caracterizado como el coronel Hans Landa, uno de los personajes más fascinantes de su filmografía, encabeza aquí un pequeño grupo de las SS que llega al hogar de una familia francesa para registrarlo en busca de judíos. La escena es, quizá, la mejor declaración de amor de Tarantino al western: un homenaje en el que se dan cita el prólogo de Hasta que llegó su hora, la música que Ennio Morricone compuso para El halcón y la presa y El retorno de Ringo o el plano final de Centauros del desierto. También, es una demostración de impecable puesta en escena y un pulso a los nervios del espectador, mantenido hasta lo insostenible en el diálogo incómodo, prolongado que mantiene Landa con el campesino.

Minuciosas minucias

Escrito por Taimar Alves

El comandante Hellstrom sabe perfectamente que en la carta colocada en su frente está escrito King Kong, mucho antes de decirlo. También sabe que algo huele mal en la mesa en la que está sentado. Pero con calma sigue el juego. El mismo juego que contiene el aliento de la joven Shoshanna mientras el asesino de sus padres le mira inquisidor al otro lado de la mesa y maliciosamente le pide un vaso de leche. Hans Landa no tuvo ningún problema aquel fatídico día en alabar la leche del pobre Perrier Lapaditte y permitirse reflexionar sobre la naturaleza de los judíos, los mismos que bajo sus pies contenían la respiración.

En el transcurso de esas tres escenas el espectador es perfectamente consciente de lo inflamable de la situación. Del peligro latente y de la tensión que provoca en los protagonistas. Puede sentir el sudor caer por su propia mejilla. Es ahí cuando Tarantino se regodea en los detalles, en la aparente trivialidad. Las minucias que caracterizan la antesala de lo importante: la calidad de la leche del señor Lapaditte, la importancia de comer el delicioso strudel con nata y café (con dos cucharadas), una última copa de whisky antes de ponernos serios.

Tarantino hace que disfrutes de los detalles, que pueden parecer insignificantes, pero entonces Archie Hicox pide los tres whiskys. Los detalles se convierten en claves y la antesala se convierte en escenario.

Duelos mejicanos en La Louisiane

Escrito por Juanjo R. (cinefilo.es)

No seré yo quien diga que Malditos Bastardos es una de las mejores películas de Tarantino, pero hay que reconocer que los 18 minutos que transcurren en la taberna La Louisiane resumen perfectamente la esencia cinematográfica de un director que continúa polarizando tanto a la crítica como al gran público, en dos bandos tan definidos y enfrentados como los propios personajes de sus películas.

Esta vez los brillantes y siempre estirados diálogos están al servicio de una de las mejores recetas de suspense que se han cocinado en la gran pantalla. De forma similar al juego que practican los soldados alemanes, intentando adivinar la personalidad oculta de personajes cuyo nombre está a la vista de todos, el espectador conoce la naturaleza de todos los elementos que se están empezando a agitar en un cóctel demasiado explosivo, y cuyo resultado es tan inevitable como imprevisible, en este caso potenciado por las claustrofóbicas dimensiones de la abigarrada taberna.

Destacar el soberbio montaje de la malograda Sally Menke, sobre todo en la trepidante apoteosis final donde podemos disfrutar nada menos que dos enfrentamientos a tres bandas, también conocidos como duelos mejicanos o mexican standoff, una de las señas de identidad del spaghetti western y, por ende, del propio Tarantino. En este tipo de duelos cambian las reglas del juego ya que nadie es un claro ganador y el primero en entrar en acción tiene todas las de perder. De hecho, es curioso comprobar cómo se llega a analizar esta situación y sus consecuencias llamándola por su nombre: “Un duelo mexicano no es lo que se dice confianza” menciona Aldo Raine mientras es encañonado por el Sargento Wilhelm.

Esta claro que Malditos Bastardos le debe todo a sus tres escenas de acción sabiamente distribuidas al comienzo, mitad y final del metraje; pero es la que transcurre en La Lousiane la que mejor condensa las virtudes y defectos de uno de los auteurs más genuinos del panorama cinematográfico actual.

Escrito por Manuel Ruiz

Todo el mundo tiene su propia visión de la Guerra. Tal y como relataba el teaser de la película, no has visto la guerra hasta que no la has visto a los ojos de Tarantino. Y toda guerra tiene que tener un final, un vencido y un vencendor.

El virtuosismo y la crueldad que se respiran a lo largo de toda la película parecen no dejarse sentir al comienzo de la última secuencia de los bastardos, hace que nos enfrentemos a una secuencia sencilla, tanto narrativa como técnicamente. Pero entonces llega el momento, el lugarteniente Aldo Raine contra el Coronel Hans Landa, Pitt contra Waltz, y lo que en otro momento de la película hubiese sido un duelo dialéctico de acentos, egos y vanidad, se convierte en una rendición aceptada por las dos partes. Es aquí donde entra la impronta de Tarantino y el discurso dialéctico de los personajes comienza a levantar cogiendo fuerza, una fuerza que entra apoyada a la perfección con los primeros acordes de la Rabbia e tarantela. Y es que ya se sabe que la guerra no es un juego de niños, como tal no puede acabar en ello. Lo que instantes antes eran dos hombre poderosos en busca de un pacto firmado, se convierte en un juicio de valor que concluye como no podía ser de otra forma firmando una obra maestra que queda grabada en la retina de todos y en la frente de uno.

 

“Give me a black slaver”

Escrito por Alejandro Arroyo (Ecos del Balón)

Pues tendrás un negro esclavista.

A la hora de metraje. Django y el Dr Schultz entran en casa de Calvin Candie. Un travelling imperceptible antes de subir la escalera de la casa. Se abre la sala de juegos, con una barra de bar, muchos cuencos de caramelo (se escribe Candie, pero DiCaprio siempre tiene uno en la boca, puede que de marca Paco) y una pelea mandinga. Un fugaz zoom presenta a monsieur Candie, el mal encarnado en una sonrisa y acento del sur; tres planos efímeros y cerrando Django en cámara lenta. Como un tiroteo. Tres disparos y el humo de la venganza rematado a lo Peckimpah. Después se oye todo: crujir de huesos, un martillazo y muchos gritos. También los caramelos Paco por el suelo. Así es el mixture tarantiniano en su vuelta a las andadas. Una suerte de cabaret moral sobre los orígenes. Si todas sus películas forman su título únicamente con dos palabras, como el bien y el mal, todo el tambor de Knoxville es un juego de sangre, ningún pudor y música rap en época de esclavitud. Como hacer un western descontextualizado con tres tiros de cámara y una banda sonora. O toda una carrera.

Expect me like you expect Jesus to come back

Escrito por Gonzalo Ballesteros

No me canso de verla; por su complejidad, por la puesta en escena, por la coreografía de actores, por violenta y por divertida: la escena de “la novia” luchando contra los 88 maníacos en Kill Bill es sin duda mi escena favorita de la filmografía de Quentin Tarantino. Por eso he elegido el tiroteo de Django en Candyland. Me explico. Como le dijo Mia Wallace a Vincent Vega en una escena eliminada de Pulp Fiction, en el mundo hay dos clases de personas: los fans de Beatles y los fans de Elvis; si hay que elegir entre katana o revolver, yo siempre he sido más de revolver al igual que Vincent Vega era indudablemente fan de Elvis. Quentin Tarantino es fan de si mismo, por eso se autorreferencia en todas sus películas y por eso cuando Django comienza una masacre a seis balas por pistola no podemos sino recordar a aquella fan de Bruce Lee matando a su destino con el acero de Hattori Hanzo.

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