Documenta Madrid 2013

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La décima edición de Documenta Madrid, un festival que por su carácter abierto a los cineastas en lugar de a las estrellas parece injustamente pasar por la capital de puntillas y sin hacer mucho ruido, se presentaba con novedades al ser la primera tras el cambio de gestión en su dirección. Después del polémico cese de Antonio Delgado Liz como director del certamen y de la programación de la flamante Cineteca de Matadero, se abrieron diversas incógnitas en torno al futuro de Documenta Madrid, dudas que se disiparon pronto con la llegada de Mikel Olaciregui como sustituto. Junto a Vicente Mozo, el otrora director del Festival de San Sebastián aceptó el reto de potenciar la visibilidad de Documenta Madrid pese a la reducción del presupuesto. Y lo han intentado lograr disminuyendo el número de películas proyectadas (75), los premios y las secciones paralelas, centrando la atención del festival madrileño en una sección oficial cargada de títulos potentes e imprescindibles, aclamados en diversos festivales, nominados al Oscar o incluso producidos por HBO. Lo primordial es atraer al espectador, invitarle a descubrir “el cine de lo real” para seguir convirtiendo la Cineteca en un centro neurálgico de la no-ficción, como también de la ficción necesitada de espacios de visionado, sirvan de ejemplo los llenos en los pases de Los Ilusos de Jonás Trueba o Mapa de León Siminiani.

Junto a los cortometrajes españoles y extranjeros, encontramos fuera de concurso una necesaria selección del panorama documental español, escogida con la sensibilidad suficiente para revelarnos la entidad de las obras que se están realizando por toda la geografía española, en la mayoría de los casos de manera autofinanciada o con escasos recursos que parten de ayudas públicas cada vez menores. Por otro lado, en el Cine Doré de la Filmoteca Española se proyectó durante esa semana una retrospectiva sobre el documental durante la transición, con motivo de la publicación de Las voces del cambio, libro de investigación realizado por Laura Gómez Vaquero como tesis doctoral. Lástima que sus horarios coincidieran con los pases de la sección oficial y panorama del documental español, por lo que resultaba difícil prestarle una dedicación que sin duda merecía. Sirva este escueto repaso a lo visto en la décima edición de Documenta Madrid como prisma a un festival sin duda más profuso y con muchas otras películas, personas, historias, mitos o leyendas de las que hablar, si nos dejan, entre los rincones de la realidad.

Dime quién era Sanchicorrota (2013) nace como loable iniciativa del Festival Punto de Vista. Su rodaje en Navarra y en solitario como requisitos, llevan a Jorge Tur a visitar, consecuentemente, el desierto de las Bardenas, preguntando a sus moradores por Sanchicorrota, un antiguo bandolero que hace siglos huyó de la justicia y del que como en toda leyenda, cada uno cuenta la historia a su manera. Pero no estamos ante una obra que pretenda ahondar con rigor histórico en los hechos, sus ambiciones son más humildes, y por ello también genuinas. La leyenda de Sanchicorrota es una excusa para despojarse del artificio, el de cualquier historia como el de todo documental, permitiendo que aflore lo espontáneo, lo confuso, lo aparentemente inexacto e impreciso. Una cuestión que su realizador y Virginia García del Pino revelan en el montaje, usando metraje habitualmente desechable de las entrevistas o albergando en ellas opiniones contradictorias sobre la leyenda.

Curiosamente, el documental se grabó en la misma zona y al mismo tiempo que Ridley Scott filmaba The Counselor, su próxima película aún por estrenar, y cuya localización visita. Esta ambivalencia del escenario nos recuerda que las Bardenas también sirvieron de decorado a Terry Gilliam en el ruinoso rodaje de su Don Quijote. Si Lost en la Mancha (Keith Fulton & Louis Pepe, 2002) suponía el fracaso de una colosal ambición cinematografica, en Dime quién era Sanchicorrota no hay ambición estética, pero si ética, ese es su humilde y particular triunfo. Jorge Tur captura con sentido del humor la extravagancia de los pastores y de quienes pueblan el suelo por el que pasó Sanchicorrota, pero por imprevisto, el documental se convierte en el acceso a un rincón de la memoria reciente. Lo que en un principio comenzaba con la transmisión de una leyenda rural antigua, se cierra como un acceso al pozo sin fondo de nuestro pasado más cercano, otorgando los restos de la Guerra Civil y la dictadura algo de sentido a la búsqueda de un mito por cuantos otros silencios quedan aún por contar en el camino.

