Terrence Malick: Filmografía

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Al repasar la filmografía de Terrence Malick apenas encontramos seis películas en treinta años de carrera. Si el misterioso director concediera en ocasiones alguna entrevista, podríamos preguntarle por esta cuestión; pero como creemos que después de tanto tiempo su personalidad no va a cambiar, nos permitimos la licencia de buscar nosotros la razón de la incógnita. Y la respuesta es que Malick ha autoseleccionado su propia filmografía, seis cintas con un peso específico, con rasgos autorales que las relaciona unas con otras, pero todas hijas de su tiempo y haciendo uso de las innovaciones de cada época. En Malick no hay obras menores o películas de transición, cada dilema o tema que plantea sobre lo divino y lo humano, lo hace construyendo una película definitiva, sin bocetos previos, hacia lo grandioso. Desde Malas Tierras (Badlands, 1973) a To The Wonder (2012), un repaso a sus seis películas deteniéndonos en cada una de ellas.

“¿Y si no hubiera conocido a Kit?”

Escrito por Gonzalo Ballesteros

Los principios son fundamentales. El de una película, el de una novela, el de una relación, incluso el de una crítica. En muchos casos el nivel de este inicio dará pistas o claves de la grandeza posterior de esa historia. Hablando de una filmografía este comienzo es especial, sobre todo si volvemos la mirada hacia la ópera prima de un director de la talla de Malick. Si a eso le unimos, el primer papel protagonista de una actriz como Sissy Spacek o de una de las primeras películas del padre de una familia de actores como es Martin Sheen; tenemos todos los ingredientes para volver al origen con el aroma mítico que desprende una obra de culto.

Revisitando Malas Tierras (Badlands, 1973) encontramos elementos que servirán como influencia a mucho cine que vendría después. Inspirada en unos sucesos reales de la década de los cincuenta, la película se rodó con un presupuesto modesto y tuvo una recaudación igual de modesta, pero no le impidió convencer a crítica y público desde un primer momento llevándose premios tan importantes como la Concha de Oro del Festival de San Sebastián en 1974. Esta particular road-movie introduciría en el género elementos que después se han sido reproducidos con asiduidad, la mezcla de historia de amor, crímen y fugas lo podemos ver posteriormente en películas como Amor a quemarropa (True romance, 1993) escrita por Quentin Tarantino y dirigida por Tony Scott, que además recuperaría el tema principal de la película de Malick. Otro ejemplo, de la influencia de este film lo encontramos en la reciente Moonrise Kingdom (Wes Anderson, 2012) cuyos jóvenes en fuga harían suyo en pequeño espacio en la naturaleza en el que poder ser libres y bailar como hacen los protagonistas de Malas Tierras.

Pero, además de servir como referencia para otras películas, la ópera prima de Malick es la llave que abre la puerta de su propia obra. La naturaleza, más bien la relación de los personajes con el entorno, es explorada en todos sus trabajos posteriores y no es simplemente un factor común, es una de las herramientas que utiliza el director para desarrollar sus historias; en Malas Tierras la naturaleza sirve de refugio al principio de la huida (el bosque), de camino (el desierto) y de destino final (las montañas). Otro de los grandes temas con los que trabaja el texano, es el trascendentalismo de sus protagonistas, un rasgo que le preocupa de forma evidente como podemos comprobar en sus últimas películas, pero que ya dejó patente en su debut. Holly (Sissy Spacek) narra la historia aportando sus reflexiones y pensamientos a medida que avanza la trama y es especialmente interesante el momento en el que reflexiona acerca de la vida y las circunstancias que la rodean, del origen y del destino, todo mientras va pasando imágenes aleatorias por su estereoscopio, imágenes que nos trasladan a otros mundos y situaciones, un ejercicio mucho más modesto pero con la esencia de lo que haría muchos años después en El árbol de la vida (2010).

Otro milagro de la primavera 

Escrito por Antonio M. Arenas

Por los campos de Dios el loco avanza.
Tras la tierra esquelética y sequiza
-rojo de herrumbre y pardo de ceniza-
hay un sueño de lirio en lontananza.
Huye de la ciudad. ¡El tedio urbano!
-¡carne triste y espíritu villano!-.
No fue por una trágica amargura
esta alma errante desgajada y rota;
purga un pecado ajeno: la cordura,
la terrible cordura del idiota.
 

