Californication: Sexta Temporada

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Donde viven los monstruos

Sentado a la barra de un bar que bien podría ser la antesala de un infierno deseado, un escritor adicto al alcohol, las drogas y el sexo, y conocido por lo crudo y pesimista de sus textos, debate con un rockero que pasó a mejor vida –al esnifar una dosis de heroína habiéndola confundido con cocaína– sobre su próximo paso a seguir en la vida. Una discusión entre amigos que ya no pueden serlo más y que sirve de espejo contemplativo a una serie forzada a dar vueltas en torno a la pregunta que rige la vida del susodicho escritor, y que tarde o temprano tendrá que resolver.

Los últimos compases de la temporada más reciente de Californication ejemplifican mediante el valor de la imagen la que es la cuestión, o pregunta, cuya respuesta la serie se empeña en postergar. En un extremo de la balanza, una carretera en mitad de la nada, un horizonte incierto como único objetivo visible y una caravana como vía de escape hacia ese destino. En el otro, e inclinando ésta hacia su lado, el mirar atrás, desandar lo andado y pararse frente a una puerta a la que unos nudillos temblorosos tocan sin embargo con firmeza.

Hank Moody (David Duchovny), el escritor del que hablábamos al comienzo de esta entrada, tiene un monstruo en su interior. Uno algo retorcido, cruel quizás. Su monstruo sin embargo no va tanto por ahí. Es uno que se ahoga en un mar interminable de coños y tetas, sumido en su propia desesperación al haber perdido la capacidad de plasmar en una hoja de papel lo que con tanta facilidad eyacula desde sus más bajos órganos: su simiente, que no es otra cosa que su principio –y su final–, su motivo y razón de ser. Hank Moody no puede escribir porque ha perdido a su musa.

De esto hace ya seis años. Seis temporadas en las que el ahora fracasado novelista ha aprovechado cada oportunidad que se le presentaba, y los guionistas con él, para dar un uso recreativo a su órgano viril. Aunque ya entonó el Mia culpa, su carácter reincidente le mantiene alejado de la que dice es la mujer de sus sueños. Verlos juntos parece a todas luces ser el destino que se le reserva al personaje, una vez se acaben los desvíos y salidas emocionales.

La serie, por tanto, se debate interminablemente entre dar al protagonista un final feliz junto a su amada o darle muchos de manos y bocas de llamativas y provocativas féminas. Parece obstinada en girar sobre su propio eje, aumentando exponencialmente por el camino la exuberancia y pluralidad de prácticas y hábitos sexuales que se tornan cada vez más bizarros –esa jaula para el pene sobre la que Freud tendría mucho que decir– y que constituyen la marca de la casa, una que se abría con un sueño erótico propiciado por la mamada de una monja ante los mismísimos ojos de Cristo. Una escena recurrente y genial que ha encontrado su símil en esta última temporada mediante el personaje, de nombre muy apropiado, de Faith. Una fe, precisamente, que tenemos puesta en tan descarada serie, y que así habremos de mantener, hasta que llegue el día en que Moody, ante la presencia tan sólo de su musa, de su inspiración y fantasía, sea capaz, por fin, de apaciguar a sus monstruos.

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