Durante el transcurso de Pepe el andaluz (2012), Alejandro Alvarado y Concha Barquero emprenden un viaje que les lleva desde Málaga hasta Buenos Aires, pero también otro introspectivo al pasado y los recuerdos familiares más íntimos del primero. Y claro, yo tengo el compromiso de hacer en mi medida lo propio. Alejandro Alvarado no es solo co-director y narrador de este extraordinario y conmovedor documental, fue profesor mío y de varios compañeros que formamos Revista Magnolia en la Universidad de Málaga. Mientras nos daba clase y corregía nuestros trabajos, no habríamos alcanzado a imaginar todo lo que su vida escondia detrás. Como espectador, descubrir el pasado de un profesor siempre atento, pero igualmente reservado, no solo supone una sorpresa, sino algo mayor aún, la constatación de la memoria común con la que cargamos, en silencio, repleta de historias por contar capaces de mostrarnos con fragilidad que, al fin y al cabo, todavía somos un poco lo fuimos.

El parecido físico de Alvarado con su abuelo, emigrante español a Argentina durante la dictadura del que no volvieron a saber nada, aumenta la vinculación de esta búsqueda de un ser querido al que nunca había conocido. Una sombra, una foto sobre la mesilla, una carga invisible en los hombros de una familia que por medio de este largometraje puede liberarse. Porque lo que en el fondo da razón de ser a Pepe el andaluz es que no deja de ser una película por y para su familia, especialmente dedicada a su abuela, que tuvo que salir de España para sacar adelante ella sola a sus hijos, ahora a su vez repartidos por el mundo, y a la que todavía le cuesta hablar de aquellos tiempos, prácticamente pide parar de grabar antes de que se le salten las lágrimas al hacerlo. Lo que empezó siendo un archivo personal, una grabación casera más por motivos puramente personales que cinematográficos, acaba convirtiéndose para Alvarado y Barquero en la necesidad de contar y filmar una historia que de tan íntima es un poco de cada uno. Desvelar la resolución final ya no forma parte de la tarea del cronista, es algo a lo que como Alejandro Alvarado, los espectadores deben enfrentarse.

Pregunta tras respuesta, carta tras fotografía, viaje en avión tras revelación, en uno de los momentos más emocionantes que protagoniza su abuela, antes de que vuelen a Buenos Aires en su busca, tan solo le pide a su nieto que si ve a su abuelo, le diga que le perdona por todo. Pronto Pepe el andaluz será emitido en Canal+, pero lo que sí que no tendría perdón sería que Canal Sur y Televisión Española no programen este documental. Y ya no pensando en malditos ratings ni en share, que para empezar no son palabras ni nuestras, sino por todas aquellas abuelas y familias andaluzas (y españolas) que se verán reflejadas, que de una manera u otra quedaron marcadas durante la dictadura. A veces lo olvidamos, pero pocos méritos perduran más que ese en (algo más que) una película. Es cierto que ya nada podrá cambiar el pasado, pero donde antes había dolor, en su lugar merece poder asomarse a su recuerdo una sonrisa. Una triste sonrisa, sí, pero que por fin permite dejar de mirar atrás con ira.

