Juego de Tronos: Tercera Temporada

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Una reflexión desde más allá del muro

Con House of Cards (Beau Willimon, David Fincher, 2013), Netflix ha dado un paso más hacia la revolución del visionado de series de televisión. Rompiendo con el modelo de capítulo por semana, el canal online ha puesto la serie completa a disposición del respetable el día de su estreno. Puede parecer osado, pero la verdad es que es desde hace tiempo ya que los seriéfilos prefieren esperar a que las temporadas de sus series predilectas estén completas para disfrutarlas en su totalidad, saltándose por el camino la insufrible espera semanal.

Quizás sea Juego de tronos la serie que mejor se adapte a este formato de visionado ininterrumpido. Su estructura capitular, su inabarcable abanico de personajes y la repartición de sus tramas a lo largo de todo un continente suponen el marco perfecto para llevar a cabo, al término de cada temporada, estas consabidas maratones. Es un proceso no exento de riesgos, el más claro la incesante y abundante existencia de spoilers, ese vocablo que adoptamos casi a la misma vez que empezamos a adentrarnos en el mundo de la descarga de series. Hablando de descargas, la serie de la HBO ha resultado ser la más pirateada a nivel mundial -¿alguien se asombra?-, algo de lo que los responsables de la misma aseguran estar orgullosos –aquí sí cabe lugar para el asombro-.

Es un riesgo, decíamos, uno que no sólo está en la red sino en cualquier conversación entre amigos tomando un café, pero si conseguimos llegar al final sin conocer nada de lo acontecido, la posibilidad de tomarnos cada tanda de capítulos como una larguísima película se revela maravillosa. No sólo eso, sino que cualquier intento de valorar o analizar un episodio por separado se delata fútil. Es algo que (quizás) se podría hacer con capítulos de alguna serie procedimental, estilo House, pero que aplicado (en forma de reviews semanales) a productos como Boardwalk Empire, The Walking Dead o el que nos ocupa, resulta en una peligrosa arma de doble filo. Estas series lo son sólo en el nombre, cuentan historias más grandes que ellas mismas, y cada temporada debe ser comentada y revisada en su totalidad. De poco sirve leer el primer capítulo de Drácula de Bram Stoker y proceder a su análisis: el citado llegará cuando concluyamos la lectura del libro en su conjunto, cuando tengamos una visión completa sobre lo que el autor ha pretendido contarnos.

Lo mismo ocurre con Juego de tronos: desechar un capítulo porque no hay acción, porque no aparece la madre de los dragones o porque la largamente esperada incursión más allá del muro comienza en una cabaña sin rastro de los caminantes blancos es tan absurdo como descartar un pasaje de la novela vampírica porque sea un carta de Mina Harper a su mejor amiga contándole cuanto ama a Jonathan y no una entrada en el diario de este relatando los escalofriantes sucesos con el Conde.

En Los Soprano no había un solo capítulo en que Tony estuviera ausente, al igual que en Mad Men pocas son las escenas que no orbitan (de una forma u otra) en torno a Don. Y aun así, Juego de tronos difiere en este aspecto al ser una serie tan coral y con tantas tramas independientes. Con la salvedad del grandioso Tyrion, que si mal no recuerdo aparece en todos los capítulos, es habitual pasar una hora (de diez que duran las temporadas) sin saber nada de algunos de los personajes más protagonistas. Para el espectador que lleve la serie a ritmo semanal la ausencia de Jon Snow o de Arya en algún capítulo puede convertirse en una insufrible tortura que a menudo resulte en varapalos hacia la propia serie. Sin embargo, para aquel que ha resistido estoico el asedio y envite de las semanas y los meses, y que se acomoda en su sillón días después de la season finale preparado para zambullirse en la lectura de un nuevo capítulo de la gran novela (literal y metafórica) que es Juego de tronos, la experiencia resulta en extremo gratificante.

Hace unos días comenzó la tercera temporada, con preestreno en cines incluido. Sería la única ocasión en que me saltase el ritual de espera, la posibilidad de ver un capítulo en la sala oscura. Al parecer, este año los guionistas han optado por difundir mucho más las tramas entre capítulos, por contar con escenas de mayor duración en oposición a dar constantes saltos entre localizaciones. Ya lo hicieron con brillantez la pasada temporada con el noveno capítulo, Blackwater, restringido a una localización y sus personajes, y que mostraba con los recursos y la majestuosidad propia del cine la batalla que se había estado urdiendo durante toda la temporada.

Es de esperar que veamos ahora las consecuencias de esa batalla. Esta temporada abarca la primera mitad del tercer libro, Tormenta de espadas, (la segunda mitad la veremos en la cuarta temporada, a la que HBO dio luz verde tras el estreno de ésta hace apenas una semana, que de nuevo batió todos los records de audiencia). Los guionistas no han ocultado su entusiasmo ante lo que se viene encima, declarando que desde un principio querían llegar como mínimo hasta aquí, que si lo conseguían estarían satisfechos. A la vista del furor que hay desatado en medio mundo podrán llegar hasta donde quieran, si bien es cierto que el tercer tomo de la saga es de un esplendor absoluto, el punto más alto en cuanto a narrativa de esta magnífica serie de libros, convertida en una de televisión extraordinaria y en extraordinaria televisión.

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