Un loco, Antonio Machado

Hay algo alrededor de la obra poética de Machado y el tono igualmente lírico, pero visualmente arrebatador, del cine de Terrence Malick que los acerca, que los une en la distancia. De los campos de Castilla a los suburbios, la selva indígena o los años previos a la gran depresión americana, ambos se encuentran vinculados por una incansable búsqueda de la belleza entre imágenes de trigales y senderos, de olivos y campos roídos por las decisiones humanas, por el cruel paso de las estaciones. Golpes de la vida en los que surge el relato de vidas sencillas, truncadas, marcadas por los días y las horas que les tocaron vivir en tierras tan lejanas y cercanas a la vez, reflejadas con inusitada magnificencia hacia lo sublime. Presa de ese espíritu poético, con la inestimable ayuda de Morricone en la banda sonora y Néstor Almendros en la dirección de fotografía, en Días del Cielo (Days of Heaven, 1978) el cineasta de Texas contempla absorto la naturaleza, entra en contacto con ella y (no) cuenta la historia de un joven desamparado como tantos otros, un pobre loco que huye de la ciudad tras un accidente laboral (provocado por su propia idiotez o exceso de cordura), haciendo pasar a su amante por una de sus hermanas para lograr encontrar cobijo labrando la tierra de tren en caravana.

Como a su manera hicieran John Ford adaptando a Steinbeck en Las Uvas de la Ira (1940) o Arthur Penn en Bonnie & Clyde (1967), películas magistrales que desde su retrato de la gran depresión resultan tristemente más actuales de lo que debieran, Terrence Malick también filma personajes convulsos en tiempos convulsos, a los que pone rostro y sitúa históricamente con las fotografías que ilustran los títulos de crédito. Personajes que se enfrentan a lo establecido porque saben no podrán cambiarlo, porque el tiempo y los tiempos están en su contra. Por eso lo hacen huyendo, ya sea por convicción o por obligación. Igualmente, él mismo huyó del cine durante dos décadas, no sin antes demostrar en Días del Cielo una actitud y personalidad cinematográfica tan profunda e incontestable como la ofrecida posteriormente. Malick fomenta una narración no-convencional, sin apenas diálogos realza la voz en off de la hermana pequeña como único resorte emocional y esperanzador para unos tiempos con imágenes tan llenas de vida, campo y trabajo que contrastan con el negro destino marcado para esos tres hermanos que ha juntado el camino.

Días de cielo es una película sobre la inevitable tragedia humana, pero también una obra majestuosa que muestra la entereza del hombre en su más pura esencia, rodeada de cultivos, de trabajadores, de sus manos manchadas de sangre y tierra, de sus esperanzas, alegrías y su falta de ellas. Porque tanto en aquella Castilla como en Texas, poblamos este mundo pobres ilusos, cuerdos e idiotas, luchando por sacar adelante nuestras vidas, nuestras ilusiones. Y aunque en el fondo tan solo sean frutos de un olmo seco que no crezcan en este palmo de terreno, son las únicas que seguimos teniendo.

Mi corazón espera
también hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.
 

A un olmo seco, Antonio Machado

Los peores años de nuestra vida

Escrito por Pablo Vigar

La novela de Joe Haldeman La guerra interminable (1974) permitía imaginar un conflicto espacial en que los soldados, al retornar a casa cumplido su deber, descubrieran horrorizados que debido a los viajes interestelares sus meses de campaña en las estrellas habían tornado en años en el suelo patrio. El desarraigo y el retraimiento que presuntamente experimenta cualquier combatiente al volver con los suyos después de una guerra quedaba magnificado por obra y gracia de un contexto de ciencia ficción.

Mientras montaba la que sería, tras un hiato de veinte años, su tercera película, Terrence Mallick escogió presuntamente de entre más de cinco horas de material que tenía rodado aquellos segmentos que más le atraían (es célebre el enfado de Adrien Brody al, según cuenta, ver su papel protagonista reducido a un par de frases en el montaje final). Uno de estos segmentos involucra un prudente pasaje romántico contado a través de flashbacks entre un soldado y la mujer que aguarda su regreso. Cada cierto tiempo, cuando observamos la acción a través de los ojos de este personaje, Mallick intercala breves planos de ambos amantes en una alcoba, destacando sus rostros, sus manos entrelazadas, los muslos de ella… hasta que el guión dicta que la mujer que esperaba paciente quizás se haya cansado de hacerlo, momento en el que se nos muestran las mismas sábanas que antes envolvían a los pobres desventurados, sin nadie ya que las arrugue.