Documental maldito e incluso prohibido tras su estreno, Rocío (1980) es el único film de Fernando Ruiz Vergara, una obra de claro carácter político que estudia el fenómeno del Rocío de forma antropológica, social y religiosa, exponiéndolo como una clara demostración del control de las clases altas sobre la población a lo largo de la historia. A lo que uno recuerda las sonrisas y los paseos en carro de Isabel Pantoja y Julian Muñoz hacia Almonte, y solo puede darle la razón. El tiempo habrá pasado, otras cosas, no tanto. Tiene el dudoso y triste honor de ser la única película censurada tras la dictadura, su difícil estreno en la transición acabó en un juicio millonario contra su director, que acabó emigrando a Portugal y falleció recientemente. A la película que se conserva le falta metraje del material original, pero ello no impide comprobar que los porqués de su polémica todavía están latentes, por resolver y de actualidad. Para saltar la reja y verla en sesión doble con Rocío y Jose (Gonzalo García-Pelayo, 1983), ese precioso acercamiento al fenómeno entre lo poético y lo documental. Probablemente sigamos sin comprender qué despierta tanto fervor en Almonte, pero sí que nos alientan una indudable belleza y mirada crítica que el cine español debe arrojar sobre una de sus ¿tradiciones? más polémicas e insólitas.

Recientemente, el género documental ha conseguido alguno de sus más celebrados hitos recurriendo a la reconstrucción de la realidad, convertida en la más poderosa de las ficciones. De este modo, historias profundamente humanas como Man on Wire (James Marsh, 2008) o Searching for Sugar Man (Malik Bendjelloul, 2012) por momentos se convertían en auténticos thrillers a nuestros ojos. Con mucho menos aplomo, Yo seré asesinado (2012) cuenta la historia de Rodrigo Rosenberg, un abogado guatemalteco que, antes de morir tiroteado en plena calle, grabó un video anunciando que sería asesinado por el presidente del país. Y aunque el punto de partida despierte cierto interés conspiranoico, el film no termina por hacer justicia al material que tiene entre manos. Las excesivas y poco sutiles reconstrucciones del caso, en lugar de conseguir una cierta efectividad narrativa lastran su impacto, la convierten en una obra de lo más artificiosa y artificial, cuya implicación no raspa la problemática de las bandas criminales ni la política de Guatemala, quedando sencillamente en la débil recreación de un caso de investigación policial. Más allá, no parece tener (ni querer) otra intención que hacernos aguardar para sorprendernos cual telenovela con el giro final que tuvo la historia. De hecho, por su posterior trascendencia, el documento más interesante de todos los que componen el documental de Justin Webster sigue siendo por el que nace el film, la confesión grabada a cámara de Rodrigo Rosenberg de que seria asesinado. Pueden encontrarla en youtube y leer el resto de la historia en wikipedia, probablemente imaginarán una película mejor en sus cabezas.

Pudimos conversar con Ignacio Agüero, que propone con El otro día (2012) una iniciativa documental tan modesta como valiosa. Su propósito parte de filmar a todas las personas que tocan a su puerta. Posteriormente, les pregunta si puede ir a visitar la suya con una cámara. El respeto al otro, al ciudadano como él, y la curiosidad por su modo de vida en la ciudad de Santiago de Chile, permiten a Agüero crear un microcosmos de la realidad social que rodea al cineasta. Por medio de un mapa, cada chincheta que clava representa una historia por contar, una persona que merece ser oída. El otro día ejemplifica esa intención, porque desde su propia casa, tanto mira al mundo, a su ciudad, como a sus propios recuerdos. Si puede contar la historia de los demás, debe contar también la suya. Un concepto que resulta muy enriquecedor, suponemos que tanto para el espectador como para el documentalista, que expone en off su memoria y el pasado de su familia, posicionándose en Chile y el mundo desde el salón de su casa con una mirada sabia y limpia, de cuidada fotografía que trabaja la luz, el movimiento y los espacios. En definitiva, El otro día es una película admirable que dibuja un autorretrato íntimo y concienciado de su autor como cineasta y como ciudadano.

