Siete Psicópatas

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No disparen al guionista

El lúdico sub-género de gángsters que inauguró Guy Ritchie resiste a encontrar una nueva voz que lo refunde tras perderse barrido por la marea. Desde Lock & Stock (1998) y Snatch (2000) se acumulan los intentos fallidos tratando de volver a repetir la fórmula del éxito. Incluso el propio Ritchie lo intentó con no demasiado acierto en la lisérgica Revolver (2005), que pese a todo, en su disparate resulta más valiosa que la simple repetición de esquemas que supuso RocknRolla (2008). El que salió mejor parado fue el productor de Snatch, Matthew Vaughn, al que funcionó para saltar a Hollywood su acercamiento al criminal con Layer Cake (2004), protagonizada por Daniel Craig antes de ser Bond. Eso sí, a riesgo de repetirse no ha vuelto a probar suerte en el género, al contrario, se ha alejado hacia la fantasía y el cine de superhéroes. Como Ritchie en el universo de Sherlock Holmes, encontró un lugar más habitable, pues no han sido pocas las películas de la última década influenciadas por un estilo que parece inimitable e incluso irrecuperable por su propio autor. Ahí reside la duda que asalta a Martin McDonagh en Siete Psicópatas (2012), pretender ser un guionista auténtico y original en una ficción que te impide serlo es una cuestión que solo puede resolverse desde dentro.

Para ello, la principal decisión es colocar a un guionista incapaz de escribir su próximo trabajo (Colin Farrell) como protagonista del film. Con ese nada desdeñable gesto Mcdonagh invoca su alter ego y provoca que la película empiece a construirse a sí misma directamente desde el salto inicial, por medio de una secuencia que presenta al primero de los siete psicópatas, titulo que en realidad alude a los personajes de la película que el guionista trata de escribir durante el metraje. Si nos ponemos en la piel de su autor, tras ganar el Oscar por el cortometraje Six Shooter (2004) y saltar al largo con Escondidos en Brujas (2008) es inevitable cierta presión al empezar a escribir el siguiente guión. Las expectativas con uno mismo, la industria y el público deben ser tan altas que el bloqueo creativo no solo es lógico, sino incluso necesario. McDonagh aprovecha esta circunstancia para permitirse jugar constantemente con lo metacinematográfico, trasladando el punto de vista del proceso creativo a una ficción disparatada de gangsters y ladrones de perros.

Podría parecer a simple vista que Siete Psicópatas lo tiene todo para funcionar como un reloj y continuar explotando el sub-género sin preocuparse por cambiarlo. Una  reparto lleno de actores brillantes, personajes carismáticos (larga vida a Christopher Walken y Tom Waits) y diálogos divertidos para la clase de película que nos encanta. El entretenimiento redondo está asegurado. O no, porque decide salirse por la tangente. ¿Qué falla? No falla nada, o falla todo, el resultado final está lejos de ser esa película perfecta, con ritmo, giros y completamente medida que el público desea y espera ver. Y lo es porque así desea serlo, porque no podía ser de otra manera. McDonagh lucha contra la previsibilidad y estructura de esta clase de films, asume el fracaso como un triunfo frente a su miedo a igualar expectativas, jugando a que la película sea la reconstrucción constante de un cine que admira y disfruta haciendo. Aunque pueda disfrutarse como entretenimiento, principalmente es una reflexión sobre la imposibilidad del género. Tanto es así que en múltiples ocasiones olvida la narración (dando lugar a los más inspirados momentos del film), siendo esta una magnífica excusa para divagar acerca de la imagen cinematográfica, sobre la oscura creación de relatos y personajes perturbados. Y como el guionista es incapaz de llevarlos al papel, irónicamente necesita escuchar historias e incluso verse envuelto en una de esas tramas de gángsters repletas de asesinatos para poder contarlas.

Al igual que el personaje de John Goodman servía de inspiración y tormento para otro escritor en apuros, el John Turturro de Barton Fink (Joel & Ethan Coen, 1991), es precisamente el actor amigo del protagonista, un Sam Rockwell en estado de gracia, el que se desdobla en co-guionista, psicópata y demiurgo de la función. Y lo hace para alentar la creación del propio autor, dando lugar a un clímax final en el que ya no importa el desenlace de los personajes, sino la propia escritura del guión y posterior realización del film. Así que por favor, no disparen al guionista o impedirán celebrar una película que despista jugando a no ser “lo que debería haber sido”, pero que es feliz mientras traza su propio e imprevisible camino por carreteras secundarias, donde las balas suenan a verdad aunque parezcan de fogueo y tinta.

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