El personaje al que se acaba de hacer mención -y que no es sino una de las tantas historias posibles que se decide poner a disposición del espectador- participa en una guerra algo más cercana a la descrita al comienzo de esta pieza. Nos encontramos en Guadalcanal, en 1942, y la compañía Charlie del ejército de los Estados Unidos de América pretende tomar una colina que se halla en posesión de tropas japonesas. Siendo algo ventajista se podría argüir que ya desde entonces daba el director muestras de que algún día acabaría rodando algo tan apabullante  y poco encorsetado como El árbol de la vida (2011). En su particular apología antibélica, más en sintonía con el desarraigo del alma que con el físico, Mallick disecciona la ferocidad de la guerra confrontándola con la apacibilidad de la naturaleza que la enmarca, abriendo siempre el cuadro para tratar de abarcar lo más posible. Los senderos de gloria que cubren estos soldados no son sino el apocalipsis, aquí y ahora, que les espera en vida, del que sólo quedarán libres cuando sus cuerpos mortales descansen con las almas rotas que les hacen mantenerse a flote. La delgada línea roja de los héroes, que aquí brillan por su ausencia.

De tratar el conflicto de Vietnam, La delgada línea roja sería la película en cuyos créditos sonase el himno springsteeniano Born in the USA. Con el rifle en mano que cantaba the Boss, acompañados por una inspirada banda sonora obra de Hans Zimmer y enviados a una tierra foránea para matar al hombre amarillo, cada sujeto debe librar su propia guerra: la que, como en el caso del Coronel Kurtz -que bien podría ser un legatario del personaje de James Caviezel- lejos de encontrarse entre granadas y metralla, encuentra su campo de batalla en la martirizada psique del individuo, aquella que Mallick, con tamaño genio, se empeña en estudiar.

La pluma y la medalla

Escrito por Alejandro Arroyo 

Transcurridos tres cuartos de hora de El Nuevo Mundo (2005), el capitán Smith (Colin Farrell) vuelve a la empalizada construida en su ausencia, junto a los nativos, a los que se les niega el paso. Tras cumplir la misión de contactar con el rey que dicen tan poderoso, Smith entra en el fuerte, acompañado por la cámara en plano trasero. Rodeado de miseria y degradación, el capitán, siempre mediante su propia voz en off, observa y reflexiona sobre el corrompido aspecto de la civilización, el contrapunto en imágenes de lo que lo precede: el descubrimiento del paraíso original y sus habitantes, despojados de peligros morales, en los que según los propios pensamientos de John Smith, “no existe la picardía, ni palabras que denoten la mentira o la envidia; ni siquiera el perdón. No tienen celos ni sentido de la propiedad”. Dentro de la ciudad construida por el destacamento inglés, Malick crea una potente parábola de los dos mundos, ejemplificada en la entrega de una medalla al capitán para comandar el desorden y la tragedia, inundada de avaricia humana, como significado del subordinado estado de las cosas y categorizada por una sentencia única: “ese fuerte no es el mundo”.

La cuarta película de Terrence Malick sigue profundizando en temas tan pretéritos como espirituales; en los más universales y troncales de cualquier tiempo, como el amor, narrado idealizado e inmaterial, acompasado con la mano maestra de un enérgico obseso por la métrica de todo cuanto acontece. Malick, naturalista por encima de todas las cosas, reposa toda su esencia cinematográfica en la Virginia del siglo XVII, para adaptar la leyenda de Pocahontas (protagonizada por Q’Orianka Kilcher, la hija del rey que “superaba al resto, no solo en rasgos y proporción, sino en ingenio y espíritu”), como vehículo de su visión del mundo, la obra ingenua e inocente de Dios; desconfigurada en adelante por el hombre, personalizado en el capitán inglés John Smith, preso por sus incorrecciones y liberado a la postre por la misión que inesperadamente le supone el infinito descubrimiento de lo desconocido.