El segundo premio del festival fue a parar a Metamorphosen (2013), realizada por el joven director alemán Sebastian Mez, de apenas 30 años de edad, en una extensa zona contaminada por radiación nuclear en los Urales del Sur  La potencia y contemplación de sus imágenes, que llegaron a ser comparadas con Bela Tarr o Tarkovski, son su mayor atractivo y terror al mismo tiempo. Un documento necesario y desolador por filmar un hecho silenciado, las consecuencias de un fallo en una planta nuclear rusa en los años 50, aunque parece también uno en el que el cineasta queda por encima de la realidad y las personas que trata. Secuencias como en la que se acerca, sin seguridad alguna, con un medidor de radiación a un río altamente contaminado, en lugar de darnos una noción (y una lección) de las consecuencias de la desgracia, parecen una mera provocación, una demostración gratuita de la bravura del realizador que en cierta medida opaca la tragedia. Una tragedia representada en múltiples rostros y paisajes excesivamente saturados en blanco y negro, quizás exagerando las fracturas del tiempo y de la radiación. Probablemente ese sea su objetivo, lograr ser de por sí una película radioactiva, que en sus silencios y sus ruidos repela y provoque miedo de ver las imágenes del pueblo y a sus habitantes, condenados a no existir. O lo que es peor, a pagar por hacerlo.

A la hora de repartir los galardones principales del festival, The Act of Killing (2012) puso de acuerdo al público y al jurado de Documenta Madrid. No es para menos. La unanimidad era tal como el asombro y el rechazo ante todo lo que sucede en este obra monumental, tan particular y extrañamente entrañable por un lado, como absolutamente despreciable por otro. El olvido de una brutal masacre, acontecida en Indonesia en los años cincuenta contra miles de ciudadanos acusados de comunistas, da lugar a la gestación de dos películas muy distintas. Por un lado, la recreación heróica involuntariamente cómica y serie Z de los hechos, que pretenden llevar a cabo un grupo de antiguos gángsters (fascinados por el cine de Hollywood) con la ayuda de una politizada asociación juvenil. Por otro, el documental que nos ocupa, centrado en retratar todos los aspectos de la realización de la película, que conversa en profundidad con Anwar Congo, uno de los asesinos reconocidos, sobre su culpabilidad por la matanza, retratando el ambiente político de Indonesia (o cómo hacer campaña electoral con una camiseta de Transformers puesta) junto a toda la decadencia moral y ética inimaginable que acontece ante sus cámaras. The Act of Killing reconstruye unos hechos terribles sin poder tomar parte, tan solo exponiendo, teniendo que aceptar y asumir todas las barbaridades que llevan a cabo o afirman los orgullosos autores de la matanza.

La indagación de sus directores (de los tres uno firma como anónimo, al igual que una gran mayoría del equipo técnico, lo que habla del miedo y gravedad del caso, aún sin juzgar) revela una inquietud por observar, detallar y comprobar hasta que punto es capaz de borrarse la humanidad del ser humano, logrando que la encontremos en el monstruo más desfigurado. Un abismo que por momentos resulta incómodo de ver, y que en su conclusión, en lugar de reconfortarnos, agudiza el agujero abierto en el estómago. Los fantasmas del pasado que jamás se irán atacan al jefe. Una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.

PALMARÉS SECCIÓN OFICIAL LARGOMETRAJES DOCUMENTALES

PRIMER PREMIO DEL JURADO

– The Act of Killing, de Joshua Oppenheimer, Christine Cynn y anónimo  

SEGUNDO PREMIO DEL JURADO

– Metamorphosende Sebastian Mez

PREMIO ESPECIAL DEL JURADO

– Vergiss mein nicht (Forget me not), de David Sievking

MENCIÓN ESPECIAL DEL JURADO  

– Terra de Ninguém (No man’s land – Tierra de Nadie),  de Salomé Lamas

PREMIO DEL PÚBLICO AL MEJOR LARGOMETRAJE DOCUMENTAL

– The Act of Killing, de Joshua Oppenheimer, Chistine Cynn y anónimo.

PREMIO CANAL +  AL MEJOR DOCUMENTAL ESPAÑOL

– Pepe el Andaluzde Alejandro Alvarado y Concha Barquero.

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