Si bien la película avanza hasta dar con la consecuencia narrativa de toda estructura -en la que se presenta a John Rolfe (Christian Bale), manifestándose la pérdida de toda inocencia- es en su primera hora donde el director americano escapa de todo convencionalismo y su libro fluye en un despliegue artístico inigualable. Eximido de cualquier cauce que le limite, Malick construye la llegada de Smith a tierra de Powhatan (August Schellenberg) en medio de un panegírico de virtudes, utilizando sus inconfundibles planos contrapicados en permanente búsqueda de luz, como la rama del árbol que se nombra en la película como ‘el de la vida’, lo que en muchos detalles coincidirá después su penúltima película, génesis del alumbramiento humano, la infancia y su posterior pérdida. También con la música, el virtuosismo técnico, el preciosismo de las elipsis de barcos que navegan por el agua (¿lienzos de Turner?). Cada hallazgo y cada detalle quedan finalmente representados en la pluma que el capitán recibe de Pocahontas, como significado del original y natural estado de las cosas.

La inmensidad de lo minúsculo

Escrito por Antonio M. Arenas

Recientemente, algún genio de Hollywood tuvo la brillante idea de proponer a Michael Haneke dirigir una película protagonizada por Brad Pitt. Como era de esperar, el autor de Funny Games (cuyo controvertido remake más que establecer un lazo de unión de su cine con la industria americana establecía unas delimitadas condiciones) rechazó la propuesta, argumentando que él no hace un cine de respuestas. Terrence Malick tampoco. Al contrario, en El árbol de la vida (2011) lanza constantemente preguntas que sabe no pueden ser contestadas y las esgrime con la certeza de que la belleza está en el misterio, no en su resolución, pese a que esta sea una máxima que suele tender a malinterpretarse, y más si entran de por medio conflictivos conceptos para el espectador como la religión, de la que tiende a confundir su propia perspectiva con la que debe (o no) tener una película. Circunstancia que se ha visto acrecentada tras el estreno de su más reciente film, To the Wonder (2012), en el que concentra incluso con mayor propensión lírica hacia lo divino su estilo narrativo, al que las acusaciones alrededor de su perspectiva religiosa han empañado la profunda e irresoluble belleza de su búsqueda, que pese a todo, no entiende de creencias.

Con un título tan grandilocuente, que recuerda al de otro monumental y reciente trabajo -también vilipendiado- sobre el amor y la vida eterna como La fuente de la vida (Darren Aronofsky, 2007), por consecuencia en El árbol de la vida las aspiraciones de Malick también son igualmente desmedidas, trazando un fascinante recorrido que parte desde el dolor más íntimo de una familia americana a mediados de los sesenta, reducido hasta lo mayúsculo, plasmando la creación del universo, jugando a ser Dios y provocándonos la experiencia de asistir a su nacimiento, contemplando abismados la grandeza del universo frente a la pequeñez de nuestras miserias. Nos hace frágiles, acecha nuestra mortalidad y eleva los ruegos de sus personajes con un montaje elíptico entre el desconcierto del hombre que puebla desiertos de rascacielos tratando de volver hacia su infancia, las imágenes cargadas de amor, vitalidad y miedo de ese pasado en los suburbios y el encuentro final en la playa, que alude a lo espiritual y enigmático del interior de todos y cada uno más que a la cristiandad o no de su autor. O al menos no exige su mismo ideario al capturar esa gracia, permitiendo adentrarnos en su fondo y admirar su forma, que es lo mínimo (y también lo máximo) que le podemos pedir a un artista.

Pese a todo, afirmar que El árbol de la vida fue una película incomprendida tampoco sería del todo cierto. La recepción crítica rozó el excelente, especialmente en Estados Unidos, aunque sufriera el desconcierto del gran público e incluso el del propio Sean Penn, pero lo cierto es que nos encontramos ante un logro que todavía supera a su tiempo y lo que podamos decir de él. Como sucedió en su momento con 2001: Una odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968), volveremos continuamente a reflexionar e inquietarnos por sus imágenes. Las abrumadoras horas de metraje con las que Malick trabajó en la sala de montaje -una estrategia artística que ha vuelto a repetir-, su propia edición de la primorosa banda sonora de Alexandre Desplat junto a otras piezas de compositores clásicos, la concepción del film con una (im)probable futura edición de seis horas, reiteran su eterna y meticulosa extensión como acto cinematográfico con vida propia, como la inmensidad de nuestra breve existencia en este infinito universo que poblamos a la vuelta de la esquina.

Más allá de las trincheras

Escrito por Gonzalo Ballesteros

La nueva batalla de la cinematografía no ha tardado en levantar trincheras para defender posiciones frente a lo nuevo de Terrence Malick. Con ataques por adoctrinamiento religioso, por parte de unos, y defensa de una sublimación de lo visual, por parte de otros, To the Wonder recoge el testigo de la polémica El árbol de la vida, en un acercamiento al amor que gira en torno a la adaptación de la pareja, las dudas, la religión y la reflexión profunda e íntima para enfrentarse al mundo.

Es la sexta película en treinta años de carrera de Terrence Malick que, sin embargo, tiene cinco proyectos en el horizonte. Esta repentina proliferación en su obra cinematográfica responde a una relación con el cine digital y a una nueva forma de producción que comenzó con El árbol de la vida y ahora continúa en To the Wonder y el resto de películas en ciernes. Para su anterior film protagonizado por Brad Pitt, el director texano grabó planos y secuencias de forma masiva lo que provocó que la película tardara más de un año en estrenarse al estar en continua postproducción. En To the Wonder repite ese proceso, cinco montadores y dos años de postproducción han sido necesarios para sacar adelante el film y en ese proceso se han caído de la película las apariciones de actores comoRachel Weisz, Jessica Chastain, Amanda Peet, Barry Pepper y Michael Sheen con los que había rodado. Esta circunstancia se debe a que el director graba compulsivamente gracias a la posibilidad que le brinda el cine digital y no es hasta que el material llega a la sala de montaje cuando Malick crea el discurso final de la película. Un método de producción heterodoxo y poco eficiente, en términos profesionales, pero que da unos resultados asombrosos.

Con todo las dos últimas películas de Malick no guardan semejanzas solo en su concepción artesanal, sino que arrastran un encendido debate más próximo a cuestiones intelectuales y morales que a cuestiones sociales o políticas de actualidad. El ambicioso transcendentalismo de El árbol de la vida continúa en To the Wonder con un acercamiento profundo al amor ideal, entendiendo ideal como arquetipo. La pulida estilización de su forma visual complementa a un enfoque inequívocamente católico de la concepción del origen y la vida en su anterior película y del amor en la que ahora nos ocupa.

To the Wonder nos presenta la historia del norteamericano Neil (Ben Affleck) que conoce a Marina (Olga Kurylenko) afincada en París con su hija, tras un intenso romance, deciden trasladarse a Estados Unidos con él. A partir de ese momento, el deterioro de la relación abrirá una nueva etapa de encuentros y desencuentros donde los protagonistas cruzarán sus caminos de forma intermitente. En paralelo, el padre Quintana (Javier Bardem) expondrá sus dudas acerca del amor hacia un Dios que no termina de encontrar por mucho que se esfuerza en hacerlo. El personaje de Bardem es fundamental pues de su búsqueda dependerá el equilibrio del film. El problema deriva en delegar en la figura del cura el único discurso de amor verdadero, como si el amor católico fuese la única vía posible y valida, Malick ofrece su visión pero hace peligrosos equilibrios entre la propuesta personal y el adoctrinamiento. Además, podemos reprocharle a su mirada cierta misoginia católica al presentar una aventura de Neil como un regreso a un amor de juventud, puro y lícito; mientras muestra un affaire de Marina como algo ilícito, diabólico (los tatuajes) y erróneo; de nuevo la mujer como símbolo del pecado.

Más allá de interpretaciones discutibles, Malick compone una obra a la que es recomendable acercarse sin prejuicios ideológicos. La sinfonía de planos con la que construye su discurso funciona mejor en To the Wonder, quizá por contar una historia más lineal y abordar sólo el amor que aunque es un tema enorme, es uno al fin y al cabo. Las rimas constantes de su montaje y esa apuesta por mostrar los sentimientos de las personas haciendo referencia a la naturaleza –el sol entre los árboles para reflejar plenitud– hacen de su película un monumento visual que lejos de ser impostado o artificial, encaja como un puzzle si hacemos un ejercicio de reflexión y dejamos que las piezas se vayan colocando.

Quizá por no tomar parte de manera contundente y excluyente en una de las trincheras que mencionaba al principio corramos el riesgo de ser acribillados por las balas de unos y otros. Aún así, la defensa de un visionado con perspectiva –pese a las posibles diferencias ideológicas– que a su vez no tenga miedo a caer en los brazos del film, puede hacer que la experiencia de enfrentarnos a To the Wonder sea muy satisfactoria.

1 Comment

  • A falta de ver Días del cielo y To the wonder, la que más me ha gustado y emocionado, El árbol de la vida. Después pondría Malas Tierras y la Delgada Línea Roja en el mismo escalón. La que menos me ha gustado es El nuevo mundo, y aún así me pareció muy buena.

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